jueves, 5 de marzo de 2026


el corralón: dibujos, carbón y latoneros

El corralón era un campo de labranza dentro del pueblo; en realidad, era un lugar multiusos. Se entraba a través de una desvencijada puerta de madera. A la derecha, el recinto estaba limitado por un muro de piedras de color ocre, debido, quizás, a las inclemencias del tiempo. Aquel terreno caía en suave pendiente hacia la parte trasera de las casas de la carrera. Mi guía en aquellos primeros tiempos, Antonio Arjona Ortiz, bien conoce estos rincones.

unos dibujos semipornos

Fue allí donde aparecieron, como por arte de birlibirloque, un fajo de cuatro o cinco cartulinas. Aunque en mi ingenuidad de entonces supuse que habían surgido de entre las piedras del muro, la realidad era más terrenal: el amigo que me acompañaba las había sacado discretamente de su bolsillo. Pintadas con tinta china, narraban una historia de realismo asombroso:

  1. la contemplación: Una joven admirando sus "dos manzanitas" frente al espejo.

  2. el acecho: Un mozo con una cara de lujuria que ríete tú de un verraco en celo; más caliente que el pico de una plancha de carbón.

  3. la incursión: El muchacho subiendo por una escalera larga, de esas tipo a las que utilizaba el bueno de Ortega, nuestro electricista, para cambiar las bombillas del alumbrado.

  4. el encuentro: Gruñidos y signos de admiración: "se nos murió el amor de tanto usarlo".

  5. el desenlace: El joven volviendo a su ventana y ella pidiéndole que vuelva... como el almendro en el anuncio del turrón por navidad.

Esta colección de imágenes quizás aliviaba la sed de amor de aquellos que, como escribió Calderón de la Barca en su famoso verso sobre el sabio que solo se alimentaba de las hierbas que cogía, aquí solo se alimentaban de esos amores de sombra y soledad.

No era malo, era natural. No eran malos pensamientos, sino el instinto que Dios le ha dado a un salmón, a un verraco o a un halcón. Válvulas de escape necesarias que el pobre borrico de Changanilla nunca pudo utilizar; se murió, según creo, sin comerse una sola paja.

La perpetuación de las especies requiere esa vía, lo mismo para los humanos que para las cucarachas, ratas o cocodrilos. ¿Qué les voy a contar? Es una ley natural, no derecho positivo.

haciendo carbón y el misterio del cine

Lo de calificar el corralón como un espacio multiusos se debe a lo siguiente: a veces, al entrar en aquel querido lugar, veía una especie de cono humeante. Era una construcción tosca; debía tener un madero como soporte para albergar más madera. La superficie lateral era una capa de arena humeante para mantener una combustión lenta y conseguir el producto querido: el carbón.

Como nunca lo había visto, sin yo saberlo, me quedé con la copla, pero eso fue fuente de confusiones que no me explicaba. Sabía perfectamente qué era el carbón, el picón para los braseros. Sabía que a las mujeres, del calor de la mesa camilla, le salían unas manchas en las piernas llamadas «cabrillas», etc., pero mi confusión era sobre los carbones del cine. ¿Cómo es posible que las máquinas de cine utilicen el carbón? Fue en el cine de verano, cuando subía a la cabina, donde vi unas barras como lápices gruesos y en uno de los extremos llevaban una funda de color latón. Esto lo dejo para cuando vuelva a escribir sobre el cine.

la casa del horno y el eco rebelde

Junto a la puerta del corralón, formando un ángulo recto con la última casa de la callejuela hermanos de la aurora, había otra puerta que daba entrada a un recinto cerrado que había sido una panadería. Entramos y noté que al hablar se oía un sonido con eco, reverberar. La razón era que las paredes estaban desnudas y nuestros sonidos rebotaban en ellas. Me parecía algo misterioso.

Recuerdo la portezuela por donde entraba la masa cruda y salía el pan horneado. Junto a la portezuela había una pala larga que estaba fijada a la pared en posición diagonal. Para poner un ejemplo de eco, chistoso, se contaba que un vasco fue al pirineo para probar qué le respondía el eco; para ello, frente a una de las paredes del escarpado paisaje de aquellos montes, gritó: ¡Ramón Iruretagoyena!, y el eco le respondió: ¡Ramón Irureta... quéeeeeeeeee!?

la casa del latonero

Frente al corralón, en el camino del barrio san Sebastián, había una vieja casa. Allí se hospedaban el latonero y su familia: María se llamaba la mujer, y varios hijos. Vivían pobremente y las vecinas ayudaban en lo que podían.

