A Ramón lo conocí de una manera que me dejó algo desconcertado. Caminábamos varios amigos por la zona del Llano o la Carrera cuando, al verlo aparecer a lo lejos, alguien exclamó: «¡Ahí viene Ramoncillo! Como nos pille, nos tiene hablando dos horas por lo menos».
Como el movimiento se demuestra andando, la primera vez que me quedé a solas conversando con él comprobé que llevaban toda la razón. Sin embargo, allí mismo, de pie en mitad de la Carrera, estuvimos hablando de mil cosas. Una de las que recuerdo con más claridad ocurrió hojeando el diario ABC en la peluquería de Juan Jurado Alcaraz —padre de mis amigos Miguel Ángel y Ramón—: vimos en portada la fotografía de un manifestante inglés que le había arrebatado la porra a un policía y amenazaba con darle una buena «ración de calamares». Debían de correr de lo lindo, porque la foto salió corrida y movida.
Abordamos multitud de temas, principalmente el cine, pues a Ramón creo que el fútbol no le llamaba la atención. Caminaba siempre de forma militar, bien recto y a buen paso. Solamente le faltaba llevar de fondo a Marisol cantando aquella canción que empezaba diciendo: «Con paso firme y marcial, marchemos codo a codo a luchar...», tan de moda por las radios del pueblo junto a muchas otras que formaban parte de aquello que llamaban el Hit Parade.
El tema fundamental, desde luego, era el cine: contábamos películas que ni siquiera habíamos visto. Éramos peor que los actuales destripadores de tramas —los llamados spoilers—, esos que te desvelan el final de una obra donde la sorpresa lo es todo. Nosotros lo hacíamos a lo grande, porque si Ramón tenía arte para el lucimiento y la exageración, el que suscribe igualaba la apuesta sin dudarlo.
Recuerdo perfectamente cuando hablábamos de la película del Conde Drácula. Especulábamos sobre lo que se vería en pantalla y, en la cabeza de cada uno, íbamos proyectando caras espeluznantes, carruajes sombríos y escenas de puro terror. Por eso, cuando una noche me colé en el cine —la película era para mayores de 18 años— y vi lo que vi, me llevé una enorme decepción. Aquello parecía algo totalmente distinto que no nos cuadraba; el director debería haber rodado la película con arreglo a lo que nosotros habíamos comentado.
Ramón no iba a la escuela del Maestro; creo que estaba en la de Joaquínez. Aun así, fuimos muy buenos amigos. Recuerdo cuando acompañé a Ramón a la cárcel cuando detuvieron a Globitos: llevaba una cazuela con un buen cocido, pan, una servilleta de hilo y sus cubiertos. Aquello le duró a Globitos en la celda lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks, como canta Sabina.
Tiempo después me fui a la mili y creo que no volví a verlo en persona. Hablé con él por teléfono en alguna ocasión y se alegraba mucho de recordar aquellos años, pero no tuvimos la suerte de reencontrarnos. Ramón Jiménez Ramiro, mi buen amigo, nos dejó hace ya unos años.
Luis Gil Amores
Zaragoza, 6 de octubre de 2026
20:31´
domingo, 4 de octubre de 2026
El
celibato
Una
mañana entré en la salita de estar y me llamó la atención algo
que vi a través del visillo, la puerta de Timoteo: sobre el
escalón se recortaba una figura tubular y vertical, coronada por una
cabeza. Salí a la puerta y resultaba ser Antonio, el seminarista. Me
acerqué y me gustó la sotana que lucía, con su larga botonera de
un color morado o similar, propia de quien asciende en la carrera
eclesiástica.
Me
invitó a entrar en su casa y me dijo que en el patio estaban
Fuensanta, Rosi y Maruja. Nos unimos al grupo y, en un momento dado,
alguien me preguntó si no me gustaría estudiar a mí también en el
seminario de Hornachuelos. La conversación se fue animando con el
claro propósito de convencerme para que tomara ese camino; me
pintaron un futuro idealizado, hablándome de viajes a Roma, a Tierra
Santa y a mil lugares más. Casi lo consiguen.
Alguien
sugirió entonces: «¿Está tu padre en casa? ¡Vamos a decírselo!».
Y allá fuimos todos en tropel, muy contentos... salvo yo, que no lo
veía nada claro, entorpecido sobre todo por la cuestión del
celibato. A esas edades, con la sangre hirviendo, aquello del
celibato sonaba a imposible; estábamos los adolescentes como para
andar haciendo votos de castidad.
Mi
padre estaba en la salita y se sorprendió ante semejante e
inesperada invasión. Antonio le explicó el motivo de la comitiva.
Mi padre, como buen burgalés, no dijo una sola palabra; se me quedó
mirando fijamente y en aquella mirada venía redactado un telegrama
bien claro: «¿Tú de cura?». Él sabía perfectamente que a esas
edades los muchachos estamos con la cabeza en lo que estamos. Y ahí
se zanjó la vocación sacerdotal.
En
realidad, lo que yo le pedí a mi madre tiempo después fue irme al
colegio de guardias jóvenes de Valdemoro a los 15 años. Pero ella,
con su prudencia maternal, me aconsejó que nos quedáramos en casa
tranquilamente hasta los 19 para cumplir el servicio militar. Yo
tenía la referencia del hijo de un guardia que estuvo destinado en
Luque; Alfonsillo me preguntó por él hace unos seis o siete años,
y lo único que pude recordarle es que la última vez que lo vi de
uniforme fue en la puerta de la iglesia de Santa Rita, siendo
probablemente de mi misma edad.
