Paulinín
Este escrito, dedicado a mi buen amigo Paulino Moreno Moral, trata de fútbol y de la rivalidad entre los aficionados de uno u otro de los grandes equipos que, a la sazón, existían en la primera división de la Liga, sobre todo los históricos, pues otros desaparecieron o vinieron a menos.
Los primeros pasos hacia el balompié
Antes de vivir en Luque el fútbol no me decía nada, no me llamaba la atención. Sin embargo, con mi llegada al pueblo todo cambió: fue cuando conocí a mis amigos y, sin darme cuenta, me convertí en un forofo de ese deporte y del Real Madrid.
En ese aspecto, mi trayectoria de la indiferencia a la pasión la puedo describir por los siguientes pasos que la vida puso en mi camino hacia el mundo del balompié:
A finales de los años 50 vivía en Doña Mencía. Recuerdo que vendían unos caramelillos de menta de color verde oliva y blanco; “Saci” era la marca que figuraba en las envolturas que los cubrían. En el interior de cada uno venía el nombre de un futbolista famoso de la época: Gento, Di Stéfano, Kubala, etc. Decían que, si se conseguía reunir a once de aquellos —una alineación completa—, le daban un premio al ganador. Con esos famosos nombres, sin saberlo, di mis primeros pasos en el fútbol. Aun así, hacía falta mucho más para que terminara de gustarme.
En septiembre de 1960, cuando tenía 11 años, llegamos a Montilla y comencé a ir al Colegio de los Salesianos. Allí conocí a Ricardín, mi padre trabajaba en la oficina de un tío suyo. Junto a Ricardo había un chavalillo de nuestra edad que tenía el pelo y las cejas blancos (albino); llevaba gafas y un parche en uno de sus ojos, por lo que parecía un piratilla. Muchos años después me enteré de que a lo del parche le llamaban “ojo vago” y debían tapar el bueno para estimular la visión del defectuoso. Bueno, tampoco entiendo mucho de esas cosas de médicos ni de ópticas, pero la vida es un aprendizaje continuo.
La presentación fue durante el recreo y resultó algo atípica. Tras el saludo inicial y afectuoso, comenzaron las carreras. Me explico: mientras la mayoría de los alumnos gritaban, corrían jugando al balón o se dedicaban a otras cosas, Ricardín y aquel zagal se miraron con cara de guasa, levantaron el puño y me avisaron con gestos inconfundibles de que, si no corría, me iban a dar coscorrones. Así disfrutábamos aquel tiempo libre: haciendo yo de liebre mientras dos galgos me perseguían. Nunca me pillaron, bien porque no quisieran o porque yo era más rápido. Nos lo pasábamos muy bien.
Lo he hablado con Ricardo y no recuerda el nombre de aquel albino que, según escribo, venía a ser como aquel muchacho malo: con parche en el ojo, sin pata de palo y con cara de enojo... ¿Quizás porque no me alcanzaba? No, más bien con cara de pillo. Éramos unos chiquillos y, además, nos venía muy bien movernos, que luego en el pupitre pasábamos mucho tiempo sentados. Eso duró como mucho, un par de semanas, después entré en la academia del mismo centro religioso.
La pasión merengue y las tertulias en Luque
Ricardín me había dicho que él era luqueño. Varios meses después me llevé una sorpresa: el 1 de marzo del 61 pisé las piedras de la calle Marbella, fui a la escuela del Maestro y, entre los compañeros de curso, los amigos en general, el terraplén y los partidos radiados o televisados, me adentré por completo en el mundo del balompié y me convertí en un ferviente aficionado del Real Madrid.
Entre mis amigos se encontraba Paulino Moreno Moral. Bien fuera por el Llano o por la Carrera, nos encontrábamos y charlábamos de todo un poco. Paulino era del Atlético de Madrid; lo veíamos con cierta sorna los merengones madridistas que, con nuestro complejo de superioridad, mirábamos con cierto desdén a los demás: a los culés —como Joseíllo, el del bar España, que creo que era blaugrana— y a los colchoneros, como el amigo Paulino.