El mayor de los hijos era Diego; tenía mi edad y, cuando me encontraba con él, hablábamos un poco. Era un gran chaval. Sentía envidia sana de mi situación como estudiante, de vivir en una casa en condiciones, de no tener problemas con las comidas e ir con mis amigos. A nuestros doce años, nuestras vidas eran dos mundos paralelos. Muchos años después, por el 2015 o 2016, me dijeron que había fallecido y me sentí muy triste. Sus hermanos siguen en el pueblo; los recuerdo con afecto y deseo de corazón que a ellos y a sus descendientes les vaya siempre bien.

El padre recorría las calles para ganarse la vida arreglando ollas; llevaba un anafre para calentar el soldador, el estaño, la resina de pino y su paquete de tabaco. Aquella familia siempre ha tenido un lugar en mi memoria.

Concluyo ahora con el poema de Calderón de la Barca, pero esta vez con todo el respeto y sin decir palabrotas:

"Cuentan de un sabio que un día / tan pobre y mísero estaba, / que sólo se alimentaba / de las yerbas que cogía. / ¿Habrá otro, entre sí decía, / más pobre y triste que yo?; / y cuando el rostro volvió / halló la respuesta viendo / que otro sabio iba cogiendo / las yerbas que él arrojó."

Zaragoza, 13 de marzo de 2026

18:09´

Luis Gil Amores



martes, 3 de marzo de 2026

 

El buitre

Era un mediodía soleado, sobre las doce y media o la una de la tarde. Desde la terraza de la escuela se divisaba perfectamente el camino de San Jorge. Allí observamos cómo un grupo numeroso de buitres devoraba una presa abandonada en la orilla. La afortunada ausencia del Maestro nos permitió la travesura: escaparnos hasta el lugar donde las aves celebraban su particular festín.

Al llegar, la mayoría alzó el vuelo. Sin embargo, dos de ellas quedaron rezagadas. Una intentaba poner distancia batiendo las alas torpemente hasta que, por fin, logró elevarse. La otra, víctima de su propia glotonería, permaneció allí. Tenía sus dos cuartas y media de cuello pelado hundidas en el abdomen de una pobre cabra. Al sacar el pico, arrastraba consigo lo que parecía un largo espagueti con tomate: era el intestino delgado de la inerte víctima. Intentó largarse, pero llevaba tanta carga en el buche que, por más que insistía, su incapacidad para despegar era evidente.

Francisco, sin pensarlo dos veces, se lanzó hacia aquel pajarraco y lo sujetó por las puntas de las alas, dejándolo inmovilizado. Me sorprendió el arrojo de mi compañero; la impresionante envergadura de aquel animal con las alas desplegadas nos tenía a los demás completamente acongojados.

Lo llevamos hacia el Patín del pueblo. Aquel animal acabó muriendo. Según nos dijeron, si se presentaba en el ayuntamiento, se cobraba una recompensa por "alimaña" cazada. Qué paradoja: hoy sabemos que el buitre no es una alimaña, sino el "basurero" más eficiente de la naturaleza. Están programados para limpiar el planeta de carroña, evitando contagios y putrefacciones que podrían propagar enfermedades como el ántrax o el cólera. Sus estómagos son auténticos hornos bacteriológicos que pro

Resulta curioso que, mientras los buitres de pluma y pico son perseguidos por su glotonería, existan otros ejemplares que caminan erguidos y nunca son cazados. Estos otros, de cuello blanco y manos largas, no esperan a que la presa esté inerte; prefieren servirse de lo ajeno y, cuando el buche está ya tan repleto que amenaza con reventar, no baten las alas con torpeza como aquel de mi infancia. Al contrario, huyen con elegancia en relucientes naves de metal, poniendo tierra y nubes de por medio con sus tesoros a buen recaudo. A diferencia de los del Camino de San Jorge, que limpian los campos, estos solo dejan tras de sí el rastro de la escasez, miseria y desprecio.

Luis Gil Amores

03 03 2026

23:00


domingo, 1 de marzo de 2026

El hombre desaparecido

 

EL HOMBRE QUE DESAPARECIÓ

En la primavera de 1961, mientras asistía a la escuela del Algarrobo, nos enteramos de la desaparición de un hombre que había ido a trabajar por la zona de Morellana, concretamente por la Atalaya. Pasaron los días sin noticias y la historia, como ocurre siempre, se fue desvaneciendo a medida que corría el tiempo, hasta que casi nadie se acordaba ya del asunto.

A finales de septiembre o primeros de octubre, ya mudados a la calle el Prao, la noticia regresó de golpe. En la pausa del desayuno, al entrar en la escuela, Alfonsillo me soltó:

—"Ya ha aparecido el hombre aquel. Lo traen para el Patín del convento, ¿vamos?"

 Como teníamos tiempo libre hasta las 10:30, nos presentamos allí para ver qué pasaba. Junto a la fuente y el pilón del Patín, un grupo de hombres esperaba con la mirada fija en la carretera. De pronto, vimos aparecer en la curva tres mulos en hilera seguidos de varios acompañantes. Era cierto: el duelo de la familia, por fin, iba a comenzar su cierre.