Curiosamente,
guardo grabado aquel tiempo por un acontecimiento que paralizó al
país: el Festival de Eurovisión en el que ganó Massiel con el «La,
la, la». Recuerdo su actuación impecable: comenzó el sonido en off
de una guitarra maravillosa y, en un escenario donde no se oía ni el
vuelo de una mosca, irrumpió Massiel cantando aquello de «Yo canto
a la mañana...». Tras la emoción de las votaciones y el triunfo,
al día siguiente en la misa no se hablaba de otra cosa en el pueblo.
Esta historia, real, tuvo lugar en la Academia de la Aurora.
Relacionados : Marcelino, el pretendiente y yo, que aburrido escribí este pseudo poema.
Posteriormente se le dio un toque con suavizante y quedó como tienen que quedar estos textos.
Las dudas del mozo
Enamorado, imploraba
a la Virgen de la Aurora:
«Te ruego a ti, mi Señora,
que mi duda sea aclarada».
«Dime, entonces, hijo mío;
háblame y no seas lelo,
ni pardillo ni canelo:
¿en qué embrollo te has metido?».
«Pues a una moza pretendo,
estoy muy enamorado
y me encuentro acongojado
porque respuesta no tengo.
Temo que aquesta belleza,
que en el patio toma el sol
cual lagarto y caracol,
ronde por otra cabeza;
que me la quiten o eviten...
¡Me está temblando el meñique
de pensar que otro la aplique
y sus amores compitan!».
«¿Y por qué no le preguntas
a la acaso competencia,
y se evita la pendencia
de esas dudas que barruntas?».
«¡Tienes razón, Virgencita!
¡Qué tonto no haber caído
en preguntar a Cupido
si ha clavado otra flechita!».
«¡Ve, por tanto, y pregunta!
Habla claro con los otros
y límpiate esos dos mocos
de tu nariz en la punta».
Fue el mozo muy emocionado,
inseguro y timorato,
andando como anda un pato,
como un pato mareado.
Habló a sus dos compañeros,
sus más directos rivales:
«Os preguntaré, mozuelos,
y pido respuesta clara;
quiero ver en la mirada
si queréis a quien yo quiero».
Sorprendidos nos quedamos
y le respondimos que no;
que si quería a su amor,
el visto bueno le dábamos.
Y eso fue lo que hicimos:
nuestra aprobación llevose
y quizás, a día de hoy,
de felicidad rebose.
Cuando redacté este "poema", estaba inspirado, pero la inspiración mía en muy volátil. Siempre hablo de mis "poemas como problemas: versos de hojalata.
Ese amigo preguntó a don Aurelio si era posible esa virtud de renuncia a lo carnal y la respuesta fue la siguiente: lo posible se hace y lo imposible se intenta. O sea, que no puede ser, que someterse a esa condena es imposible
Cumplir el celibato, ni el tato. Es imposible frenar lo que la naturaleza ha configurado como necesario, obligatorio. Si por voluntad propia se resiste, por necesidad se derrama lo que, almacenado, como el agua de una cisterna derrama cuando se tira de la cadena, pero sin cadena, automáticamente cuando rebosa y el afectado despierta con una sensación de felicidad.
Intentar
ir en contra de esto es como intentar convencer al estómago de que
no tenga hambre.
Esto que escribo lo sabe todo el mundo, no voy a explicar nada, que la vida misma te va guiando hasta el final y en todos los aspectos.
Luis Gil Amores
Zaragoza, 6 de octubre de 2026
19:22´
lunes, 28 de septiembre de 2026
Mi amigo el Socatillo
A mi amigo Antonio lo conocí en el Llano. Era un chaval de mi edad, somos quintos (12 años por aquel entonces), rubio, de ojos azules y con cara de inquieto en el buen sentido; o sea, que caía muy bien a todo el mundo. Tenía un carácter abierto, era divertido y me reía mucho con él.
Creo que fue durante nuestra primera conversación cuando oí el nombre de su madre: Carolina. Aquello me llenó de alegría y me llevó al recuerdo de cuando tenía unos seis años e iba a la escuela en Priego de Córdoba. Recordé un mapamundi en el que pude ver la zona de Norteamérica: «Kanada» (escrito con K) y EE. UU. La primera se debía a una canción de José Guardiola muy oída por la radio («Yo tenía una casita pequeñita en Canadá...»). La de los Estados Unidos me encandiló cuando leí el nombre de dos estados: Carolina del Norte y Carolina del Sur. Carolina sonaba muy bonito, muy eufónico. Además, aquel nombre resonaba también muy cerca, en las Nuevas Poblaciones que fundó el rey Carlos III en Sierra Morena, como La Carolina en Jaén o La Carlota en Córdoba. Me quedé prendado de encontrarme con que la madre de un amigo se llamara Carolina¹.
En el Paseo, en la tercera salida lateral a la izquierda, solíamos ponernos a veces a jugar al Carro o al Tres en Raya (los dos nombres eran válidos). Sobre el banco de piedra solía haber pintada esa figura rectangular que nos ayudaba a pasar un rato distraídos. Allí, entre jugada y jugada, a Antonio le daba por recitar con toda la guasa y picardía del mundo esas coplillas de aire caliente que tanto nos hacían reír:
«Yo tengo un gato muy chiquititocon sus orejas y su rabito;si alguna niña lo quiere ver,que pase por mi puerta y se lo enseñaré...»
