el corralón: dibujos, carbón y latoneros
El corralón era un campo de labranza dentro del pueblo; en realidad, era un lugar multiusos. Se entraba a través de una desvencijada puerta de madera. A la derecha, el recinto estaba limitado por un muro de piedras de color ocre, debido, quizás, a las inclemencias del tiempo. Aquel terreno caía en suave pendiente hacia la parte trasera de las casas de la carrera. Mi guía en aquellos primeros tiempos, Antonio Arjona Ortiz, bien conoce estos rincones.
unos dibujos semipornos
Fue allí donde aparecieron, como por arte de birlibirloque, un fajo de cuatro o cinco cartulinas. Aunque en mi ingenuidad de entonces supuse que habían surgido de entre las piedras del muro, la realidad era más terrenal: el amigo que me acompañaba las había sacado discretamente de su bolsillo. Pintadas con tinta china, narraban una historia de realismo asombroso:
la contemplación: Una joven admirando sus "dos manzanitas" frente al espejo.
el acecho: Un mozo con una cara de lujuria que ríete tú de un verraco en celo; más caliente que el pico de una plancha de carbón.
la incursión: El muchacho subiendo por una escalera larga, de esas tipo a las que utilizaba el bueno de Ortega, nuestro electricista, para cambiar las bombillas del alumbrado.
el encuentro: Gruñidos y signos de admiración: "se nos murió el amor de tanto usarlo".
el desenlace: El joven volviendo a su ventana y ella pidiéndole que vuelva... como el almendro en el anuncio del turrón por navidad.
Esta colección de imágenes quizás aliviaba la sed de amor de aquellos que, como escribió Calderón de la Barca en su famoso verso sobre el sabio que solo se alimentaba de las hierbas que cogía, aquí solo se alimentaban de esos amores de sombra y soledad.
No era malo, era natural. No eran malos pensamientos, sino el instinto que Dios le ha dado a un salmón, a un verraco o a un halcón. Válvulas de escape necesarias que el pobre borrico de Changanilla nunca pudo utilizar; se murió, según creo, sin comerse una sola paja.
La perpetuación de las especies requiere esa vía, lo mismo para los humanos que para las cucarachas, ratas o cocodrilos. ¿Qué les voy a contar? Es una ley natural, no derecho positivo.
haciendo carbón y el misterio del cine
Lo de calificar el corralón como un espacio multiusos se debe a lo siguiente: a veces, al entrar en aquel querido lugar, veía una especie de cono humeante. Era una construcción tosca; debía tener un madero como soporte para albergar más madera. La superficie lateral era una capa de arena humeante para mantener una combustión lenta y conseguir el producto querido: el carbón.
Como nunca lo había visto, sin yo saberlo, me quedé con la copla, pero eso fue fuente de confusiones que no me explicaba. Sabía perfectamente qué era el carbón, el picón para los braseros. Sabía que a las mujeres, del calor de la mesa camilla, le salían unas manchas en las piernas llamadas «cabrillas», etc., pero mi confusión era sobre los carbones del cine. ¿Cómo es posible que las máquinas de cine utilicen el carbón? Fue en el cine de verano, cuando subía a la cabina, donde vi unas barras como lápices gruesos y en uno de los extremos llevaban una funda de color latón. Esto lo dejo para cuando vuelva a escribir sobre el cine.
la casa del horno y el eco rebelde
Junto a la puerta del corralón, formando un ángulo recto con la última casa de la callejuela hermanos de la aurora, había otra puerta que daba entrada a un recinto cerrado que había sido una panadería. Entramos y noté que al hablar se oía un sonido con eco, reverberar. La razón era que las paredes estaban desnudas y nuestros sonidos rebotaban en ellas. Me parecía algo misterioso.
Recuerdo la portezuela por donde entraba la masa cruda y salía el pan horneado. Junto a la portezuela había una pala larga que estaba fijada a la pared en posición diagonal. Para poner un ejemplo de eco, chistoso, se contaba que un vasco fue al pirineo para probar qué le respondía el eco; para ello, frente a una de las paredes del escarpado paisaje de aquellos montes, gritó: ¡Ramón Iruretagoyena!, y el eco le respondió: ¡Ramón Irureta... quéeeeeeeeee!?
la casa del latonero
Frente al corralón, en el camino del barrio san Sebastián, había una vieja casa. Allí se hospedaban el latonero y su familia: María se llamaba la mujer, y varios hijos. Vivían pobremente y las vecinas ayudaban en lo que podían.
El mayor de los hijos era Diego; tenía mi edad y, cuando me encontraba con él, hablábamos un poco. Era un gran chaval. Sentía envidia sana de mi situación como estudiante, de vivir en una casa en condiciones, de no tener problemas con las comidas e ir con mis amigos. A nuestros doce años, nuestras vidas eran dos mundos paralelos. Muchos años después, por el 2015 o 2016, me dijeron que había fallecido y me sentí muy triste. Sus hermanos siguen en el pueblo; los recuerdo con afecto y deseo de corazón que a ellos y a sus descendientes les vaya siempre bien.
El padre recorría las calles para ganarse la vida arreglando ollas; llevaba un anafre para calentar el soldador, el estaño, la resina de pino y su paquete de tabaco. Aquella familia siempre ha tenido un lugar en mi memoria.
Concluyo ahora con el poema de Calderón de la Barca, pero esta vez con todo el respeto y sin decir palabrotas:
"Cuentan de un sabio que un día / tan pobre y mísero estaba, / que sólo se alimentaba / de las yerbas que cogía. / ¿Habrá otro, entre sí decía, / más pobre y triste que yo?; / y cuando el rostro volvió / halló la respuesta viendo / que otro sabio iba cogiendo / las yerbas que él arrojó."
Zaragoza, 13 de marzo de 2026
18:09´
Luis Gil Amores