 Cuando la caravana llegó a nuestra altura, se hizo un silencio solemne. Los hombres, que vestían la clásica gorra gris de las labores del campo, se descubrieron en señal de respeto. El rescatado iba en el mulo del centro, metido en algo parecido a uno de esos sacos largos donde se almacenaba el trigo.

 Al verlos seguir su marcha por la calle Los Álamos, pensé ingenuamente que la familia viviría por allí e imaginé el dolor de los suyos al recibirlo. Con doce años, ese es el primer pensamiento que te asalta. ¡Craso error! ¿A qué iba a ir a su casa una persona que había sido encontrada momificada? Años más tarde comprendí la realidad: se dirigían al cementerio, donde lo esperaba el examen del forense.

El suceso se aclaró tiempo después. Se decía que estaba en la zona alta de la Atalaya y que, por algún azar trágico, cayó a un cortado. Su cuerpo quedó suspendido en una rama de esas que brotan lateralmente entre las fracturas de las rocas; plantas que, como explicaba mi libro de ciencias de tercero, buscan desesperadamente la luz para crecer una vez que logran brotar la oscuridad de la piedra.

Luis Gil Amores

Zaragoza, 01 03 2026

20:37

P. d., todos los escritos están redactados desde hace ya unos años. La causa de no publicarlos antes es por culpa del que suscribe.

sábado, 21 de febrero de 2026

En el cine de la calle Alta, años 60

 

EL CINE DE VERANO EN EL PATIO DE LA CALLE ALTA

El ambiente y la espera

Al anochecer, cuando el cine se abría para el público, un fantástico olor a tierra mojada nos daba la bienvenida. El suelo era de tierra y se regaba previamente para aplacar el calor del día, un gesto que todos agradecíamos.

Para sentarnos, el lugar preferido por nosotros (Francisquito, Antoñín Arjona y yo) estaba al final, justo al pie de la caseta del proyector. En los descansos, me gustaba subir por la escalerilla lateral hasta la entrada de la cabina para ver qué hacía el operador. Mi curiosidad por la técnica —los cambios de rollos de celuloide y el misterio de los "carbones"— era mi debilidad.

Cine Mexicano (Tragedia y emoción):

Recuerdo especialmente una película sobre la vida de dos hermanos huérfanos, de unos 8 y 10 años, en México capital. El mundo que los rodeaba era una retahíla de abusos y maltratos; cuando al final mataron al hermano mayor, fue un golpe terrible para nuestra sensibilidad.

En medio de aquella desgracia, oímos un gemido a nuestra izquierda. Era PFz con un pañuelo blanquísimo desplegado por su cara. Intentaba ocultar que estaba llorando, pero en cuanto notó que lo observábamos, deslizó el pañuelo hacia su nariz fingiendo sonarse unos mocos que no tenía. Si aquella gran persona llega a romper en llanto abierto, creo que todo el cine lo habríamos acompañado. Habría sido un llanto histórico en la calle Alt porque sólo nos faltaba un empujoncito; el nudo en la garganta nos lo reclamaba.

 La criada mulata:

Otra de las películas que más nos impactaron trataba sobre una mujer rubia, rica y antipática que vivía profundamente acomplejada. Maltrataba constantemente a su sirvienta de raza mulata, especialmente cuando recibía invitados en casa. Le tenía una inquina casi infinita, pero, curiosamente, nunca la despedía.

El desenlace fue estremecedor. En una ocasión, mientras recibía la visita de una amiga, mandó a la criada a preparar el té. Cuando la sirvienta subía por una empinada escalera con la bandeja, tropezó y todo el servicio se esparció por el suelo. El ataque de ira de la señora fue desmesurado; arremetió contra ella con un ímpetu descontrolado y, de un fuerte empujón, la hizo rodar hasta abajo, causándole la muerte.

La invitada, testigo directo del horror, gritó entonces unas palabras que lo aclararon todo: «¡No la maltrates, es tu madre!». En ese instante, los espectadores comprendimos que aquel odio era el producto de una sospecha que la protagonista había arrastrado toda su vida. Vivía atormentada por el temor de compartir sus genes con la sirvienta, a pesar de ser ella —casi de forma enfermiza— extremadamente blanca.

Embajadores en el Infierno:

Trataba sobre las vicisitudes de la División Azul en un penal de Rusia durante la Segunda Guerra Mundial. La vimos hasta tres veces. Francisquito incluso tenía el libro del capitán Teodoro Palacios Cueto que relataba aquel cautiverio y el regreso a España en el barco Semíramis.

Santiago Ramón y Cajal:

Un recorrido por la vida de nuestro Nobel de Medicina: su servicio militar en Cuba durante la guerra de los diez años, sus investigaciones y sus logros. Años más tarde, en 1982, recordaríamos esta historia con la serie de TVE protagonizada por Adolfo Marsillach.