Y remataba la gracia con las estrofas de doble sentido que le seguían, sacándonos más de una carcajada mientras echábamos la tarde.
A principios de verano, los gorriones salían del nido por primera vez. Interrumpíamos el juego y mirábamos al árbol bajo el que nos cobijábamos; entonces hacíamos un reconocimiento visual para tratar de localizar al autor de los píos. Me daban lástima: algún gorrión nuevo nos miraba y, acongojado, huía a otro lugar.
Como el Llano es un lugar privilegiado para el vuelo de las golondrinas, comparaba el torpe y ruidoso vuelo de los gorriones con el silencioso de aquellas leves avecillas que anidaban bajo las cornisas de las casas del Paredón. Apenas se las veía posadas en la tierra; solo bajaban a ras de suelo en maniobras relámpago cuando necesitaban recoger bolitas de barro húmedo para construir sus nidos, pues sus cortas patitas las hacían vulnerables abajo. Pero en cuanto remontaban el vuelo, surcaban los cielos con apenas una leve inclinación de sus alas para cambiar de dirección, o aprovechaban las corrientes de aire para ascender majestuosamente. Era como comparar el palilleo de un motor Perkins con el silencio de un Tesla. Obviamente, esa comparación de decibelios no es de entonces; faltaban muchos años para que los coches eléctricos e híbridos estuvieran de moda. En aquella época, los taxis de Agustín de la Fonda y Rafael calentaban motores en el Llano, por la puerta del bar de Felipe/Telesforo, y la combustión de gasoil es ruidosa... Allí esperaban a los viajeros para emprender el camino de Córdoba.
Volviendo a mi amigo Antonio, el rey del Tajo, no puedo olvidar las subidas a aquella inmensa mole de roca. Solíamos sentarnos en una piedra plana que era conocida como «La naturally butaca». Por allí pasaba corriendo alguna lagartija, usando su larga cola cónica a modo de timón y contrapeso para hacer giros imposibles en las aristas de las piedras. Alguna vez, alguno de nosotros le daba un manotazo despojando al reptil de su cola; la lagartija seguía recta e ilesa, cayendo por las piedras de abajo para ponerse a salvo, mientras el rabo continuaba contorsionándose en el suelo hasta consumir la energía que guardaba, hasta quedar completamente inmóvil.
A los dos años de aquella buena amistad, dejé de verlo. Pregunté por él y me dijeron que se había marchado a Pozuelo de Alarcón. Aquello me dejó bastante triste. Pasaron los años sin noticias suyas, pero con el tiempo Zaragoza se convirtió en nuestro punto de reencuentro. Al final, aprovechando sus visitas en Semana Santa y las fiestas del Pilar, hemos vuelto a vernos y a tomarnos unos vinos juntos mientras recordamos aquellas correrías.
La Carolina
Nunca pensé en la existencia de un pueblo español con ese nombre, sin embargo lo oía todos los días en la radio; era una canción que se puso de moda. El título es «Viva Jaén», lo cantaban Luisa Linares y a las guitarras estaban dos hermanos, los Galindos. Formaban un buen trío (para cantar), Luisa era la vocalista.
En la letra de esa canción hay una estrofa donde canta: «Úbeda, Martos, Baeza / Linares, La Carolina / del Centenillo las Minas / que es donde Castilla empieza / y Andalucía termina». Pero como La Carolina parecía escondido o camuflado en esa enumeración, me pasaba desapercibido. Esto es algo que no tiene importancia, pero cuando descubrí su presencia, me alegré.
Hablando de Jaén, queriendo se me ponen ante la vista personas queridas: Capilla, Antonio padre, Conchi, Antonio hijo y Pedrín Ortega Escribano. Tantas veces fui a su casa del Paredón con Pedro, hablaba con su madre y con Conchi. Antonio falleció joven; de Pedrín y Conchi no sé nada.
Mezclo algunas cosas porque el espray 3 en 1 funciona y quería recordarlos aun tratando de mi amigo el Socatillo.
La vida es un curso de formación personal continuo. Cada segundo es una lección. En la escuela se comienza a escribir cosas como «Mi mamá me ama, amo a mi mamá», y se termina con la afición de un junta letras como es el que suscribe.
Mi amigo el Socatillo se llama Antonio Martos Briones, el hijo de Carolina.
En la caseta de feria de Andalucía (Fiestas del Pilar, ¿2019?)
Las copas deben llevar Cariñena o Ribera del Duero. Echamos de menos los vinos blancos de nuestra tierra: Fino Pato, Baena Víbora, Eléctrico, Tertuliano y más nombres... pero el sabor de los de aquí es igual de bueno.
Yo compro Fino en rama, que fue el primer vino que tomaba por entonces; lo vendía Laureano y tenía un sabor peculiar, es un vino sin filtrar. Las buenas costumbres no hay que perderlas.
Antonio y un servidor somos contenidos en la cantidad, así no tenemos problemas ni resacas.
Notas
¹ Cuando vivía en Priego de Córdoba asistía a dos escuelas: la primera, pública, era principalmente para desayunar (leche en polvo y queso americano). Por la tarde iba acompañado por mis hermanas Maruja y Rosi a una escuela privada que había por la parte del centro de Priego; doña Victoria y don Joaquín tenían dos clases: para niñas y niños. Allí estaba el Mapa que tanto me gustó. La vida en Priego me llevaría mucho escribirla, así que lo omito.
