La Explanada del Castillo: Crónica de un lugar multiusos
Aquel lugar podía decirse que era una zona multiusos.
1. El Santuario del Fútbol (Hora taurina)
Nos cobijaba para oír los partidos de fútbol de la liga, a la vez que nos soleábamos, ya que los encuentros se jugaban a la misma hora de los domingos, hora taurina: a las cinco de la tarde.
La radio de transistor de Juan Bautista Barona Jurado, compañero de curso, era el medio por el que podíamos oír a los sabios comunicadores Matías Prats Cañete, Vicente Marco o Joaquín Prat, que nos hacían disfrutar, o sufrir, las jornadas de la Liga de fútbol. Allí, unos sentados en la oquedad de la roca de la base del Torreón, otros de pie, y otros indiferentes al deporte (quizás subían para disfrutar del ambiente y de paso mejorar sus niveles de vitamina "D"). En fin, éramos actores de esta película que es la vida y cada loco tenía su tema, pero salíamos de la rutina de los días de clase.
Cuando los árbitros pitaban el inicio de sus respectivos partidos, como si fuéramos metálicos, nos pegábamos al transistor, que era el imán, de forma que se podía decir, como Quevedo:
«Éranse muchas orejas a un transistor pegadas, Éranse muchas jornadas de Liga, Érase una radio con pilas En tardes de domingo soleadas».
Es una ocurrencia, así que pido disculpas, pero ahí va. Tuve la suerte de tener a una compañera en la Academia de la Aurora, curso 64/65, que borda con hilos de oro los versos que escribe. Espero que perdone mis herejías por transgredir las normas poéticas establecidas. Mi compañera es luqueña, su nombre: Milagros Jiménez Hidalgo.
Esto fue hasta 1964; a partir de ahí, cada mochuelo se fue a su olivo. La reválida de cuarto terminó con aquella unión, pero no con la amistad y el recuerdo de los años que estuvimos unidos. Las compañeras también permanecen en mi memoria: Isabel, Mercedes, Adelita, Vicenta, Mariceli, etc. Mucha gente buena.
2. Una extensión improvisada de la Escuela
También lo utilizábamos como una extensión de la Escuela, sin haberlo planeado. Fue de esta manera:
Nuestras visitas a aquel espacio eran frecuentes. Estar en la explanada suponía hablar de algo en algunas ocasiones ("Asturias patria querida"). De pronto, alguno sacó un tema del curso y comenzamos a explotar aquella veta que se reveló milagrosa. Fue lo que he escrito en alguna ocasión: el "Trabajo en equipo" era una prolongación de la Escuela.
Allí, al aire libre, nos hacíamos preguntas, aclarábamos dudas que surgían y llegábamos a caer en detalles que escapaban a nuestros saberes regulares. Gracias a aquellos intercambios, el debate entre unos y otros nos conducía de la duda o ignorancia a la evidencia, claridad, y se asentaban en nuestras cabezas y nos enriquecían un poco más. Ese método, sobrevenido sin que nadie lo llamara, no se apreciaba entonces, pero fueron semillas que florecieron y, por mi parte, me ayudaron mucho. Yo fui un mal estudiante, tanto que repetí curso cuando mis amigos terminaron con éxito. Me alegra recordar que por mi indolencia tuve la ocasión de ir a la Academia de la Aurora con otros a los que les había pasado lo mismo, e integramos un nuevo equipo después del fallecimiento de Don Francisco.
Sé que repito mucho el papel de la Escuela en mi vida, pero allí espabilé bastante gracias al método que seguíamos: podíamos hablar en voz baja, murmullos que iban subiendo de tono hasta que Don Francisco mandaba a callar, silencio absoluto y de nuevo los murmullos, y a empezar de nuevo. Antes fui a un Colegio, cuando no sabía que llegaría a vivir en Luque, donde me aburría un montón: en su academia éramos 25, cada uno en su mesita, un profesor en el atril, callado, y yo me aburría como un mochuelo. El dinamismo de Luque me sentó muy bien: excursiones a la sierra, a las trincheras, al manantial de Marbella, La Pata, Delicias... ¿Qué lugar de la demarcación no visitábamos? Y dentro del pueblo, ¿qué calles no pisábamos?
Si se atisba alguna frase o palabra grandilocuente, no es mi intención, pues los "saberes" eran sobre temas elementales y nos valían para, más tarde, trabajar donde tocara.
Mi amigo Antonio Martos Briones, cuando nos hemos visto, me decía: «Luis, yo soy licenciado por la universidad del Tajo, de la Cuesta la sordica, de los CoXones do borrico». Preguntaré a una de mis nietas, que es del noroeste de nuestro mapa, para que me diga si soy un mal hablado, pero si está bien escrito me dirá que hablo muy mal.