José María el Tempranillo: 

Más allá de la simple aventura, lo que nos fascinaba en aquellas proyecciones era la épica que rodeaba a José María el Tempranillo. Él no era un simple fuera de la ley; era un personaje legendario1 que definía toda una época de nuestra historia andaluza. En un tiempo de desigualdades, el bandolero encarnaba la rebeldía y un código de honor que todos respetábamos en silencio desde nuestras sillas de tijera.

Recuerdo especialmente la tensión que se mascaba en el patio al ver la imagen del templo rodeado por los Migueletes. Aquellos soldados esperaban fuera como lobos, con las bayonetas caladas, pero sin atreverse a cruzar el umbral porque por entonces se respetaba a rajatabla el derecho de asilo eclesiástico: la iglesia era un lugar "sagrado" y seguro para todo aquel que se refugiara en ella.

En medio de ese silencio sepulcral de la pantalla, surgía de pronto la voz en off de una mujer, enamorada y temerosa, que lanzaba su aviso desesperado a modo de copla:

«No salgas, José María, que estás prendío...»

Era un lamento cargado de miedo y ternura, el aviso de una mujer que sabía que el destino de su hombre pendía de un hilo. Aquella música se nos grabó de tal forma que se nos pegó a modo de soniquete. En los días siguientes, era raro el momento en que no nos acordábamos —a mis amigos y a mí— cantándolo o tarareándolo. Aquel aviso dramático de la enamorada terminó por convertirse en nuestra banda sonora, bueno, hablo por mí y otros que la recordaban.

 El toque alegre:

El Milagro del Sonido: Manolo Escobar y la "Física" de la Alegría

En los descansos, el operador operaba un milagro: cambiaba el drama por la alegría pura. Conectaba el tocadiscos y el vinilo del "Porompompero" irrumpía en el patio. El ambiente se volvía increíble; la mayoría coreábamos el estribillo con un orgullo que nos salía por los poros. Era el contrapunto perfecto a las penas que acabábamos de ver en pantalla.

Pero aquel sonido tenía algo especial que lo diferenciaba de lo que escuchábamos a diario. Hoy, con el paso de los años, entiendo que había dos diferencias que no eran baladí:

Mientras que en las radios de nuestras casas la canción se oía a todas horas, el audio era caprichoso. A medida que avanzaba el día y la atmósfera se enfriaba, se producía un desvanecimiento de las ondas. La música era como las olas: venían y se iban lentamente, y en ese vacío resaltaba el ruido electrónico de las válvulas. Como canta Joan Manuel Serrat en Mediterráneo: “Y te vienes y te vas después de besar mi aldea, jugando con la marea...”. Serrat se valía de la física para su lírica, y nosotros vivíamos esa marea sonora en cada radio, transistor.

Sin embargo, en el cine todo era distinto. Allí no había mareas ni desvanecimientos. La señal que recibía el amplificador era pura, directa de la aguja recorriendo los surcos del disco. Aquello, sumado a la potencia del altavoz, nos entregaba una música limpia, sin ruidos ni interferencias. Era un sonido firme que nos contagiaba, nos enardecía y nos emocionaba. En aquel patio, Manolo Escobar no venía y se iba; se quedaba allí con nosotros, llenándolo todo.

[1]: Sobre el carácter legendario de estas figuras, recuerdo perfectamente la definición que estudiamos en el curso 63/64 en la escuela de Casa Jopillo, en la asignatura de Literatura: “La leyenda es el relato de un hecho real que la fantasía popular ha deformado novelándola”. Cuánto daría por conservar aquel magnífico texto de cuarto de bachiller; si alguno de mis compañeros de entonces aún lo conserva, podrá confirmar la exactitud de estas palabras que han quedado grabadas en mi memoria.

Luis Gil Amores

 21 02 2026 

Zaragoza - 212:26

jueves, 23 de octubre de 2025

El cine de la calle Alta y el hijo del Guardia

 

El Hijo del Guardia

Hará unos tres años, hablando con Alfonsillo, me preguntó si conocía al hijo de un guardia destinado en Luque. Le respondí que sí, aquel muchacho debía ser un año más joven que Alfonso y yo. Para entender mi deducción sobre su edad, creo que lo mejor es empezar por el final: la última vez que lo vi.

 El domingo 7 de abril de 1968, antes o después de la misa en la iglesia de Santa Rita, el patio de la entrada estaba repleto de gente, todos muy contentos. La noche anterior, Massiel había ganado Eurovisión con el famoso “La, la, la”. Aún estábamos admirados por su interpretación, el sonido de aquella guitarra profunda, aquella voz tan bonita, la votación... todo fue perfecto.

 Fue allí, entre el público, donde lo vi. Estaba vestido con el uniforme del colegio de la Guardia Civil de Valdemoro. Llevaba un abrigo largo abrochado por una hilera vertical de botones dorados y una gorra de plato con el emblema “GJ-” (Guardia Joven).

