El Socatillo
o Antonio lo conocí en el Llano. Era un chaval de mi edad, somos quintos (12 años por aquel entonces), rubio, de ojos azules y con cara de inquieto en el buen sentido; o sea, que caía muy bien a todo el mundo. Tenía un carácter abierto, era divertido y me reía mucho con él.
Creo que fue durante nuestra primera conversación cuando oí el nombre de su madre: Carolina. Aquello me llenó de alegría y me llevó al recuerdo de cuando tenía unos seis años e iba a la escuela en Priego de Córdoba. Recordé un mapamundi en el que pude ver la zona de Norteamérica: «Kanada» (escrito con K) y EE. UU. La primera se debía a una canción de José Guardiola muy oída por la radio («Yo tenía una casita pequeñita en Canadá...»). La de los Estados Unidos me encandiló cuando leí el nombre de dos estados: Carolina del Norte y Carolina del Sur. Carolina sonaba muy bonito, muy eufónico. Además, aquel nombre resonaba también muy cerca, en las Nuevas Poblaciones que fundó el rey Carlos III en Sierra Morena, como La Carolina en Jaén o La Carlota en Córdoba. Me quedé prendado de encontrarme con que la madre de un amigo se llamara Carolina¹.
En el Paseo, en la tercera salida lateral a la izquierda, solíamos ponernos a veces a jugar al Carro o al Tres en Raya (los dos nombres eran válidos). Sobre el banco de piedra solía haber pintada esa figura rectangular que nos ayudaba a pasar un rato distraídos. Allí, entre jugada y jugada, a Antonio le daba por recitar con toda la guasa y picardía del mundo esas coplillas de aire caliente que tanto nos hacían reír:
«Yo tengo un gato muy chiquitito
con sus orejas y su rabito;
si alguna niña lo quiere ver,
que pase por mi puerta y se lo enseñaré...»
Y remataba la gracia con las estrofas de doble sentido que le seguían, sacándonos más de una carcajada mientras echábamos la tarde.
A principios de verano, los gorriones salían del nido por primera vez. Interrumpíamos el juego y mirábamos al árbol bajo el que nos cobijábamos; entonces hacíamos un reconocimiento visual para tratar de localizar al autor de los píos. Me daban lástima: algún gorrión nuevo nos miraba y, acongojado, huía a otro lugar.
Como el Llano es un lugar privilegiado para el vuelo de las golondrinas, comparaba el torpe y ruidoso vuelo de los gorriones con el silencioso de aquellas leves avecillas que anidaban bajo las cornisas de las casas del Paredón. Apenas se las veía posadas en la tierra; solo bajaban a ras de suelo en maniobras relámpago cuando necesitaban recoger bolitas de barro húmedo para construir sus nidos, pues sus cortas patitas las hacían vulnerables abajo. Pero en cuanto remontaban el vuelo, surcaban los cielos con apenas una leve inclinación de sus alas para cambiar de dirección, o aprovechaban las corrientes de aire para ascender majestuosamente. Era como comparar el palilleo de un motor Perkins con el silencio de un Tesla. Obviamente, esa comparación de decibelios no es de entonces; faltaban muchos años para que los coches eléctricos e híbridos estuvieran de moda. En aquella época, los taxis de Agustín de la Fonda y Rafael calentaban motores en el Llano, por la puerta del bar de Felipe/Telesforo, y la combustión de gasoil es ruidosa... Allí esperaban a los viajeros para emprender el camino de Córdoba.
Volviendo a mi amigo Antonio, el rey del Tajo, no puedo olvidar las subidas a aquella inmensa mole de roca. Solíamos sentarnos en una piedra plana que era conocida como «La butaca». Por allí pasaba corriendo alguna lagartija, usando su larga cola cónica a modo de timón y contrapeso para hacer giros imposibles en las aristas de las piedras. Alguna vez, alguno de nosotros le daba un manotazo despojando al reptil de su cola; la lagartija seguía recta e ilesa, cayendo por las piedras de abajo para ponerse a salvo, mientras el rabo continuaba contorsionándose en el suelo hasta consumir la energía que guardaba, hasta quedar completamente inmóvil.