Luis Gil Amores
01 de octubre de 2026
18:40´
P.D. Siento mucho el fallecimiento de mi compañera de la Escuela del Maestro: Vicenta López Bravo. Sin saberlo fue protagonista de lo escrito en "Francés, Latín y mi amigo Refalín.
La vida sigue
esta
Termino con un enlace a Youtube donde aparece una especie de rondalla cantando los del gato que, al final, vomitó
Este escrito, dedicado a mi buen amigo Paulino Moreno Moral, trata de fútbol y de la rivalidad entre los aficionados de uno u otro de los grandes equipos que, a la sazón, existían en la primera división de la Liga, sobre todo los históricos, pues otros desaparecieron o vinieron a menos.
Los primeros pasos hacia el balompié
Antes de vivir en Luque el fútbol no me decía nada, no me llamaba la atención. Sin embargo, con mi llegada al pueblo todo cambió: fue cuando conocí a mis amigos y, sin darme cuenta, me convertí en un forofo de ese deporte y del Real Madrid.
En ese aspecto, mi trayectoria de la indiferencia a la pasión la puedo describir por los siguientes pasos que la vida puso en mi camino hacia el mundo del balompié:
A finales de los años 50 vivía en Doña Mencía. Recuerdo que vendían unos caramelillos de menta de color verde oliva y blanco; “Saci” era la marca que figuraba en las envolturas que los cubrían. En el interior de cada uno venía el nombre de un futbolista famoso de la época: Gento, Di Stéfano, Kubala, etc. Decían que, si se conseguía reunir a once de aquellos —una alineación completa—, le daban un premio al ganador. Con esos famosos nombres, sin saberlo, di mis primeros pasos en el fútbol. Aun así, hacía falta mucho más para que terminara de gustarme.
En septiembre de 1960, cuando tenía 11 años, llegamos a Montilla y comencé a ir al Colegio de los Salesianos. Allí conocí a Ricardín, mi padre trabajaba en la oficina de un tío suyo. Junto a Ricardo había un chavalillo de nuestra edad que tenía el pelo y las cejas blancos (albino); llevaba gafas y un parche en uno de sus ojos, por lo que parecía un piratilla. Muchos años después me enteré de que a lo del parche le llamaban “ojo vago” y debían tapar el bueno para estimular la visión del defectuoso. Bueno, tampoco entiendo mucho de esas cosas de médicos ni de ópticas, pero la vida es un aprendizaje continuo.
La presentación fue durante el recreo y resultó algo atípica. Tras el saludo inicial y afectuoso, comenzaron las carreras. Me explico: mientras la mayoría de los alumnos gritaban, corrían jugando al balón o se dedicaban a otras cosas, Ricardín y aquel zagal se miraron con cara de guasa, levantaron el puño y me avisaron con gestos inconfundibles de que, si no corría, me iban a dar coscorrones. Así disfrutábamos aquel tiempo libre: haciendo yo de liebre mientras dos galgos me perseguían. Nunca me pillaron, bien porque no quisieran o porque yo era más rápido. Nos lo pasábamos muy bien.
Lo he hablado con Ricardo y no recuerda el nombre de aquel albino que, según escribo, venía a ser como aquel muchacho malo: con parche en el ojo, sin pata de palo y con cara de enojo... ¿Quizás porque no me alcanzaba? No, más bien con cara de pillo. Éramos unos chiquillos y, además, nos venía muy bien movernos, que luego en el pupitre pasábamos mucho tiempo sentados. Eso duró como mucho, un par de semanas, después entré en la academia del mismo centro religioso.
La pasión merengue y las tertulias en Luque
Ricardín me había dicho que él era luqueño. Varios meses después me llevé una sorpresa: el 1 de marzo del 61 pisé las piedras de la calle Marbella, fui a la escuela del Maestro y, entre los compañeros de curso, los amigos en general, el terraplén y los partidos radiados o televisados, me adentré por completo en el mundo del balompié y me convertí en un ferviente aficionado del Real Madrid.
Entre mis amigos se encontraba Paulino Moreno Moral. Bien fuera por el Llano o por la Carrera, nos encontrábamos y charlábamos de todo un poco. Paulino era del Atlético de Madrid; lo veíamos con cierta sorna los merengones madridistas que, con nuestro complejo de superioridad, mirábamos con cierto desdén a los demás: a los culés —como Joseíllo, el del bar España, que creo que era blaugrana— y a los colchoneros, como el amigo Paulino.
La realidad es que, a pesar de las diferencias, todo se desarrollaba en un clima de cordialidad y bromas que resultaba muy agradable: los encuentros, las conversaciones y las retransmisiones de los partidos (¡Érase muchas orejas a un transistor pegadas!). Vivir aquellos momentos nos unía bastante. Cualquier tensión terminaba cuando acababa el partido y así esperábamos al siguiente sin que se rompiera la paz. No nos separaba; al contrario, nos cohesionaba.
La fría noche de Yugoslavia
Entre los muchos encuentros en los que hablábamos de partidos, bien fuera recordando los pasados u oyendo la transmisión en directo, mi relato se va a centrar en una eliminatoria de la Copa de Europa entre el Atleti y un equipo de nombre muy raro. Comenzaba por “Vojv...” o algo parecido; tuve que buscarlo por internet para saber cuál era: el Vojvodina de Novi Sad, de Yugoslavia (en la antigua URSS).
