jueves, 5 de marzo de 2026


el corralón: dibujos, carbón y latoneros

El corralón era un campo de labranza dentro del pueblo; en realidad, era un lugar multiusos. Se entraba a través de una desvencijada puerta de madera. A la derecha, el recinto estaba limitado por un muro de piedras de color ocre, debido, quizás, a las inclemencias del tiempo. Aquel terreno caía en suave pendiente hacia la parte trasera de las casas de la carrera. Mi guía en aquellos primeros tiempos, Antonio Arjona Ortiz, bien conoce estos rincones.

unos dibujos semipornos

Fue allí donde aparecieron, como por arte de birlibirloque, un fajo de cuatro o cinco cartulinas. Aunque en mi ingenuidad de entonces supuse que habían surgido de entre las piedras del muro, la realidad era más terrenal: el amigo que me acompañaba las había sacado discretamente de su bolsillo. Pintadas con tinta china, narraban una historia de realismo asombroso:

  1. la contemplación: Una joven admirando sus "dos manzanitas" frente al espejo.

  2. el acecho: Un mozo con una cara de lujuria que ríete tú de un verraco en celo; más caliente que el pico de una plancha de carbón.

  3. la incursión: El muchacho subiendo por una escalera larga, de esas tipo a las que utilizaba el bueno de Ortega, nuestro electricista, para cambiar las bombillas del alumbrado.

  4. el encuentro: Gruñidos y signos de admiración: "se nos murió el amor de tanto usarlo".

  5. el desenlace: El joven volviendo a su ventana y ella pidiéndole que vuelva... como el almendro en el anuncio del turrón por navidad.

Esta colección de imágenes quizás aliviaba la sed de amor de aquellos que, como escribió Calderón de la Barca en su famoso verso sobre el sabio que solo se alimentaba de las hierbas que cogía, aquí solo se alimentaban de esos amores de sombra y soledad.

No era malo, era natural. No eran malos pensamientos, sino el instinto que Dios le ha dado a un salmón, a un verraco o a un halcón. Válvulas de escape necesarias que el pobre borrico de Changanilla nunca pudo utilizar; se murió, según creo, sin comerse una sola paja.

La perpetuación de las especies requiere esa vía, lo mismo para los humanos que para las cucarachas, ratas o cocodrilos. ¿Qué les voy a contar? Es una ley natural, no derecho positivo.

haciendo carbón y el misterio del cine

Lo de calificar el corralón como un espacio multiusos se debe a lo siguiente: a veces, al entrar en aquel querido lugar, veía una especie de cono humeante. Era una construcción tosca; debía tener un madero como soporte para albergar más madera. La superficie lateral era una capa de arena humeante para mantener una combustión lenta y conseguir el producto querido: el carbón.

Como nunca lo había visto, sin yo saberlo, me quedé con la copla, pero eso fue fuente de confusiones que no me explicaba. Sabía perfectamente qué era el carbón, el picón para los braseros. Sabía que a las mujeres, del calor de la mesa camilla, le salían unas manchas en las piernas llamadas «cabrillas», etc., pero mi confusión era sobre los carbones del cine. ¿Cómo es posible que las máquinas de cine utilicen el carbón? Fue en el cine de verano, cuando subía a la cabina, donde vi unas barras como lápices gruesos y en uno de los extremos llevaban una funda de color latón. Esto lo dejo para cuando vuelva a escribir sobre el cine.

la casa del horno y el eco rebelde

Junto a la puerta del corralón, formando un ángulo recto con la última casa de la callejuela hermanos de la aurora, había otra puerta que daba entrada a un recinto cerrado que había sido una panadería. Entramos y noté que al hablar se oía un sonido con eco, reverberar. La razón era que las paredes estaban desnudas y nuestros sonidos rebotaban en ellas. Me parecía algo misterioso.

Recuerdo la portezuela por donde entraba la masa cruda y salía el pan horneado. Junto a la portezuela había una pala larga que estaba fijada a la pared en posición diagonal. Para poner un ejemplo de eco, chistoso, se contaba que un vasco fue al pirineo para probar qué le respondía el eco; para ello, frente a una de las paredes del escarpado paisaje de aquellos montes, gritó: ¡Ramón Iruretagoyena!, y el eco le respondió: ¡Ramón Irureta... quéeeeeeeeee!?

la casa del latonero

Frente al corralón, en el camino del barrio san Sebastián, había una vieja casa. Allí se hospedaban el latonero y su familia: María se llamaba la mujer, y varios hijos. Vivían pobremente y las vecinas ayudaban en lo que podían.

El mayor de los hijos era Diego; tenía mi edad y, cuando me encontraba con él, hablábamos un poco. Era un gran chaval. Sentía envidia sana de mi situación como estudiante, de vivir en una casa en condiciones, de no tener problemas con las comidas e ir con mis amigos. A nuestros doce años, nuestras vidas eran dos mundos paralelos. Muchos años después, por el 2015 o 2016, me dijeron que había fallecido y me sentí muy triste. Sus hermanos siguen en el pueblo; los recuerdo con afecto y deseo de corazón que a ellos y a sus descendientes les vaya siempre bien.

El padre recorría las calles para ganarse la vida arreglando ollas; llevaba un anafre para calentar el soldador, el estaño, la resina de pino y su paquete de tabaco. Aquella familia siempre ha tenido un lugar en mi memoria.