Mi amigo Antonio, sobre el que escribiré un siglo de estos, trabajando duro y bien, salió "pa'lante" con éxito.
3. La hornacina mutilada
Abundando en lo dicho sobre el papel de la explanada, me gusta recordar que, a veces, cuando subíamos por la vereda que unía el paseo del Rosario con el castillo, nos deteníamos en una plataforma de hormigón en la que había una hornacina con una virgen en un cuadro de azulejos. Alguien, que no tendría nada que hacer, se dedicó a "saltarle los ojos", tal vez con una piedra. Ya pudo dedicarse a matar moscas con el rabo, me refiero al rabo del diablo, el que lleva atrás que, bien contados, sumaría dos, resultando ser el delantero centro. También llevaba cuernos visibles, el dibujante cae en todos los detalles, borra los que le interesa, los que no se ven pero pesan.
4. La escala del Sol
Cuando estábamos por el Paseo o Terraplén, me fijaba en el torreón del Castillo por su cara oeste, o sea, la de la explanada famosa. Cuando me aburría y mataba moscas con el rabo pensaba en que con la obra nueva que terminaron hace poco, podían haber dibujado una escala tipo "reloj de sol" para, a medida que las sombras se apoderaban de la base, marcar el ritmo en que aquella ascendía lentamente hasta llegar a verse una estrecha cenefa antes de que el sol decline y desaparezca detrás del Tajo. Esa imagen se repite siempre, bueno, si no está nublado.
Por entonces, años 60, se oía una canción cuya letra venía a ser:
«Está cansado el sol de tanto y tanto caminar se va se va se va se va Las sombras de la noche avanzan lentamente Hace frío ya, hace frío ya...»
Creo que Patty Pravo, o algo parecido, la cantaba. También interpretó "La Bambola". Era italiana. He buscado en Gemini, no me ha dado solución a la del sol cansado, así que yo, cansado de intentarlo, lo he dejado. Esa cantante nació en 1948; si Patty vive tendrá mi edad: 76 "otoñales primaveras" (Nació en abril, por lo que sería 76).
Después de este 'rollazo' que acabo de escribir, me pregunto: ¿Pero, no estabas hablando del vendedor de chumbos? No quería dejar recuerdos entrañables en el baúl donde Karina guardaba los suyos.
5. La ventana indiscreta y el higo chumbo
El vendedor de Chumbos y el engaño de quien se fía de las apariencias
En las Ferias de Luque, por las tardes, cuando la sombra se hacía presente, en la calle paralela al paseo y que lleva a la plaza de abastos, a la altura del quiosco verde donde Carmen (creo que así se llamaba) hacía tejeringos, solía ponerse un hombre que vendía higos chumbos.
Con una mesita y una banqueta plegable, al lado un cubo repleto de higos, esperaba sentado a clientes que gustaban aquel fresco fruto, de pulpa sabrosa, acompañada por muchas semillas que deslucían un poco aquel manjar (ningún higo es perfecto).
Su tarea era fácil: cogía un higo del cubo y lo ponía sobre la mesa, cortaba los dos extremos y, con maestría, hacía una incisión longitudinal. Separaba con la navajilla que utilizaba los dos bordes del corte; la zona inferior del fruto seguía adherida a su piel y, como un Bon Cherie para veganos, desnudaba aquel fruto y lo entregaba al comprador, todo del modo más aséptico posible. Aquel hombre podía haber sido un cirujano famoso.
El cubo era de zinc. Entonces no existía el plástico: para el pan se llevaban talegas, los impermeables eran de hule, etc. El hecho de ser de zinc se debía a que en los pozos el agua era salobre, y ese metal es más resistente a la corrosión.
Espero no estar equivocado. ¡Joé, me distraigo con diez de pipas!
Así me quedé con la ‘copla’ y me confié.
Un grupo de amigos (eran mis compañeros de clase y curso y, quizás, alguno más) cuando llegamos a la explanada e hicimos lo de siempre, nos disgregamos por aquel limitado espacio que era, y es, un balcón de cara al Tajo, Llano y Paseo del Rosario. Y aquí viene lo que, parece, me resisto a escribir, y no es eso:
Uno de nosotros se acercó al borde, quizás para ver la mole de piedra que es el Tajo, cosa que era inútil, fuere el que fuere el motivo — el Tajo se ve lo mismo desde la oquedad del Castillo que desde donde él se había puesto. De pronto, se volvió hacia nosotros y con un gesto elocuente, nos mandó callar a la vez que hacía señales para que nos acercáramos.