 Solían pasar temporadas largas sin que lo viéramos. De ahí me expliqué los vacíos de su presencia en el pueblo; era como el río Guadiana, aparecía y desaparecía de nuestra vista. Quizás, cuando su padre fue destinado a Luque, él ya había ingresado en Valdemoro (se podía entrar a partir de los 15 años) y solo volvía por vacaciones, lo que explicaba su poca visibilidad.

 El Cine de Verano

El cine de verano fue el que me permitió conocerlo un poco. Los dos éramos algo reservados, de ahí las pocas palabras, pero vi que era un gran currante. Colaboraba en las tareas de aquel cine a cielo abierto llevando a cabo varios cometidos: cerca del atardecer regaba la ardiente superficie del suelo, que al recibir el agua, olía muy bien a tierra mojada, desplegaba y ordenaba todas las sillas de tijeras, y a la finalización de la película, debían dejar todo en orden.

 Tuve acceso a las interioridades de aquel cine de temporada una tarde mientras me dirigía a casa de Francisquito. Subí la calle Marbella y, al llegar a la altura de la panadería del padre de Enrique, vi que aquel muchacho pasaba por la puerta de Laureano el del vino. Llevaba una bolsa de tejido muy fuerte, similar a las sacas de correos. Nos encontramos y me invitó a acompañarlo, no lo dudé: entramos en el recinto y nos dirigimos a la caseta de máquina.

Allí esperaba el operador que, raudo, extrajo tres estuches de metal redondos: tres rollos de celuloide con la película que se iba a proyectar por la noche. Hizo una inspección rápida, puso un carrete vacío a su derecha y enganchó el extremo de la cinta del primero de los tres. Con la película venía una nota con las posibles 'pegas' —digo yo—: besos en la boca, roturas y empalmes en la cinta, y otras cosas que la lógica me dicta. En la caseta también había una caja de cartón con una especie de lápices que, en uno se sus extremos  terminaba en una capucha color latón, metálica.

Yo veía todos esos detalles, pero no sacaba más conclusiones que la de un simple observador que, como niño, tampoco iba más allá. Me gustaba saber cosas de los cines: las películas y por qué funcionaban aquellas voluminosas máquinas que se calentaban como un horno. Me interesaba saber lo de los carbones; no concebía que aquello necesitase un producto, carbón, que lo hacían en el corralón de la calle Marbella. ¡Tan simple y primitivo no podía ser!

Continuación al texto que antecede

Francisquito

Algunas veces iba a su casa. Tenía una escopeta de perdigones (o de aire comprimido) y nos gustaba practicar tiro al blanco. Poníamos un palillo de dientes sujeto con una pinza de la ropa. Era difícil darle a aquella figura de madera en forma de rombo estrecho y largo; lo más fácil era romper la pinza.

El cine de verano estaba al lado de la casa de los abuelos de mi amigo, por eso acudíamos con frecuencia a ver las películas.

Las Sillas de Tijera

En un espacio abierto a las inclemencias del tiempo, todo lo que quedara expuesto debía ser guardado. ¿Dónde? En los bajos de la caseta de la máquina de cine (eso me parecía a mí).

La ventaja sobre las sillas de anea era que necesitaban menos espacio para ser almacenadas. Seis o siete, plegadas, ocupaban lo que dos de anea. Estas sí valían para el cine Carrera, pues al ser un recinto cerrado estaban protegidas.

Los Carbones

Eran aquella especie de lápices que había en la caja de cartón de la cabina.

Cuando comencé a conocer Madrid, en 1968, un compañero y amigo me llevó a “La Cuesta de Moyano”, cerca de mi cuartel, en la zona de Atocha.

En aquel lugar no hay viviendas. Sus aceras están limitadas por sendas verjas que dan al Ministerio de Agricultura  y a otra institución. Es en esta última donde, en la acera, se asienta una línea de casetas de color gris, con unas plataformas de madera llenas de libros antiguos y usados colocadas sobre la acera. Los libros nuevos los tenían expuestos dentro, fuera del alcance de manos dudosas.

Allí, los amantes de la lectura se bebían los libros usados. En un rato podían leer un libro y ya habían sacado provecho de su visita. Bueno, de todo había.

En esa cuesta supe que existía un escritor llamado Camilo José Cela. Venía en un libro con pocas hojas y mucho contenido, de letra pequeñísima: “La familia de Pascual Duarte”. También su “Diccionario secreto”, donde aprendí cosas muy bonitas; era un cachondo puro y duro.

En la última caseta, frente al Retiro, vi una especie de Enciclopedia Álvarez, tan útil para las escuelas de primaria. Sus pastas eran duras y el dibujo de su portada tenía un fondo de líneas azules entrecruzadas. No era esa enciclopedia, se trataba de la “Enciclopedia del Cine”. Me lancé a por ella. Fue un milagro, la compré y, después de muchos años yendo de un sitio a otro, la perdí junto a otros buenos libros. Es parte del precio que pagamos los que llegamos a vivir en muchos lugares.

