jueves, 23 de octubre de 2025

El cine de la calle Alta y el hijo del Guardia

 

El Hijo del Guardia

Hará unos tres años, hablando con Alfonsillo, me preguntó si conocía al hijo de un guardia destinado en Luque. Le respondí que sí, aquel muchacho debía ser un año más joven que Alfonso y yo. Para entender mi deducción sobre su edad, creo que lo mejor es empezar por el final: la última vez que lo vi.

 El domingo 7 de abril de 1968, antes o después de la misa en la iglesia de Santa Rita, el patio de la entrada estaba repleto de gente, todos muy contentos. La noche anterior, Massiel había ganado Eurovisión con el famoso “La, la, la”. Aún estábamos admirados por su interpretación, el sonido de aquella guitarra profunda, aquella voz tan bonita, la votación... todo fue perfecto.

 Fue allí, entre el público, donde lo vi. Estaba vestido con el uniforme del colegio de la Guardia Civil de Valdemoro. Llevaba un abrigo largo abrochado por una hilera vertical de botones dorados y una gorra de plato con el emblema “GJ-” (Guardia Joven).

 Solían pasar temporadas largas sin que lo viéramos. De ahí me expliqué los vacíos de su presencia en el pueblo; era como el río Guadiana, aparecía y desaparecía de nuestra vista. Quizás, cuando su padre fue destinado a Luque, él ya había ingresado en Valdemoro (se podía entrar a partir de los 15 años) y solo volvía por vacaciones, lo que explicaba su poca visibilidad.

 El Cine de Verano

El cine de verano fue el que me permitió conocerlo un poco. Los dos éramos algo reservados, de ahí las pocas palabras, pero vi que era un gran currante. Colaboraba en las tareas de aquel cine a cielo abierto llevando a cabo varios cometidos: cerca del atardecer regaba la ardiente superficie del suelo, que al recibir el agua, olía muy bien a tierra mojada, desplegaba y ordenaba todas las sillas de tijeras, y a la finalización de la película, debían dejar todo en orden.

 Tuve acceso a las interioridades de aquel cine de temporada una tarde mientras me dirigía a casa de Francisquito. Subí la calle Marbella y, al llegar a la altura de la panadería del padre de Enrique, vi que aquel muchacho pasaba por la puerta de Laureano el del vino. Llevaba una bolsa de tejido muy fuerte, similar a las sacas de correos. Nos encontramos y me invitó a acompañarlo, no lo dudé: entramos en el recinto y nos dirigimos a la caseta de máquina.

Allí esperaba el operador que, raudo, extrajo tres estuches de metal redondos: tres rollos de celuloide con la película que se iba a proyectar por la noche. Hizo una inspección rápida, puso un carrete vacío a su derecha y enganchó el extremo de la cinta del primero de los tres. Con la película venía una nota con las posibles 'pegas' —digo yo—: besos en la boca, roturas y empalmes en la cinta, y otras cosas que la lógica me dicta. En la caseta también había una caja de cartón con una especie de lápices que, en uno se sus extremos  terminaba en una capucha color latón, metálica.

Yo veía todos esos detalles, pero no sacaba más conclusiones que la de un simple observador que, como niño, tampoco iba más allá. Me gustaba saber cosas de los cines: las películas y por qué funcionaban aquellas voluminosas máquinas que se calentaban como un horno. Me interesaba saber lo de los carbones; no concebía que aquello necesitase un producto, carbón, que lo hacían en el corralón de la calle Marbella. ¡Tan simple y primitivo no podía ser!

Continuación al texto que antecede

Francisquito

Algunas veces iba a su casa. Tenía una escopeta de perdigones (o de aire comprimido) y nos gustaba practicar tiro al blanco. Poníamos un palillo de dientes sujeto con una pinza de la ropa. Era difícil darle a aquella figura de madera en forma de rombo estrecho y largo; lo más fácil era romper la pinza.

El cine de verano estaba al lado de la casa de los abuelos de mi amigo, por eso acudíamos con frecuencia a ver las películas.

Las Sillas de Tijera

En un espacio abierto a las inclemencias del tiempo, todo lo que quedara expuesto debía ser guardado. ¿Dónde? En los bajos de la caseta de la máquina de cine (eso me parecía a mí).

La ventaja sobre las sillas de anea era que necesitaban menos espacio para ser almacenadas. Seis o siete, plegadas, ocupaban lo que dos de anea. Estas sí valían para el cine Carrera, pues al ser un recinto cerrado estaban protegidas.