Paulinín, cuya paciencia haría parecer al Santo Job una persona muy débil y ansiosa, aguardaba el resultado. La eliminación la oímos en la zona que queda entre el bar de Telesforo y la esquina del Sevillano. Allí de pie, aguantando estoicamente entre Bisonte y Bisonte con las manos en los bolsillos, pasábamos mucho frío. Sin embargo, lo compensaba la energía oculta que, en aquella atmósfera de tensiones amables, calentaba nuestra quietud bajo un techo de cielo frío y estrellado. La nieve es para los renos y Santa Claus en el norte de Europa: poca luz, ojos claros y miradas frías⁽¹⁾. Vivir más al norte o más al sur tiene sus ventajas e inconvenientes, pero para nosotros, en casi todos los casos, eran ventajas.
(1) De mis recuerdos en Alemania.
De aquel episodio y de muchos más —con casi los mismos protagonistas—, este es el recuerdo más relevante en mi memoria, el que he elegido rescatar.
El milagro de un corazón compartido
Pasaron muchos años, llegaron las nuevas tecnologías (que ya no son tan nuevas) y eso posibilitó recuperar el contacto con tan buen amigo. Como no podía ser de otro modo, rescatamos aquellos momentos luqueños y le dije algo que sonaba a una leve infidelidad por mi parte: «Paulino, me convertí en un aficionado del Atleti, siento que he traicionado un poco al Madrid». No se lo creía, pero paso a detallar cómo fue ese milagro por el que pasé a tener como primer equipo al Real Madrid y, casi al mismo nivel, al Atlético: Reina, Adelardo, Ufarte, Gárate, Luis Aragonés... ¡No eran moco de pavo!
El proceso fue el siguiente: cuando hacía el servicio militar en Madrid, un grupo de compañeros de la misma compañía aprovechábamos los ratos libres para salir a tomar algo, ir al cine, subir a Atocha para comernos un bocadillo de calamares en “El Brillante” o ir a la Cuesta de Moyano para ver libros, por poner algunos ejemplos.
Tres éramos madridistas y uno colchonero. Nos gustaba ir al estadio Santiago Bernabéu los domingos y ver los entrenamientos (los martes en la Ciudad Deportiva y los jueves en el propio Bernabéu). El compañero colchonero siempre nos acompañaba, así que nosotros le correspondíamos acudiendo con él al Vicente Calderón, junto al río Manzanares.
En ese estadio comencé a ver partidos buenísimos y a disfrutar de un equipo que fue una maravilla en la Liga y en la Copa de Europa. En 1974 jugó la final frente al Bayern de Múnich: tras ir ganando 1-0 con gol de Luis, en un desesperado tiro desde el medio del campo, el Bayern sorprendió a un confiado portero... ¿Quién podía ser? ¡Pues Reina! El partido terminó en empate. Esto fue un miércoles; el viernes se volvió a jugar de desempate y los alemanes lo tuvieron muy fácil: nos dieron la del pulpo (4-0, creo).
Así, de no saber si me gustaba el fútbol, muté a seguidor de dos equipos que son la noche y el día de Madrid por su antagonismo centenario.
Sueños de teleportación hacia el Paredón
En nuestras conversaciones de “jubilatas satisfechos” —como dice Paulino—, recordando que cualquier tiempo pasado fue mejor, soñamos despiertos haciendo planes para ir a Luque y, sobre el terreno, recordar aquellos maravillosos años en el Llano. El tiempo pasa, nosotros nos pasamos y los deseos a veces se quedan en eso; sabemos que será difícil, pero no imposible, y la esperanza se mantiene. Lo bueno de todo es que hablar sobre esa posibilidad nos anima y nos alienta a mantenernos sin que la desesperanza nos venza. Nos vemos viajando en el AVE camino de Córdoba y, una vez allí, rumbo al pueblo... y ¿quién sabe? Como se decía antes de que llegara el WhatsApp: «Soñar no cuesta dinero».
A veces pienso en la “teleportación”. Esa palabra sobre viajar de un punto a otro a la velocidad de la luz no es algo que haya caído del cielo en los últimos años. En los años 60, 70 y 80 se emitían series como “Superagente 86”, “Kung Fu”, “La casa de la pradera”, “Aquellos maravillosos años”, “Los invasores” y “Star Trek”. Fue en esta última, de ciencia ficción, donde aparecían escenas de esa forma de viajar: los protagonistas se trasladaban a un lugar lejano metiéndose en una especie de cabina. No sé si con una orden mental o un mando físico, aparecían en un segundo en el destino solicitado (la ficción y la imaginación todo lo pueden).
Basándome en esa idea, me pongo a pensar si llegará un día en el que todo lo que damos por imposible sea viable y, hablando de soñar, pudiera llamar a Paulino y decirle: «¡Paulino, mañana a las nueve de la noche hemos quedado en el Paredón, en el bar El Frasco, no llegues tarde! Habrá tertulia, fino pato y tapillas».
La tertulia la dirigirá José Toleo, maestro en el arte de hablar. Los asistentes seremos unos cuantos que, afortunadamente, aún seguimos en este Valle de Lágrimas. Recordaremos a los que no pueden venir, a los que faltan desde hace muchos años, a los que viven en nuestro pensamiento y corazón, y a los que dentro de poco veremos (dando ánimos, que es ley de vida).
Cuando termine la reunión, regresaremos a Madrid y Zaragoza... ¡Total, por medio segundo de viaje! Las mujeres no nos van a poner trabas; oleremos a vino, cerveza, carne mechada, queso, jamón y unos gintónics para cargar la cabeza, pero dormiremos en casa.