La portada contenía, además del título, una fotografía con dos máquinas de cine puestas en paralelo.

¿Por qué? La respuesta la fui captando a medida que iba a los cines y ponían las películas no muy largas de un tirón (es decir, que no había descansos). Mientras una máquina proyectaba, la compañera estaba precargada con el segundo rollo, y así se alternaban. En las películas de mucho metraje sí había un descanso, más que nada para el descanso del público.

Después de esta infinita introducción, voy a hablar sobre los carbones:

Para proyectar una película, para llevar la imagen a la pantalla, hace falta una luz blanca muy intensa. Utilizaban dos barras de grafito que, conectadas a sus respectivos electrodos, se enfrentaban para producir un arco voltaico que da luz blanca. Aquello se calienta muchísimo, de ahí lo voluminosas que eran las partes de atrás de las máquinas. Algunas llevaban salida de chimenea. El grafito se ponía atrás, alejado de la lente que tenía que canalizar aquel inmenso flujo de luz y llevar las imágenes hasta la pantalla. No había otra alternativa. Del cine actual no tengo ni idea, solo sé que los sistemas desde hace muchos años están cargados de efectos especiales: vibraciones, muchos altavoces, etc., todo sincronizado por, seguro, un ordenador supervisado por algún humano.

Respecto a los carbones, que tanta confusión me generaban, esto me lleva a lo siguiente:

A principios de los sesenta las cocinas solían ser de carbón o leña. Luego comenzaron a hablar del gas butano, un cambio que no generaba muchos entusiasmos. Era un tema polémico (o no pacífico), y la inquietud crecía a medida que aumentaban los prejuicios: "es como poner una bomba a metro y medio de la olla", "eso no se puede controlar", etc.

Pues llegó el butano. Recuerdo la primera vez que lo vi encendido; era fantástico. Puesto al mínimo, parecía una gran margarita azulada de muchos brotes de mecheros (cada orificio era un mechero alimentado por la misma fuente). Cuando se aumentaba la entrada de gas, aquello era mucho mejor, se graduaba la potencia. En un periquete mi madre hervía tres veces la leche de las cabras de Chelines para evitar las fiebres de Malta (según la costumbre).

El servicio de leche era de la cabra al consumidos, Chelines llevaba un jarrito metálico y ordeñaba las cabras. Entre todas destacaba un macho, era corpulento y llevaba una cuerda de tomiza que sujetaba un capacho de esparto por su vientre; así evitaba que el animal sacara su bolígrafo y se pusiera a escribir cartas.


domingo, 5 de octubre de 2025

 

            Francés, latín y mi amigo Rafalín


Cuando me senté frente a la pizarra en el banco del pupitre, a mi izquierda junto al muro medianero se encontraba de pie y de perfil mi compañero Rafalín Navas, le pasaba algo raro, estaba colorado como un tomate, las piernas ancladas sobre las losas del suelo1 y, de cintura para arriba tenía un tembleque que parecía una lavadora en proceso de centrifugación.

Se estaba descuajaringando debido a un ataque de risa que no podía controlar, aunque no emitía sonido alguno hacía esfuerzos titánicos para, además de taparse la boca y nariz, intentaba llegar con el dedo pulgar a la oreja para evitar que el ruido pudiera salir por allí. No tenía en cuenta que por el tercer ojo podía descomprimirse en un segundo como un globo inflado.

Me preguntaba ¿Qué habrá maquinado que lo tiene entre la espada y la pared? ¿Por qué ese ataque de risa incontrolada? ¿Y esos esfuerzos enormes para no irrumpir con un ataque descontrolado de risa?

       Me miro y rodeando los dos pupitres dobles se sentó a mi derecha

       ¿Qué te ocurre?, pregunté

       “He pensado que voy a poner una “n” entre la “g” y la “i” para que en lugar de “Cogito” quede en “Cognito”, y le voy a decir a Vicenta que lo lea en francés”, lo que vendría a ser, en nuestro idioma” “coÑito”.

 Ahí estaba la respuesta a mis preguntas, el curso pasado estudiamos francés y aprovechando la “Ñ” francesa, quiso hacer un injerto con “Cogito” añadiendo una “n” a la “g”. Tuvo unos reflejos como el café Nestlé, instantáneo.

       Me puse tanto o más colorado que él, sentí pánico, un calor inundó mis mejillas, y respondí algo como: ¡No hagas eso, por favor, no seas loco! Se levantó y, resuelto, dijo que se lo iba a decir, aquello me acongojó más, pero él se dirigió hacia Vicenta y “no parose, fuese y no hubo nada”

       Lo bueno es que Vicenta no se enteró, quizás fuera la tercera en ruborizarse.