Los Carbones

Eran aquella especie de lápices que había en la caja de cartón de la cabina.

Cuando comencé a conocer Madrid, en 1968, un compañero y amigo me llevó a “La Cuesta de Moyano”, cerca de mi cuartel, en la zona de Atocha.

En aquel lugar no hay viviendas. Sus aceras están limitadas por sendas verjas que dan al Ministerio de Agricultura  y a otra institución. Es en esta última donde, en la acera, se asienta una línea de casetas de color gris, con unas plataformas de madera llenas de libros antiguos y usados colocadas sobre la acera. Los libros nuevos los tenían expuestos dentro, fuera del alcance de manos dudosas.

Allí, los amantes de la lectura se bebían los libros usados. En un rato podían leer un libro y ya habían sacado provecho de su visita. Bueno, de todo había.

En esa cuesta supe que existía un escritor llamado Camilo José Cela. Venía en un libro con pocas hojas y mucho contenido, de letra pequeñísima: “La familia de Pascual Duarte”. También su “Diccionario secreto”, donde aprendí cosas muy bonitas; era un cachondo puro y duro.

En la última caseta, frente al Retiro, vi una especie de Enciclopedia Álvarez, tan útil para las escuelas de primaria. Sus pastas eran duras y el dibujo de su portada tenía un fondo de líneas azules entrecruzadas. No era esa enciclopedia, se trataba de la “Enciclopedia del Cine”. Me lancé a por ella. Fue un milagro, la compré y, después de muchos años yendo de un sitio a otro, la perdí junto a otros buenos libros. Es parte del precio que pagamos los que llegamos a vivir en muchos lugares.

La portada contenía, además del título, una fotografía con dos máquinas de cine puestas en paralelo.

¿Por qué? La respuesta la fui captando a medida que iba a los cines y ponían las películas no muy largas de un tirón (es decir, que no había descansos). Mientras una máquina proyectaba, la compañera estaba precargada con el segundo rollo, y así se alternaban. En las películas de mucho metraje sí había un descanso, más que nada para el descanso del público.

Después de esta infinita introducción, voy a hablar sobre los carbones:

Para proyectar una película, para llevar la imagen a la pantalla, hace falta una luz blanca muy intensa. Utilizaban dos barras de grafito que, conectadas a sus respectivos electrodos, se enfrentaban para producir un arco voltaico que da luz blanca. Aquello se calienta muchísimo, de ahí lo voluminosas que eran las partes de atrás de las máquinas. Algunas llevaban salida de chimenea. El grafito se ponía atrás, alejado de la lente que tenía que canalizar aquel inmenso flujo de luz y llevar las imágenes hasta la pantalla. No había otra alternativa. Del cine actual no tengo ni idea, solo sé que los sistemas desde hace muchos años están cargados de efectos especiales: vibraciones, muchos altavoces, etc., todo sincronizado por, seguro, un ordenador supervisado por algún humano.

Respecto a los carbones, que tanta confusión me generaban, esto me lleva a lo siguiente:

A principios de los sesenta las cocinas solían ser de carbón o leña. Luego comenzaron a hablar del gas butano, un cambio que no generaba muchos entusiasmos. Era un tema polémico (o no pacífico), y la inquietud crecía a medida que aumentaban los prejuicios: "es como poner una bomba a metro y medio de la olla", "eso no se puede controlar", etc.

Pues llegó el butano. Recuerdo la primera vez que lo vi encendido; era fantástico. Puesto al mínimo, parecía una gran margarita azulada de muchos brotes de mecheros (cada orificio era un mechero alimentado por la misma fuente). Cuando se aumentaba la entrada de gas, aquello era mucho mejor, se graduaba la potencia. En un periquete mi madre hervía tres veces la leche de las cabras de Chelines para evitar las fiebres de Malta (según la costumbre).

El servicio de leche era de la cabra al consumidos, Chelines llevaba un jarrito metálico y ordeñaba las cabras. Entre todas destacaba un macho, era corpulento y llevaba una cuerda de tomiza que sujetaba un capacho de esparto por su vientre; así evitaba que el animal sacara su bolígrafo y se pusiera a escribir cartas.


domingo, 5 de octubre de 2025

 

            Francés, latín y mi amigo Rafalín


Cuando me senté frente a la pizarra en el banco del pupitre, a mi izquierda junto al muro medianero se encontraba de pie y de perfil mi compañero Rafalín Navas, le pasaba algo raro, estaba colorado como un tomate, las piernas ancladas sobre las losas del suelo1 y, de cintura para arriba tenía un tembleque que parecía una lavadora en proceso de centrifugación.