El único método (que aún no existe) para hacer ese tipo de viaje sería enviar un mensaje de WhatsApp al Frasco para que nos reservaran sitio, hacernos un selfie cada uno y darle a enviar. Una vez allí, tendríamos un lugar entre todos los amigos del pueblo; el Paredón se quedaría pequeño para tanta gente, pero no importaría: donde comen dos, nos apretamos, sobra sitio y comemos quinientos. Para servir las tapas y bebidas no habría problema: con un ordenador y por WhatsApp aparecería todo lo que deseáramos.
Del fémur de Kubrick al punto azul pálido
Pensando en los avances de la tecnología sobre hacer posible lo imposible, recuerdo la película de Stanley Kubrick: “2001: Una odisea del espacio”. En el mes de agosto de 1968, recién llegado al cuartel donde hice el servicio militar, proyectaron esa famosa cinta en un cine de la Gran Vía; creo que fue de las primeras películas que vi allí.
La historia comienza con la lucha de primates contra primates, cuerpo a cuerpo, utilizando piedras. No daban para más, hasta que apareció el famoso monolito de color negro brillante. Un grupo de simios se fijó en aquel misterioso objeto que, según daba a entender, activó sus cerebros.
Entonces, uno de ellos se fijó en un fémur, lo cogió por un extremo y lo blandió como si fuera un arma. Comenzó a dar golpes contra otros huesos y otros simios. Supo que aquello le daba poder, alcanzaba a sus víctimas desde más lejos y multiplicaba la fuerza de sus golpes. Exultante de alegría, lanzó aquel fémur hacia el cielo; el hueso ascendía dando vueltas y, de repente, se transformó en una nave espacial acompañada por la música del vals de Strauss (“El Danubio azul”).
Así, de una tacada, se pasó de lo primitivo a lo avanzado: del fémur al ordenador HAL 9000, que era tan humano que asesinó a los ocupantes de la nave —menos a uno— y suplicaba al astronauta que se salvó que no lo desconectara. Aquel ordenador “murió” cantando la canción “Daisy” mientras se apagaba lentamente. Me recuerda a aquella letra que decía: «Suave que me estás matando, que estás acabando con mi juventud...».
Nosotros tecnológicamente no estamos todavía a ese nivel, aunque sí un poco más avanzados que los primates. Lo de la teleportación es una idea irrealizable; sería genial conseguirla, pero a los de mi generación no nos va a tocar, ni a muchas generaciones venideras. Y digo que estamos solo un poco más avanzados porque, aunque el hombre haya pisado la Luna seis o siete veces y se manden naves a Marte o Plutón, cada vez que veo la tele y oigo la radio me doy cuenta de que aquellos simios siguen sueltos por este mundo.
Si el planeta no se va al garete, con el desarrollo de la Inteligencia Artificial es posible que se consiga algo muy parecido. Por lo pronto, ya podemos ver fotos, vídeos, hacer videoconferencias o teletrabajar desde cualquier parte del planeta.
Hemos avanzado mucho, pero no tanto. La gente se puede comunicar casi instantáneamente desde cualquier parte de nuestro “pequeño punto azul”, como llamaba Carl Sagan a la Tierra vista desde una distancia sideral por la nave Voyager 1. Él hizo la siguiente reflexión:
«Consideremos de nuevo ese punto: ¡Es nuestro hogar, eso somos nosotros! La Tierra es un pequeñísimo escenario en una vasta e inmensa arena cósmica. Piensa en la impaciencia por matarse los unos a los otros, en la frecuencia de sus malentendidos, en lo fervientes que son sus odios ante determinadas formas de pensar, lo necio de nuestras posturas, nuestra imaginada autoimportancia y la falsa ilusión de tener una posición privilegiada en el universo.
Todas esas creencias son desafiadas por ese punto de luz pálida, por una mota solitaria que es nuestro planeta, flotando en esta inmensa y envolvente oscuridad cósmica. En mi opinión, no hay mejor demostración de la locura que es la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, recalca la responsabilidad que tenemos de tratarnos los unos a los otros con más amabilidad y compasión, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que hemos conocido».
Despedida con humor Luqueño
Amigo Paulino, no pensaba extenderme tanto, pero lo mismo dejo de escribir que no paro. En Luque nos veremos y recordaremos al “Taka Taka”, que fue el verdugo del Atleti en aquel partido de la Vojvodina. ¿Quién nos acompañaría? Tista Barona, Antonio Arjona, el Rubio y otros más. Me apuesto el precio del viaje a que los que nombro estaban. Ya me dirán los nombrados si recuerdan aquella noche de diciembre. En cuanto a Tista, solo me queda decirle, si pudiera oírme:
«Amigo y compañero Juan Bautista, te fuiste muy temprano; descansa en paz».
Ya iba a terminar mi escrito con el bueno de Juan Bautista Barona Jurado (Tista), pero quiero finalizar con un chiste que, cada vez que yo lo acompañaba a comprar tabaco al estanco de Juan Rabadán, me contaba con su alegría y humor habitual. Trataba de aquel que llegó al estanco y, asomándose con precaución, preguntó:
—¿Tiene usted bisontes sueltos?
—¡Sí! —le respondieron.
—¡Pues átelos, que voy a entrar a comprar un sello!
Simple, pero contado por él sonaba a fresco, no cansaba, su entusiasmo hacía nuevo lo oído anteriormente.
Recordar que en aquellos años se vendían cigarrillos suelto: Celtas, un real; Bisonte y 3 Carabelas, dos reales o parecido.