       Éramos muy cortos, más que un tanga. Muy formales, tanto como que parecía que nos hubieran almidonado como a los cuellos de aquellas arrugadas camisas blancas, la rigidez nos dominaba, pero era lo que había, lo estricto se convierte en costumbre y no piensas otras posibilidades.

       Sin embargo, sin saberlo, éramos “tan natural como el agua que llega corriendo alegre desde el manantial”, de la canción “Soledad” de nuestro paisano Emilio José. La naturalidad estaba tapada por una fina capa de adolescencia y, la verdad, no nos acuciaba lo de ser más atrevido.

El ingenio de Rafalín  

       Era un romántico pese a la ocurrencia que había tenido, por ejemplo, cuando decían algo de alguna fea, mi amigo respondía:

 “La suerte de las feas las bonitas las desean”.

       En las tardes pardas y frías que amenazaban lluvias, de su boca salían palabras tan bonitas como: “No hay sábado sin sol ni mocita sin amor”.

       Siempre era un pronóstico feliz para la afligida, haciendo que no se desesperaran y mantuvieran una actitud de ilusión, se sintieran bien, y todo lo que sigue2

       La cogorza

       Con Rafalín pille la primera cogorza (o “pea”, como solía decirse por entonces), fue un 6 de septiembre de 1961, estábamos en la escuela de la calle el PraO, frente al albardonero, donde se trasladó el Maestro desde la calle Algarrobo.

Cualquiera se puede preguntar ¿Cómo sabe la fecha?

 Muy fácil, el curso comenzaba a finales de mes o primeros de octubre. La primera vez que pisamos aquella casa fue el 6de septiembre, ¿Para qué? El Maestro nos convocó:

-      A primeros de cada inicio de curso y con tiempo suficiente había que hacer el pedido de los libros.

-      Agosto era un mes inhábil, en julio, o antes, las editoriales dejaban la faena hecha, pendiente de su distribución a los centros de enseñanza y llevaba un tiempo la recepción y entrega de los textos. Esa fue la razón, no había “Amazon”.

-      Lo que más me gustaba de los libros nuevos era separar las páginas que venían pegadas de la imprenta y el olor de las tintas que fluían de sus pastas; al igual que el olor de la gasolina o el humo del tabaco rubio. Tienen en común que ninguno es sano, pero, por lo menos no disgustan, o gustan.

 

-      Era la onomástica de Rafalín, me invitó a celebrarlo junto con dos más, creo. Fuimos a la calle Velasar, casi arriba, y comimos y bebimos mucho para nuestros cuerpecillos serranos ¡Qué mañana más completa la de aquel día memorable! Qué ganas de vomitar, qué malito me puse.

Voy a completar el plantel de personas que nos acompañaba en la clase de latín:

-      Profesor: Joaquín Ontiveros, con sus gafas y sus conocimientos.

-      De lo primero que nos dijo para animarnos fue la siguiente “sentencia”: “El latín es la lengua madre y el tostón padre”, y era verdad

o   La clase era de media hora, los martes de 14:30 a 15:00. Para ello el Maestro nos tomaba la lección antes que a los de otros cursos con el propósito de regresar pronto para continuar con la sesión de tarde.

o   El horario de la escuela era de 07,30 hasta la tarde bien tarde, se hacía de noche

o   En comparación con los demás centros, a las 9 de la mañana llevábamos casi 2 horas de ventaja. Todos los días se daban las 6 asignaturas más importantes.

o   Teníamos dos pausas para desayuno y comida

o   Otros alumnos de curso eran: Adelita, Vicenta, Francisquito, Alfonsillo, José Mari, Toleo, Rafa, los mellizos Aledo, etc., Toleo era el más serio y se dedicaba a estudiar, debía sacar muy buenas notas por su esfuerzo y constancia.

o   Los demás, también, no existen lectores de horas que valorara el esfuerzo de cada uno. En lo que me toca no estudiaba mucho, prueba de ello fue que, entre mis compañeros todos aprobaron y el grupo se disolvió como un azucarillo, cada uno siguió su marcha según sus posibilidades. En cuanto a mí, amarrado a un duro banco de una galera turquesca, seguí con el Maestro en la calle La Fuente. Había aprobado sus oposiciones y lo hicieron fijo en el pueblo para dar clase a los “Analfabetos”, así se decía, no implicaba nada peyorativo decir pan al pan, nadie se ofendía, muchos no tenían tiempo por el día y se apuntaban por la noche.

o   Una maldita madrugada, allá por noviembre o poco más tarde de 1964, nos dejó huérfanos: El Rubio, Pedro Caballero, Marcelino… pasamos a la Academia de la Aurora.