La realidad es que, a pesar de las diferencias, todo se desarrollaba en un clima de cordialidad y bromas que resultaba muy agradable: los encuentros, las conversaciones y las retransmisiones de los partidos (¡Érase muchas orejas a un transistor pegadas!). Vivir aquellos momentos nos unía bastante. Cualquier tensión terminaba cuando acababa el partido y así esperábamos al siguiente sin que se rompiera la paz. No nos separaba; al contrario, nos cohesionaba.
La fría noche de Yugoslavia
Entre los muchos encuentros en los que hablábamos de partidos, bien fuera recordando los pasados u oyendo la transmisión en directo, mi relato se va a centrar en una eliminatoria de la Copa de Europa entre el Atleti y un equipo de nombre muy raro. Comenzaba por “Vojv...” o algo parecido; tuve que buscarlo por internet para saber cuál era: el Vojvodina de Novi Sad, de Yugoslavia (en la antigua URSS).
Paulinín, cuya paciencia haría parecer al Santo Job una persona muy débil y ansiosa, aguardaba el resultado. La eliminación la oímos en la zona que queda entre el bar de Telesforo y la esquina del Sevillano. Allí de pie, aguantando estoicamente entre Bisonte y Bisonte con las manos en los bolsillos, pasábamos mucho frío. Sin embargo, lo compensaba la energía oculta que, en aquella atmósfera de tensiones amables, calentaba nuestra quietud bajo un techo de cielo frío y estrellado. La nieve es para los renos y Santa Claus en el norte de Europa: poca luz, ojos claros y miradas frías⁽¹⁾. Vivir más al norte o más al sur tiene sus ventajas e inconvenientes, pero para nosotros, en casi todos los casos, eran ventajas.
(1) De mis recuerdos en Alemania.
De aquel episodio y de muchos más —con casi los mismos protagonistas—, este es el recuerdo más relevante en mi memoria, el que he elegido rescatar.
El milagro de un corazón compartido
Pasaron muchos años, llegaron las nuevas tecnologías (que ya no son tan nuevas) y eso posibilitó recuperar el contacto con tan buen amigo. Como no podía ser de otro modo, rescatamos aquellos momentos luqueños y le dije algo que sonaba a una leve infidelidad por mi parte: «Paulino, me convertí en un aficionado del Atleti, siento que he traicionado un poco al Madrid». No se lo creía, pero paso a detallar cómo fue ese milagro por el que pasé a tener como primer equipo al Real Madrid y, casi al mismo nivel, al Atlético: Reina, Adelardo, Ufarte, Gárate, Luis Aragonés... ¡No eran moco de pavo!
El proceso fue el siguiente: cuando hacía el servicio militar en Madrid, un grupo de compañeros de la misma compañía aprovechábamos los ratos libres para salir a tomar algo, ir al cine, subir a Atocha para comernos un bocadillo de calamares en “El Brillante” o ir a la Cuesta de Moyano para ver libros, por poner algunos ejemplos.
Tres éramos madridistas y uno colchonero. Nos gustaba ir al estadio Santiago Bernabéu los domingos y ver los entrenamientos (los martes en la Ciudad Deportiva y los jueves en el propio Bernabéu). El compañero colchonero siempre nos acompañaba, así que nosotros le correspondíamos acudiendo con él al Vicente Calderón, junto al río Manzanares.
En ese estadio comencé a ver partidos buenísimos y a disfrutar de un equipo que fue una maravilla en la Liga y en la Copa de Europa. En 1974 jugó la final frente al Bayern de Múnich: tras ir ganando 1-0 con gol de Luis, en un desesperado tiro desde el medio del campo, el Bayern sorprendió a un confiado portero... ¿Quién podía ser? ¡Pues Reina! El partido terminó en empate. Esto fue un miércoles; el viernes se volvió a jugar de desempate y los alemanes lo tuvieron muy fácil: nos dieron la del pulpo (4-0, creo).
Así, de no saber si me gustaba el fútbol, muté a seguidor de dos equipos que son la noche y el día de Madrid por su antagonismo centenario.