Se estaba descuajaringando debido a un ataque de risa que no podía controlar, aunque no emitía sonido alguno hacía esfuerzos titánicos para, además de taparse la boca y nariz, intentaba llegar con el dedo pulgar a la oreja para evitar que el ruido pudiera salir por allí. No tenía en cuenta que por el tercer ojo podía descomprimirse en un segundo como un globo inflado.

Me preguntaba ¿Qué habrá maquinado que lo tiene entre la espada y la pared? ¿Por qué ese ataque de risa incontrolada? ¿Y esos esfuerzos enormes para no irrumpir con un ataque descontrolado de risa?

       Me miro y rodeando los dos pupitres dobles se sentó a mi derecha

       ¿Qué te ocurre?, pregunté

       “He pensado que voy a poner una “n” entre la “g” y la “i” para que en lugar de “Cogito” quede en “Cognito”, y le voy a decir a Vicenta que lo lea en francés”, lo que vendría a ser, en nuestro idioma” “coÑito”.

 Ahí estaba la respuesta a mis preguntas, el curso pasado estudiamos francés y aprovechando la “Ñ” francesa, quiso hacer un injerto con “Cogito” añadiendo una “n” a la “g”. Tuvo unos reflejos como el café Nestlé, instantáneo.

       Me puse tanto o más colorado que él, sentí pánico, un calor inundó mis mejillas, y respondí algo como: ¡No hagas eso, por favor, no seas loco! Se levantó y, resuelto, dijo que se lo iba a decir, aquello me acongojó más, pero él se dirigió hacia Vicenta y “no parose, fuese y no hubo nada”

       Lo bueno es que Vicenta no se enteró, quizás fuera la tercera en ruborizarse.

       Éramos muy cortos, más que un tanga. Muy formales, tanto como que parecía que nos hubieran almidonado como a los cuellos de aquellas arrugadas camisas blancas, la rigidez nos dominaba, pero era lo que había, lo estricto se convierte en costumbre y no piensas otras posibilidades.

       Sin embargo, sin saberlo, éramos “tan natural como el agua que llega corriendo alegre desde el manantial”, de la canción “Soledad” de nuestro paisano Emilio José. La naturalidad estaba tapada por una fina capa de adolescencia y, la verdad, no nos acuciaba lo de ser más atrevido.

El ingenio de Rafalín  

       Era un romántico pese a la ocurrencia que había tenido, por ejemplo, cuando decían algo de alguna fea, mi amigo respondía:

 “La suerte de las feas las bonitas las desean”.

       En las tardes pardas y frías que amenazaban lluvias, de su boca salían palabras tan bonitas como: “No hay sábado sin sol ni mocita sin amor”.

       Siempre era un pronóstico feliz para la afligida, haciendo que no se desesperaran y mantuvieran una actitud de ilusión, se sintieran bien, y todo lo que sigue2

       La cogorza

       Con Rafalín pille la primera cogorza (o “pea”, como solía decirse por entonces), fue un 6 de septiembre de 1961, estábamos en la escuela de la calle el PraO, frente al albardonero, donde se trasladó el Maestro desde la calle Algarrobo.

Cualquiera se puede preguntar ¿Cómo sabe la fecha?

 Muy fácil, el curso comenzaba a finales de mes o primeros de octubre. La primera vez que pisamos aquella casa fue el 6de septiembre, ¿Para qué? El Maestro nos convocó:

-      A primeros de cada inicio de curso y con tiempo suficiente había que hacer el pedido de los libros.

-      Agosto era un mes inhábil, en julio, o antes, las editoriales dejaban la faena hecha, pendiente de su distribución a los centros de enseñanza y llevaba un tiempo la recepción y entrega de los textos. Esa fue la razón, no había “Amazon”.

-      Lo que más me gustaba de los libros nuevos era separar las páginas que venían pegadas de la imprenta y el olor de las tintas que fluían de sus pastas; al igual que el olor de la gasolina o el humo del tabaco rubio. Tienen en común que ninguno es sano, pero, por lo menos no disgustan, o gustan.

 

-      Era la onomástica de Rafalín, me invitó a celebrarlo junto con dos más, creo. Fuimos a la calle Velasar, casi arriba, y comimos y bebimos mucho para nuestros cuerpecillos serranos ¡Qué mañana más completa la de aquel día memorable! Qué ganas de vomitar, qué malito me puse.