o   No pensaba alargar tanto este escrito, pero algo me ha llevado a salir de lo inicialmente propuesto, y he querido recordar a un gran hombre que luchó y venció en multitud de circunstancias adversas que tuvo día a día. La vida no era fácil para nadie, pero la del Maestro tenía un plus más en las dificultades.

o   La última vez que visité su tumba fue un 20 de octubre de 2013, Conchi Urbano Morales, su hermano José Mari y el que suscribe, paramos en el cementerio y, en silencio, le hicimos un homenaje: recordarlo y agradecerle el titánico esfuerzo que tuvo que hacer en el mundo de los vivos, por su tarea de enseñarnos para poder salir adelante en la vida.

o   Llegamos a Luque, hablamos de tomar un café antes de subir a la calle Algarrobo, pero Conchi dijo: vamos para arriba, y todos la seguimos.

o   Cuando me enfrenté a la cuesta de la calle Fernando, me pareció increíble la pendiente de aquel primer repecho. Una barra y unos escalones nos sirvió para poder subir la primera rampa, por lo menos era más fácil. Recuerdo al Pulío padre, que, en 1961, cuando subíamos para la escuela, el hombre bajaba para ir a la plaza de abastos, creo que tenía una pescadería.

o   Y así pasaron los años, recordando lo mejor de la vida y esperando ¿qué?

Zaragoza, 5 de octubre de 2025

Luis Gil Amores 20:24

Las fiestas del Pilar comenzaron ayer, 4.

Siempre echo de menos a mi amigo Antonio Martos Briones y a Encarna, por los buenos momentos que pasamos en Semana Santa y Pilares

Todo se acaba


Notas: 

1 . El enlosado de la casa era como un tablero de ajedrez: blancas y negras. En cambio, el de la terraza eran losetas rectangulares de color teja con un pequeño dibujo en su centro. El albañil que hizo aquel trabajo dejó una obra de arte: todas perfectamente alineadas y pegadas al suelo que cubrían. No es baladí lo que digo, en estos tiempos modernos y con máquinas mejores, las losas de las aceras se levantan tanto que suponen un riesgo. Por la ribera del Ebro pasa otro tanto, así que los tropezones están a la orden del día.

    Algunas veces el Maestro nos llevaba a la terraza y hacíamos unas flexiones para estar preparado por el examen de gimnasia, de manera que el suelo y nuestros ojos estaban a un dedo de distancia.

2 . En la Cartilla del Guardia Civil, uno de sus artículos comenzaba de igual manera: "Será  un pronóstico feliz para el afligido..."


















francés, latín

martes, 30 de septiembre de 2025



 

En la plaza de la Aurora: La cucaracha

 Era una noche de verano. En los escalones de la Aurora estábamos sentados al tresbolillo, en el primer y segundo escalón. Mi posición era junto al muro que separaba del bar Ramírez.

 Que recuerde: Antoñín Arjona, Alfonsillo y el que suscribe.

 Entre algo de charla y de ver al público pasar por delante, estábamos a gusto, pero en uno de mis movimientos vi que, en la vertical del primer y segundo escalón, un par de antenas oteaban el horizonte. Pensé, alarmado, que detrás de aquello debía seguir la dueña. Efectivamente, una hermosa cucaracha se había juntado a nuestra tranquila reunión. Yo no podía seguir en mi asiento. La repulsión que suscitaban en mí esa especie de bichos me hizo levantarme, sobre todo cuando Alfonsillo, con su vista de águila, había observado lo mismo. Se levantó y, con la sonrisa socarrona que le adornaba, nos cruzamos: yo huyendo y él en busca del insecto.

 Se agachó y lo guardó en su mano derecha. La cogió como si fuera una ciruela negra, así que puse unos pasos de distancia al ver que su intención era adjudicármela. Mi cintura se topó con la pared de la fuente. Temí que me la lanzara, pero no. Se giró a la izquierda viendo que, sobre el segundo escalón, había un adolescente más joven que nosotros. Llevaba puesto un niqui rojo. Alfonso le cogió el borde de aquella prenda y, por el cuello, separó el tejido y dejó caer a aquella repulsiva cuca. Aunque escriba mucho, la verdad es que todo aquello llevó unos segundos, todo en silencio y sin alertar de nada.

 Aquel chaval se volvió loco desde el momento en que sintió que tenía una prisionera entre su piel y el tejido que la cubría. La cuca buscaba una salida rápida; sus movimientos aumentaban la agonía del "portador", que desesperado buscaba saber qué demonios era aquello, aunque lo intuyera.

 Se quitó, o se levantó, el niqui y liberó a la "trotaespaldas".

 De las aversiones vienen las exageraciones. Influido por aquello, cuando el muchacho le dio un pisotón con una fuerza casi infinita, vi que aquella pisada hizo que su pierna se clavara hasta las rodillas en el hormigón de la Carrera.

Luis Gil Amores
corregido y publicado hoy, 27 de octubre de 2025 alas 21:34