Sueños de teleportación hacia el Paredón
En nuestras conversaciones de “jubilatas satisfechos” —como dice Paulino—, recordando que cualquier tiempo pasado fue mejor, soñamos despiertos haciendo planes para ir a Luque y, sobre el terreno, recordar aquellos maravillosos años en el Llano. El tiempo pasa, nosotros nos pasamos y los deseos a veces se quedan en eso; sabemos que será difícil, pero no imposible, y la esperanza se mantiene. Lo bueno de todo es que hablar sobre esa posibilidad nos anima y nos alienta a mantenernos sin que la desesperanza nos venza. Nos vemos viajando en el AVE camino de Córdoba y, una vez allí, rumbo al pueblo... y ¿quién sabe? Como se decía antes de que llegara el WhatsApp: «Soñar no cuesta dinero».
A veces pienso en la “teleportación”. Esa palabra sobre viajar de un punto a otro a la velocidad de la luz no es algo que haya caído del cielo en los últimos años. En los años 60, 70 y 80 se emitían series como “Superagente 86”, “Kung Fu”, “La casa de la pradera”, “Aquellos maravillosos años”, “Los invasores” y “Star Trek”. Fue en esta última, de ciencia ficción, donde aparecían escenas de esa forma de viajar: los protagonistas se trasladaban a un lugar lejano metiéndose en una especie de cabina. No sé si con una orden mental o un mando físico, aparecían en un segundo en el destino solicitado (la ficción y la imaginación todo lo pueden).
Basándome en esa idea, me pongo a pensar si llegará un día en el que todo lo que damos por imposible sea viable y, hablando de soñar, pudiera llamar a Paulino y decirle: «¡Paulino, mañana a las nueve de la noche hemos quedado en el Paredón, en el bar El Frasco, no llegues tarde! Habrá tertulia, fino pato y tapillas».
La tertulia la dirigirá José Toleo, maestro en el arte de hablar. Los asistentes seremos unos cuantos que, afortunadamente, aún seguimos en este Valle de Lágrimas. Recordaremos a los que no pueden venir, a los que faltan desde hace muchos años, a los que viven en nuestro pensamiento y corazón, y a los que dentro de poco veremos (dando ánimos, que es ley de vida).
Cuando termine la reunión, regresaremos a Madrid y Zaragoza... ¡Total, por medio segundo de viaje! Las mujeres no nos van a poner trabas; oleremos a vino, cerveza, carne mechada, queso, jamón y unos gintónics para cargar la cabeza, pero dormiremos en casa.
El único método (que aún no existe) para hacer ese tipo de viaje sería enviar un mensaje de WhatsApp al Frasco para que nos reservaran sitio, hacernos un selfie cada uno y darle a enviar. Una vez allí, tendríamos un lugar entre todos los amigos del pueblo; el Paredón se quedaría pequeño para tanta gente, pero no importaría: donde comen dos, nos apretamos, sobra sitio y comemos quinientos. Para servir las tapas y bebidas no habría problema: con un ordenador y por WhatsApp aparecería todo lo que deseáramos.
Del fémur de Kubrick al punto azul pálido
Pensando en los avances de la tecnología sobre hacer posible lo imposible, recuerdo la película de Stanley Kubrick: “2001: Una odisea del espacio”. En el mes de agosto de 1968, recién llegado al cuartel donde hice el servicio militar, proyectaron esa famosa cinta en un cine de la Gran Vía; creo que fue de las primeras películas que vi allí.
La historia comienza con la lucha de primates contra primates, cuerpo a cuerpo, utilizando piedras. No daban para más, hasta que apareció el famoso monolito de color negro brillante. Un grupo de simios se fijó en aquel misterioso objeto que, según daba a entender, activó sus cerebros.
Entonces, uno de ellos se fijó en un fémur, lo cogió por un extremo y lo blandió como si fuera un arma. Comenzó a dar golpes contra otros huesos y otros simios. Supo que aquello le daba poder, alcanzaba a sus víctimas desde más lejos y multiplicaba la fuerza de sus golpes. Exultante de alegría, lanzó aquel fémur hacia el cielo; el hueso ascendía dando vueltas y, de repente, se transformó en una nave espacial acompañada por la música del vals de Strauss (“El Danubio azul”).