Voy a completar el plantel de personas que nos acompañaba en la clase de latín:

-      Profesor: Joaquín Ontiveros, con sus gafas y sus conocimientos.

-      De lo primero que nos dijo para animarnos fue la siguiente “sentencia”: “El latín es la lengua madre y el tostón padre”, y era verdad

o   La clase era de media hora, los martes de 14:30 a 15:00. Para ello el Maestro nos tomaba la lección antes que a los de otros cursos con el propósito de regresar pronto para continuar con la sesión de tarde.

o   El horario de la escuela era de 07,30 hasta la tarde bien tarde, se hacía de noche

o   En comparación con los demás centros, a las 9 de la mañana llevábamos casi 2 horas de ventaja. Todos los días se daban las 6 asignaturas más importantes.

o   Teníamos dos pausas para desayuno y comida

o   Otros alumnos de curso eran: Adelita, Vicenta, Francisquito, Alfonsillo, José Mari, Toleo, Rafa, los mellizos Aledo, etc., Toleo era el más serio y se dedicaba a estudiar, debía sacar muy buenas notas por su esfuerzo y constancia.

o   Los demás, también, no existen lectores de horas que valorara el esfuerzo de cada uno. En lo que me toca no estudiaba mucho, prueba de ello fue que, entre mis compañeros todos aprobaron y el grupo se disolvió como un azucarillo, cada uno siguió su marcha según sus posibilidades. En cuanto a mí, amarrado a un duro banco de una galera turquesca, seguí con el Maestro en la calle La Fuente. Había aprobado sus oposiciones y lo hicieron fijo en el pueblo para dar clase a los “Analfabetos”, así se decía, no implicaba nada peyorativo decir pan al pan, nadie se ofendía, muchos no tenían tiempo por el día y se apuntaban por la noche.

o   Una maldita madrugada, allá por noviembre o poco más tarde de 1964, nos dejó huérfanos: El Rubio, Pedro Caballero, Marcelino… pasamos a la Academia de la Aurora.

o   No pensaba alargar tanto este escrito, pero algo me ha llevado a salir de lo inicialmente propuesto, y he querido recordar a un gran hombre que luchó y venció en multitud de circunstancias adversas que tuvo día a día. La vida no era fácil para nadie, pero la del Maestro tenía un plus más en las dificultades.

o   La última vez que visité su tumba fue un 20 de octubre de 2013, Conchi Urbano Morales, su hermano José Mari y el que suscribe, paramos en el cementerio y, en silencio, le hicimos un homenaje: recordarlo y agradecerle el titánico esfuerzo que tuvo que hacer en el mundo de los vivos, por su tarea de enseñarnos para poder salir adelante en la vida.

o   Llegamos a Luque, hablamos de tomar un café antes de subir a la calle Algarrobo, pero Conchi dijo: vamos para arriba, y todos la seguimos.

o   Cuando me enfrenté a la cuesta de la calle Fernando, me pareció increíble la pendiente de aquel primer repecho. Una barra y unos escalones nos sirvió para poder subir la primera rampa, por lo menos era más fácil. Recuerdo al Pulío padre, que, en 1961, cuando subíamos para la escuela, el hombre bajaba para ir a la plaza de abastos, creo que tenía una pescadería.

o   Y así pasaron los años, recordando lo mejor de la vida y esperando ¿qué?

Zaragoza, 5 de octubre de 2025

Luis Gil Amores 20:24

Las fiestas del Pilar comenzaron ayer, 4.

Siempre echo de menos a mi amigo Antonio Martos Briones y a Encarna, por los buenos momentos que pasamos en Semana Santa y Pilares

Todo se acaba


Notas: 

1 . El enlosado de la casa era como un tablero de ajedrez: blancas y negras. En cambio, el de la terraza eran losetas rectangulares de color teja con un pequeño dibujo en su centro. El albañil que hizo aquel trabajo dejó una obra de arte: todas perfectamente alineadas y pegadas al suelo que cubrían. No es baladí lo que digo, en estos tiempos modernos y con máquinas mejores, las losas de las aceras se levantan tanto que suponen un riesgo. Por la ribera del Ebro pasa otro tanto, así que los tropezones están a la orden del día.

    Algunas veces el Maestro nos llevaba a la terraza y hacíamos unas flexiones para estar preparado por el examen de gimnasia, de manera que el suelo y nuestros ojos estaban a un dedo de distancia.

2 . En la Cartilla del Guardia Civil, uno de sus artículos comenzaba de igual manera: "Será  un pronóstico feliz para el afligido..."


















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