Curiosos e intrigados, lo hicimos. Nos tumbamos en el suelo y miramos hacia la zona donde estaban los dos últimos pinos, uno muy inclinado. Allí vimos a un joven que estaba de espaldas, apoyado sobre el muro de caída del terreno al paseo. Con los brazos extendidos y las palmas de su mano tocando la hierba del borde, daba golpecitos, tamborileaba, quizás nervioso. Junto a él, de frente, había una joven que jugaba separándose de su amado para volver con ímpetu hasta chocar una y otra vez con él, que, desconfiado, miraba para sus laterales en busca de ‘Voyeurs". Debía echar en falta un ojo en el cogote, como Don Aurelio durante la misa en la que le ayudamos en la Ermita de la Aurora (Marcelino y yo).
La mozuela llevaba una falda de tubo, roja y una camisa de un blanco resplandeciente; su mamá, o ella, la habrían lavado con ‘Tu-Tú, Omo o Persil’. Por el ramaje de los pinos no pudimos verle la cara, no supimos quién era, ni falta que hacía. Él, al estar de espaldas a nosotros, tampoco llegamos a conocerlo.
Era la primera vez, y la única, que veíamos una escena de amor que, además, fue inesperada. Cuando subimos a la explanada no había nadie en el Paseo del Rosario. Llegaron después.
Tuve la sensación de sentirme incómodo. «¡Pero si el Rosario es para pasear...!», pensé, ingenua criatura. No hace mucho me dijo una amiga luqueña que la banda de música estaba en ese lugar, en homenaje a los enamorados, nombre que se le ha dado ese romántico y ardiente lugar: "El paseo de los enamorados".
Como no estábamos cómodos, más bien lo contrario, levantamos el campamento, o sea, nos quisimos ir de allí.
Sentí el llamado ‘efecto túnel: la luz que veía al fondo de un largo túnel no sabía si era luz de día o, peor, del faro de un tren que viene en sentido contrario’, porque solamente veía como camino de salida, en mi obcecación, la vereda por la que subimos. Me preguntaba: «¿Cómo vamos a bajar por aquí, si en el momento que nos vean van a ver que nosotros hemos visto lo que acabábamos de ver?».
Todos los caminos llegan a Roma
Uno de nosotros tiró derecho por la vereda que existe entre el Castillo y la Ermita del Rosario.
Aquella senda era de arena formada por piedrecillas más o menos grandes. Al andar pasaba lo mismo que en el Terraplén: los granitos actuaban como rodamientos y se oía el arrastrar de las pisadas.
Aquel camino estaba, y debe seguir estando, bordeado por pitas y chumberas. Entonces ‘lo vi’. Sobre el orejón de una chumbera había un hermoso higo que me volvió loco, era como si me estuviera diciendo: “¡Este higo es para ti, solo para ti!”. Con ansias y dominado por la lujuria, le eché mano. ¡Craso error! Al apretarlo, sentí como si frías cuchillas cortaran la carne de mi palma derecha. Se me quedó medio cerrada y me dolía al tratar de abrirla. Cuando vi aquella mano parecía un retal de tela de traje de Faralaes, casi llena de lunares de color pardo oscuro. Aquella fue la primera transferencia que recibí en mi vida, y me la hizo un solitario higo.
Uno de mis acompañantes dijo: «¡Eso hay que cogerlo con papel de periódico!». «¡A buenas horas!», pensaba yo. Otro me dijo que frotando la palma con los granitos de arena se desprenderían las espinas. Recuerdo que durante una semana tuve, por lo menos, inhabilitada la ‘adolescente y pecaminosa mano’.
Aquella tarde el asunto de los higos estaba que arde.
Cuando hablo del vendedor de higos, dije que las apariencias engañan. Comprobé la certeza del consejo. Por ignorancia me pasó lo padecido. Los higos saben defenderse con sus armas, sus púas. La naturaleza enseña mucho y entre pitos y reveses nos vamos espabilando. La vida es un curso de formación personal continua sin derecho a rectificaciones; no hay moviolas que rebobinen lo que hacemos. Las moviolas se quedaron atrás, en aquellos maravillosos años 60, para repetir un pequeño extracto de jugadas y goles del domingo. Eso lo daban los lunes por la noche, a finales de esa década.
Moraleja: Cuando quieras coger un chungo higo, asegúrate que esté limpio o recibirás un castigo. Entre alfileres y agujas finas, con otros pinchazos, fui sacando las espinas.
(De mi colección de rimas de hojalata, utilizada en aquellos años con alguna frecuencia por cualquiera que se animara. Las más fáciles respondían a los números 5 y 8).
He podido escribir notas a pie de página, pero no sigo reglas ni nada, todo pa'lante.
Zaragoza, 01 de febrero de 2025 21:27´
Luis Gil Amores