Así, de una tacada, se pasó de lo primitivo a lo avanzado: del fémur al ordenador HAL 9000, que era tan humano que asesinó a los ocupantes de la nave —menos a uno— y suplicaba al astronauta que se salvó que no lo desconectara. Aquel ordenador “murió” cantando la canción “Daisy” mientras se apagaba lentamente. Me recuerda a aquella letra que decía: «Suave que me estás matando, que estás acabando con mi juventud...».
Nosotros tecnológicamente no estamos todavía a ese nivel, aunque sí un poco más avanzados que los primates. Lo de la teleportación es una idea irrealizable; sería genial conseguirla, pero a los de mi generación no nos va a tocar, ni a muchas generaciones venideras. Y digo que estamos solo un poco más avanzados porque, aunque el hombre haya pisado la Luna seis o siete veces y se manden naves a Marte o Plutón, cada vez que veo la tele y oigo la radio me doy cuenta de que aquellos simios siguen sueltos por este mundo.
Si el planeta no se va al garete, con el desarrollo de la Inteligencia Artificial es posible que se consiga algo muy parecido. Por lo pronto, ya podemos ver fotos, vídeos, hacer videoconferencias o teletrabajar desde cualquier parte del planeta.
Hemos avanzado mucho, pero no tanto. La gente se puede comunicar casi instantáneamente desde cualquier parte de nuestro “pequeño punto azul”, como llamaba Carl Sagan a la Tierra vista desde una distancia sideral por la nave Voyager 1. Él hizo la siguiente reflexión:
«Consideremos de nuevo ese punto: ¡Es nuestro hogar, eso somos nosotros! La Tierra es un pequeñísimo escenario en una vasta e inmensa arena cósmica. Piensa en la impaciencia por matarse los unos a los otros, en la frecuencia de sus ma
lentendidos, en lo fervientes que son sus odios ante determinadas formas de pensar, lo necio de nuestras posturas, nuestra imaginada autoimportancia y la falsa ilusión de tener una posición privilegiada en el universo. Todas esas creencias son desafiadas por ese punto de luz pálida, por una mota solitaria que es nuestro planeta, flotando en esta inmensa y envolvente oscuridad cósmica.
En mi opinión, no hay mejor demostración de la locura que es la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, recalca la responsabilidad que tenemos de tratarnos los unos a los otros con más amabilidad y compasión, y de preserv ar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que hemos conocido».
Despedida con humor Luqueño
Amigo Paulino, no pensaba extenderme tanto, pero lo mismo dejo de escribir que no paro. En Luque nos veremos y recordaremos al “Taka Taka”, que fue el verdugo del Atleti en aquel partido de la Vojvodina. ¿Quién nos acompañaría? Tista Barona, Antonio Arjona, el Rubio y otros más. Me apuesto el precio del viaje a que los que nombro estaban. Ya me dirán los nombrados si recuerdan aquella noche de diciembre. En cuanto a Tista, solo me queda decirle, si pudiera oírme: «Amigo y compañero Juan Bautista, te fuiste muy temprano; descansa en paz».
Ya iba a terminar mi escrito con el bueno de Juan Bautista Barona Jurado (Tista), pero quiero finalizar con un chiste que, cada vez que yo lo acompañaba a comprar tabaco al estanco de Juan Rabadán, me contaba con su alegría y humor habitual. Trataba de aquel que llegó al estanco y, asomándose con precaución, preguntó: —¿Tiene usted bisontes sueltos? —¡Sí! —le respondieron. —¡Pues átelos, que voy a entrar a comprar un sello!
Simple, pero contado por él sonaba a fresco, no cansaba, su entusiasmo hacía nuevo lo oído anteriormente.
Recordar que en aquellos años se vendían cigarrillos suelto: Celtas, un real; Bisonte y 3 Carabelas, dos reales o parecido.
Zaragoza, 06 de septiembre de 2024 (21:51 h)
Luis Gil Amores
La fecha de publicación es hoy 05-08-2026, 18:56´