Zaragoza, 06 de septiembre de 2024 (21:51 h)
Luis Gil Amores
La fecha de publicación es hoy 05-08-2026, 18:56´
jueves, 5 de marzo de 2026
el corralón: dibujos, carbón y latoneros
El corralón era un campo de labranza dentro del pueblo; en realidad, era un lugar multiusos. Se entraba a través de una desvencijada puerta de madera. A la derecha, el recinto estaba limitado por un muro de piedras de color ocre, debido, quizás, a las inclemencias del tiempo. Aquel terreno caía en suave pendiente hacia la parte trasera de las casas de la carrera. Mi guía en aquellos primeros tiempos, Antonio Arjona Ortiz, bien conoce estos rincones.
unos dibujos semipornos
Fue allí donde aparecieron, como por arte de birlibirloque, un fajo de cuatro o cinco cartulinas. Aunque en mi ingenuidad de entonces supuse que habían surgido de entre las piedras del muro, la realidad era más terrenal: el amigo que me acompañaba las había sacado discretamente de su bolsillo. Pintadas con tinta china, narraban una historia de realismo asombroso:
la contemplación: Una joven admirando sus "dos manzanitas" frente al espejo.
el acecho: Un mozo con una cara de lujuria que ríete tú de un verraco en celo; más caliente que el pico de una plancha de carbón.
la incursión: El muchacho subiendo por una escalera larga, de esas tipo a las que utilizaba el bueno de Ortega, nuestro electricista, para cambiar las bombillas del alumbrado.
el encuentro: Gruñidos y signos de admiración: "se nos murió el amor de tanto usarlo".
el desenlace: El joven volviendo a su ventana y ella pidiéndole que vuelva... como el almendro en el anuncio del turrón por navidad.
Esta colección de imágenes quizás aliviaba la sed de amor de aquellos que, como escribió Calderón de la Barca en su famoso verso sobre el sabio que solo se alimentaba de las hierbas que cogía, aquí solo se alimentaban de esos amores de sombra y soledad.
No era malo, era natural. No eran malos pensamientos, sino el instinto que Dios le ha dado a un salmón, a un verraco o a un halcón. Válvulas de escape necesarias que el pobre borrico de Changanilla nunca pudo utilizar; se murió, según creo, sin comerse una sola paja.
La perpetuación de las especies requiere esa vía, lo mismo para los humanos que para las cucarachas, ratas o cocodrilos. ¿Qué les voy a contar? Es una ley natural, no derecho positivo.
haciendo carbón y el misterio del cine
Lo de calificar el corralón como un espacio multiusos se debe a lo siguiente: a veces, al entrar en aquel querido lugar, veía una especie de cono humeante. Era una construcción tosca; debía tener un madero como soporte para albergar más madera. La superficie lateral era una capa de arena humeante para mantener una combustión lenta y conseguir el producto querido: el carbón.
Como nunca lo había visto, sin yo saberlo, me quedé con la copla, pero eso fue fuente de confusiones que no me explicaba. Sabía perfectamente qué era el carbón, el picón para los braseros. Sabía que a las mujeres, del calor de la mesa camilla, le salían unas manchas en las piernas llamadas «cabrillas», etc., pero mi confusión era sobre los carbones del cine. ¿Cómo es posible que las máquinas de cine utilicen el carbón? Fue en el cine de verano, cuando subía a la cabina, donde vi unas barras como lápices gruesos y en uno de los extremos llevaban una funda de color latón. Esto lo dejo para cuando vuelva a escribir sobre el cine.
la casa del horno y el eco rebelde
Junto a la puerta del corralón, formando un ángulo recto con la última casa de la callejuela hermanos de la aurora, había otra puerta que daba entrada a un recinto cerrado que había sido una panadería. Entramos y noté que al hablar se oía un sonido con eco, reverberar. La razón era que las paredes estaban desnudas y nuestros sonidos rebotaban en ellas. Me parecía algo misterioso.
Recuerdo la portezuela por donde entraba la masa cruda y salía el pan horneado. Junto a la portezuela había una pala larga que estaba fijada a la pared en posición diagonal. Para poner un ejemplo de eco, chistoso, se contaba que un vasco fue al pirineo para probar qué le respondía el eco; para ello, frente a una de las paredes del escarpado paisaje de aquellos montes, gritó: ¡Ramón Iruretagoyena!, y el eco le respondió: ¡Ramón Irureta... quéeeeeeeeee!?
la casa del latonero
Frente al corralón, en el camino del barrio san Sebastián, había una vieja casa. Allí se hospedaban el latonero y su familia: María se llamaba la mujer, y varios hijos. Vivían pobremente y las vecinas ayudaban en lo que podían.
El mayor de los hijos era Diego; tenía mi edad y, cuando me encontraba con él, hablábamos un poco. Era un gran chaval. Sentía envidia sana de mi situación como estudiante, de vivir en una casa en condiciones, de no tener problemas con las comidas e ir con mis amigos. A nuestros doce años, nuestras vidas eran dos mundos paralelos. Muchos años después, por el 2015 o 2016, me dijeron que había fallecido y me sentí muy triste. Sus hermanos siguen en el pueblo; los recuerdo con afecto y deseo de corazón que a ellos y a sus descendientes les vaya siempre bien.
El padre recorría las calles para ganarse la vida arreglando ollas; llevaba un anafre para calentar el soldador, el estaño, la resina de pino y su paquete de tabaco. Aquella familia siempre ha tenido un lugar en mi memoria.