A los dos años de aquella buena amistad, dejé de verlo. Pregunté por él y me dijeron que se había marchado a Pozuelo de Alarcón. Aquello me dejó bastante triste. Pasaron los años sin noticias suyas, pero con el tiempo Zaragoza se convirtió en nuestro punto de reencuentro. Al final, aprovechando sus visitas en Semana Santa y las fiestas del Pilar, hemos vuelto a vernos y a tomarnos unos vinos juntos mientras recordamos aquellas correrías.
Notas
¹ Cuando vivía en Priego de Córdoba asistía a dos escuelas: la primera, pública, era principalmente para desayunar (leche en polvo y queso americano). Por la tarde iba acompañado por mis hermanas Maruja y Rosi; la escuela era de un matrimonio de maestros, Doña Victoria y Don Joaquín. Esta parte es muy larga,El Socatillo
A mi amigo Antonio lo conocí en el Llano. Era un chaval de mi edad, somos quintos (12 años por aquel entonces), rubio, de ojos azules y con cara de inquieto en el buen sentido; o sea, que caía muy bien a todo el mundo. Tenía un carácter abierto, era divertido y me reía mucho con él.
Creo que fue durante nuestra primera conversación cuando oí el nombre de su madre: Carolina. Aquello me llenó de alegría y me llevó al recuerdo de cuando tenía unos seis años e iba a la escuela en Priego de Córdoba. Recordé un mapamundi en el que pude ver la zona de Norteamérica: «Kanada» (escrito con K) y EE. UU. La primera se debía a una canción de José Guardiola muy oída por la radio («Yo tenía una casita pequeñita en Canadá...»). La de los Estados Unidos me encandiló cuando leí el nombre de dos estados: Carolina del Norte y Carolina del Sur. Carolina sonaba muy bonito, muy eufónico. Además, aquel nombre resonaba también muy cerca, en las Nuevas Poblaciones que fundó el rey Carlos III en Sierra Morena, como La Carolina en Jaén o La Carlota en Córdoba. Me quedé prendado de encontrarme con que la madre de un amigo se llamara Carolina¹.En el Paseo, en la tercera salida lateral a la izquierda, solíamos ponernos a veces a jugar al Carro o al Tres en Raya (los dos nombres eran válidos). Sobre el banco de piedra solía haber pintada esa figura rectangular que nos ayudaba a pasar un rato distraídos. Allí, entre jugada y jugada, a Antonio le daba por recitar con toda la guasa y picardía del mundo esas coplillas de aire caliente que tanto nos hacían reír:
«Yo tengo un gato muy chiquitito
con sus orejas y su rabito;
si alguna niña lo quiere ver,
que pase por mi puerta y se lo enseñaré...»
Y remataba la gracia con las estrofas de doble sentido que le seguían, sacándonos más de una carcajada mientras echábamos la tarde.
A principios de verano, los gorriones salían del nido por primera vez. Interrumpíamos el juego y mirábamos al árbol bajo el que nos cobijábamos; entonces hacíamos un reconocimiento visual para tratar de localizar al autor de los píos. Me daban lástima: algún gorrión nuevo nos miraba y, acongojado, huía a otro lugar.
Como el Llano es un lugar privilegiado para el vuelo de las golondrinas, comparaba el torpe y ruidoso vuelo de los gorriones con el silencioso de aquellas leves avecillas que anidaban bajo las cornisas de las casas del Paredón. Apenas se las veía posadas en la tierra; solo bajaban a ras de suelo en maniobras relámpago cuando necesitaban recoger bolitas de barro húmedo para construir sus nidos, pues sus cortas patitas las hacían vulnerables abajo. Pero en cuanto remontaban el vuelo, surcaban los cielos con apenas una leve inclinación de sus alas para cambiar de dirección, o aprovechaban las corrientes de aire para ascender majestuosamente. Era como comparar el palilleo de un motor Perkins con el silencio de un Tesla. Obviamente, esa comparación de decibelios no es de entonces; faltaban muchos años para que los coches eléctricos e híbridos estuvieran de moda. En aquella época, los taxis de Agustín de la Fonda y Rafael calentaban motores en el Llano, por la puerta del bar de Felipe/Telesforo, y la combustión de gasoil es ruidosa... Allí esperaban a los viajeros para emprender el camino de Córdoba.