Concluyo ahora con el poema de Calderón de la Barca, pero esta vez con todo el respeto y sin decir palabrotas:

"Cuentan de un sabio que un día / tan pobre y mísero estaba, / que sólo se alimentaba / de las yerbas que cogía. / ¿Habrá otro, entre sí decía, / más pobre y triste que yo?; / y cuando el rostro volvió / halló la respuesta viendo / que otro sabio iba cogiendo / las yerbas que él arrojó."

Zaragoza, 13 de marzo de 2026

18:09´

Luis Gil Amores



martes, 3 de marzo de 2026

 

El buitre

Era un mediodía soleado, sobre las doce y media o la una de la tarde. Desde la terraza de la escuela se divisaba perfectamente el camino de San Jorge. Allí observamos cómo un grupo numeroso de buitres devoraba una presa abandonada en la orilla. La afortunada ausencia del Maestro nos permitió la travesura: escaparnos hasta el lugar donde las aves celebraban su particular festín.

Al llegar, la mayoría alzó el vuelo. Sin embargo, dos de ellas quedaron rezagadas. Una intentaba poner distancia batiendo las alas torpemente hasta que, por fin, logró elevarse. La otra, víctima de su propia glotonería, permaneció allí. Tenía sus dos cuartas y media de cuello pelado hundidas en el abdomen de una pobre cabra. Al sacar el pico, arrastraba consigo lo que parecía un largo espagueti con tomate: era el intestino delgado de la inerte víctima. Intentó largarse, pero llevaba tanta carga en el buche que, por más que insistía, su incapacidad para despegar era evidente.

Francisco, sin pensarlo dos veces, se lanzó hacia aquel pajarraco y lo sujetó por las puntas de las alas, dejándolo inmovilizado. Me sorprendió el arrojo de mi compañero; la impresionante envergadura de aquel animal con las alas desplegadas nos tenía a los demás completamente acongojados.

Lo llevamos hacia el Patín del pueblo. Aquel animal acabó muriendo. Según nos dijeron, si se presentaba en el ayuntamiento, se cobraba una recompensa por "alimaña" cazada. Qué paradoja: hoy sabemos que el buitre no es una alimaña, sino el "basurero" más eficiente de la naturaleza. Están programados para limpiar el planeta de carroña, evitando contagios y putrefacciones que podrían propagar enfermedades como el ántrax o el cólera. Sus estómagos son auténticos hornos bacteriológicos que pro

Resulta curioso que, mientras los buitres de pluma y pico son perseguidos por su glotonería, existan otros ejemplares que caminan erguidos y nunca son cazados. Estos otros, de cuello blanco y manos largas, no esperan a que la presa esté inerte; prefieren servirse de lo ajeno y, cuando el buche está ya tan repleto que amenaza con reventar, no baten las alas con torpeza como aquel de mi infancia. Al contrario, huyen con elegancia en relucientes naves de metal, poniendo tierra y nubes de por medio con sus tesoros a buen recaudo. A diferencia de los del Camino de San Jorge, que limpian los campos, estos solo dejan tras de sí el rastro de la escasez, miseria y desprecio.

Luis Gil Amores

03 03 2026

23:00


domingo, 1 de marzo de 2026

El hombre desaparecido

 

EL HOMBRE QUE DESAPARECIÓ

En la primavera de 1961, mientras asistía a la escuela del Algarrobo, nos enteramos de la desaparición de un hombre que había ido a trabajar por la zona de Morellana, concretamente por la Atalaya. Pasaron los días sin noticias y la historia, como ocurre siempre, se fue desvaneciendo a medida que corría el tiempo, hasta que casi nadie se acordaba ya del asunto.

A finales de septiembre o primeros de octubre, ya mudados a la calle el Prao, la noticia regresó de golpe. En la pausa del desayuno, al entrar en la escuela, Alfonsillo me soltó:

—"Ya ha aparecido el hombre aquel. Lo traen para el Patín del convento, ¿vamos?"

 Como teníamos tiempo libre hasta las 10:30, nos presentamos allí para ver qué pasaba. Junto a la fuente y el pilón del Patín, un grupo de hombres esperaba con la mirada fija en la carretera. De pronto, vimos aparecer en la curva tres mulos en hilera seguidos de varios acompañantes. Era cierto: el duelo de la familia, por fin, iba a comenzar su cierre.

 Cuando la caravana llegó a nuestra altura, se hizo un silencio solemne. Los hombres, que vestían la clásica gorra gris de las labores del campo, se descubrieron en señal de respeto. El rescatado iba en el mulo del centro, metido en algo parecido a uno de esos sacos largos donde se almacenaba el trigo.

 Al verlos seguir su marcha por la calle Los Álamos, pensé ingenuamente que la familia viviría por allí e imaginé el dolor de los suyos al recibirlo. Con doce años, ese es el primer pensamiento que te asalta. ¡Craso error! ¿A qué iba a ir a su casa una persona que había sido encontrada momificada? Años más tarde comprendí la realidad: se dirigían al cementerio, donde lo esperaba el examen del forense.

El suceso se aclaró tiempo después. Se decía que estaba en la zona alta de la Atalaya y que, por algún azar trágico, cayó a un cortado. Su cuerpo quedó suspendido en una rama de esas que brotan lateralmente entre las fracturas de las rocas; plantas que, como explicaba mi libro de ciencias de tercero, buscan desesperadamente la luz para crecer una vez que logran brotar la oscuridad de la piedra.

Luis Gil Amores

Zaragoza, 01 03 2026

20:37

P. d., todos los escritos están redactados desde hace ya unos años. La causa de no publicarlos antes es por culpa del que suscribe.