Concluyo ahora con el poema de Calderón de la Barca, pero esta vez con todo el respeto y sin decir palabrotas:
"Cuentan de un sabio que un día / tan pobre y mísero estaba, / que sólo se alimentaba / de las yerbas que cogía. / ¿Habrá otro, entre sí decía, / más pobre y triste que yo?; / y cuando el rostro volvió / halló la respuesta viendo / que otro sabio iba cogiendo / las yerbas que él arrojó."
Zaragoza, 13 de marzo de 2026
18:09´
Luis Gil Amores
martes, 3 de marzo de 2026
El buitre
Era un mediodía soleado, sobre las doce y media o la una de la tarde.
Desde la terraza de la escuela se divisaba perfectamente el camino de San
Jorge. Allí observamos cómo un grupo numeroso de buitres devoraba una presa
abandonada en la orilla. La afortunada ausencia del Maestro nos permitió la
travesura: escaparnos hasta el lugar donde las aves celebraban su particular
festín.
Al llegar, la mayoría alzó el vuelo. Sin embargo, dos de ellas quedaron
rezagadas. Una intentaba poner distancia batiendo las alas torpemente hasta
que, por fin, logró elevarse. La otra, víctima de su propia glotonería,
permaneció allí. Tenía sus dos cuartas y media de cuello pelado hundidas en el
abdomen de una pobre cabra. Al sacar el pico, arrastraba consigo lo que parecía
un largo espagueti con tomate: era el intestino delgado de la inerte víctima.
Intentó largarse, pero llevaba tanta carga en el buche que, por más que
insistía, su incapacidad para despegar era evidente.
Francisco, sin pensarlo dos veces, se lanzó hacia aquel pajarraco y lo
sujetó por las puntas de las alas, dejándolo inmovilizado. Me sorprendió el
arrojo de mi compañero; la impresionante envergadura de aquel animal con las
alas desplegadas nos tenía a los demás completamente acongojados.
Lo llevamos hacia el Patín del pueblo. Aquel animal acabó muriendo. Según
nos dijeron, si se presentaba en el ayuntamiento, se cobraba una recompensa por
"alimaña" cazada. Qué paradoja: hoy sabemos que el buitre no es una
alimaña, sino el "basurero" más eficiente de la naturaleza. Están
programados para limpiar el planeta de carroña, evitando contagios y
putrefacciones que podrían propagar enfermedades como el ántrax o el cólera.
Sus estómagos son auténticos hornos bacteriológicos que pro
Resulta curioso que, mientras los buitres de pluma y pico son perseguidos
por su glotonería, existan otros ejemplares que caminan erguidos y nunca son
cazados. Estos otros, de cuello blanco y manos largas, no esperan a que la
presa esté inerte; prefieren servirse de lo ajeno y, cuando el buche está ya
tan repleto que amenaza con reventar, no baten las alas con torpeza como aquel
de mi infancia. Al contrario, huyen con elegancia en relucientes naves de
metal, poniendo tierra y nubes de por medio con sus tesoros a buen recaudo. A
diferencia de los del Camino de San Jorge, que limpian los campos, estos solo
dejan tras de sí el rastro de la escasez, miseria y desprecio.
En la primavera de 1961, mientras asistía a la escuela del Algarrobo, nos
enteramos de la desaparición de un hombre que había ido a trabajar por la zona
de Morellana, concretamente por la Atalaya. Pasaron los días sin noticias y la
historia, como ocurre siempre, se fue desvaneciendo a medida que corría el
tiempo, hasta que casi nadie se acordaba ya del asunto.
A finales de septiembre o primeros de octubre, ya mudados a la calle el
Prao, la noticia regresó de golpe. En la pausa del desayuno, al entrar en la
escuela, Alfonsillo me soltó:
—"Ya ha aparecido el hombre aquel. Lo traen para el Patín del
convento, ¿vamos?"
Como teníamos tiempo libre hasta las 10:30, nos presentamos allí para ver
qué pasaba. Junto a la fuente y el pilón del Patín, un grupo de hombres
esperaba con la mirada fija en la carretera. De pronto, vimos aparecer en la
curva tres mulos en hilera seguidos de varios acompañantes. Era cierto: el
duelo de la familia, por fin, iba a comenzar su cierre.
Cuando la caravana llegó a nuestra altura, se hizo un silencio solemne.
Los hombres, que vestían la clásica gorra gris de las labores del campo, se
descubrieron en señal de respeto. El rescatado iba en el mulo del centro,
metido en algo parecido a uno de esos sacos largos donde se almacenaba el
trigo.
Al verlos seguir su marcha por la calle Los Álamos, pensé ingenuamente que
la familia viviría por allí e imaginé el dolor de los suyos al recibirlo. Con
doce años, ese es el primer pensamiento que te asalta. ¡Craso error! ¿A qué iba
a ir a su casa una persona que había sido encontrada momificada? Años más tarde
comprendí la realidad: se dirigían al cementerio, donde lo esperaba el examen
del forense.
El suceso se aclaró tiempo después. Se decía que estaba en la zona alta de
la Atalaya y que, por algún azar trágico, cayó a un cortado. Su cuerpo quedó
suspendido en una rama de esas que brotan lateralmente entre las fracturas de
las rocas; plantas que, como explicaba mi libro de ciencias de tercero, buscan
desesperadamente la luz para crecer una vez que logran brotar la oscuridad de
la piedra.
Luis Gil Amores
Zaragoza, 01 03 2026
20:37
P. d., todos los escritos están redactados desde hace ya unos años. La
causa de no publicarlos antes es por culpa del que suscribe.