Volviendo a mi amigo Antonio, el rey del Tajo, no puedo olvidar las subidas a aquella inmensa mole de roca. Solíamos sentarnos en una piedra plana que era conocida como «La butaca». Por allí pasaba corriendo alguna lagartija, usando su larga cola cónica a modo de timón y contrapeso para hacer giros imposibles en las aristas de las piedras. Alguna vez, alguno de nosotros le daba un manotazo despojando al reptil de su cola; la lagartija seguía recta e ilesa, cayendo por las piedras de abajo para ponerse a salvo, mientras el rabo continuaba contorsionándose en el suelo hasta consumir la energía que guardaba, hasta quedar completamente inmóvil.
A los dos años de aquella buena amistad, dejé de verlo. Pregunté por él y me dijeron que se había marchado a Pozuelo de Alarcón. Aquello me dejó bastante triste. Pasaron los años sin noticias suyas, pero con el tiempo Zaragoza se convirtió en nuestro punto de reencuentro. Al final, aprovechando sus visitas en Semana Santa y las fiestas del Pilar, hemos vuelto a vernos y a tomarnos unos vinos juntos mientras recordamos aquellas correrías.
La Carolina
Nunca pensé en la existencia de un pueblo español con ese nombre, sin embargo lo oía todos los días en la radio, era una canción que se puso de moda. El título es "Viva Jaén", lo cantaban Luisa Linares y a las guitarras estaban dos hermanos, los Galindos. Formaba un buen trío (para cantar) Luisa era la vocalista.
En la letra de esa canción hay una estrofa donde canta: " Úbeda, Martos, Baeza/Linares la Carolina/del Centenillo las Minas/que es donde Castilla empieza/y Andalucía termina". Pero como la Carolina parecía escondido o camuflado en esa enumeración, me pasaba desapercibido. Esto es algo que no tiene importancia, pero cuando descubrí su presencia, me alegré.
Hablando de Jaén, queriendo se me ponen ante mi vista las siguientes personas queridas: Capilla, Antonio padre, Conchi, Antonio hijo y Pedrín Ortega Escribano. Tantas veces fui a su casa del Paredón con Pedro, hablé con su madre y con Conchi.
Antonio falleció joven. De Pedrín y Conchi no sé nada.
Mezclo algunas cosas, porque el espray 3 en 1 funciona y quería recordarlos aún tratando de mi amigo el Socatillo.
¹ Cuando vivía en Priego de Córdoba asistía a dos escuelas: la primera, pública, era principalmente para desayunar (leche en polvo y queso americano). Por la tarde iba acompañado por mis hermanas Maruja y Rosi a una escuela privada que había por la parte del centro de Priego, doña Victoria y don Joaquín tenían dos clases: para niñas y niños. Allí estaba el Mapa que tanto me gustó. La vida en Priego me llevaría mucho escribirla, así que lo omito.
La vida es un curso de formación personal continuo. Cada segundo es una lección. En la escuela se comienza a escribir cosas como "Mi mamá me ama, amo a mi mamá", y se termina con la afición de un junta letras como es el mío.
Mi amigo Socatillo se llama Antonio Martos Briones, el hijo de Carolina
A ver si encuentro una fotografía en la que aparezcamos los dos en Zaragoza. Hay una que estamos los dos en la caseta de feria de la "Casa de Andalucía" tomando medicina de la Ribera del Duero o Cariñena.
Termino con un enlace a Youtube donde aparece una especie de rondalla cantando los del gato que, al final, vomitó