sábado, 1 de febrero de 2025

El vendedor de higos chumbos

 


  

La Explanada del Castillo: Crónica de un lugar multiusos

Aquel lugar podía decirse que era una zona multiusos.

1. El Santuario del Fútbol (Hora taurina)

Nos cobijaba para oír los partidos de fútbol de la liga, a la vez que nos soleábamos, ya que los encuentros se jugaban a la misma hora de los domingos, hora taurina: a las cinco de la tarde.

La radio de transistor de Juan Bautista Barona Jurado, compañero de curso, era el medio por el que podíamos oír a los sabios comunicadores Matías Prats Cañete, Vicente Marco o Joaquín Prat, que nos hacían disfrutar, o sufrir, las jornadas de la Liga de fútbol. Allí, unos sentados en la oquedad de la roca de la base del Torreón, otros de pie, y otros indiferentes al deporte (quizás subían para disfrutar del ambiente y de paso mejorar sus niveles de vitamina "D"). En fin, éramos actores de esta película que es la vida y cada loco tenía su tema, pero salíamos de la rutina de los días de clase.

Cuando los árbitros pitaban el inicio de sus respectivos partidos, como si fuéramos metálicos, nos pegábamos al transistor, que era el imán, de forma que se podía decir, como Quevedo:

«Éranse muchas orejas a un transistor pegadas, Éranse muchas jornadas de Liga, Érase una radio con pilas En tardes de domingo soleadas».

Es una ocurrencia, así que pido disculpas, pero ahí va. Tuve la suerte de tener a una compañera en la Academia de la Aurora, curso 64/65, que borda con hilos de oro los versos que escribe. Espero que perdone mis herejías por transgredir las normas poéticas establecidas. Mi compañera es luqueña, su nombre: Milagros Jiménez Hidalgo.

Esto fue hasta 1964; a partir de ahí, cada mochuelo se fue a su olivo. La reválida de cuarto terminó con aquella unión, pero no con la amistad y el recuerdo de los años que estuvimos unidos. Las compañeras también permanecen en mi memoria: Isabel, Mercedes, Adelita, Vicenta, Mariceli, etc. Mucha gente buena.

2. Una extensión improvisada de la Escuela

También lo utilizábamos como una extensión de la Escuela, sin haberlo planeado. Fue de esta manera:

Nuestras visitas a aquel espacio eran frecuentes. Estar en la explanada suponía hablar de algo en algunas ocasiones ("Asturias patria querida"). De pronto, alguno sacó un tema del curso y comenzamos a explotar aquella veta que se reveló milagrosa. Fue lo que he escrito en alguna ocasión: el "Trabajo en equipo" era una prolongación de la Escuela.

Allí, al aire libre, nos hacíamos preguntas, aclarábamos dudas que surgían y llegábamos a caer en detalles que escapaban a nuestros saberes regulares. Gracias a aquellos intercambios, el debate entre unos y otros nos conducía de la duda o ignorancia a la evidencia, claridad, y se asentaban en nuestras cabezas y nos enriquecían un poco más. Ese método, sobrevenido sin que nadie lo llamara, no se apreciaba entonces, pero fueron semillas que florecieron y, por mi parte, me ayudaron mucho. Yo fui un mal estudiante, tanto que repetí curso cuando mis amigos terminaron con éxito. Me alegra recordar que por mi indolencia tuve la ocasión de ir a la Academia de la Aurora con otros a los que les había pasado lo mismo, e integramos un nuevo equipo después del fallecimiento de Don Francisco.

Sé que repito mucho el papel de la Escuela en mi vida, pero allí espabilé bastante gracias al método que seguíamos: podíamos hablar en voz baja, murmullos que iban subiendo de tono hasta que Don Francisco mandaba a callar, silencio absoluto y de nuevo los murmullos, y a empezar de nuevo. Antes fui a un Colegio, cuando no sabía que llegaría a vivir en Luque, donde me aburría un montón: en su academia éramos 25, cada uno en su mesita, un profesor en el atril, callado, y yo me aburría como un mochuelo. El dinamismo de Luque me sentó muy bien: excursiones a la sierra, a las trincheras, al manantial de Marbella, La Pata, Delicias... ¿Qué lugar de la demarcación no visitábamos? Y dentro del pueblo, ¿qué calles no pisábamos?

Si se atisba alguna frase o palabra grandilocuente, no es mi intención, pues los "saberes" eran sobre temas elementales y nos valían para, más tarde, trabajar donde tocara.

Mi amigo Antonio Martos Briones, cuando nos hemos visto, me decía: «Luis, yo soy licenciado por la universidad del Tajo, de la Cuesta la sordica, de los CoXones do borrico». Preguntaré a una de mis nietas, que es del noroeste de nuestro mapa, para que me diga si soy un mal hablado, pero si está bien escrito me dirá que hablo muy mal.

Mi amigo Antonio, sobre el que escribiré un siglo de estos, trabajando duro y bien, salió "pa'lante" con éxito.

3. La hornacina mutilada

Abundando en lo dicho sobre el papel de la explanada, me gusta recordar que, a veces, cuando subíamos por la vereda que unía el paseo del Rosario con el castillo, nos deteníamos en una plataforma de hormigón en la que había una hornacina con una virgen en un cuadro de azulejos. Alguien, que no tendría nada que hacer, se dedicó a "saltarle los ojos", tal vez con una piedra. Ya pudo dedicarse a matar moscas con el rabo, me refiero al rabo del diablo, el que lleva atrás que, bien contados, sumaría dos, resultando ser el delantero centro. También llevaba cuernos visibles, el dibujante cae en todos los detalles, borra los que le interesa, los que no se ven pero pesan.

4. La escala del Sol

Cuando estábamos por el Paseo o Terraplén, me fijaba en el torreón del Castillo por su cara oeste, o sea, la de la explanada famosa. Cuando me aburría y mataba moscas con el rabo pensaba en que con la obra nueva que terminaron hace poco, podían haber dibujado una escala tipo "reloj de sol" para, a medida que las sombras se apoderaban de la base, marcar el ritmo en que aquella ascendía lentamente hasta llegar a verse una estrecha cenefa antes de que el sol decline y desaparezca detrás del Tajo. Esa imagen se repite siempre, bueno, si no está nublado.

Por entonces, años 60, se oía una canción cuya letra venía a ser:

«Está cansado el sol de tanto y tanto caminar se va se va se va se va Las sombras de la noche avanzan lentamente Hace frío ya, hace frío ya...»

Creo que Patty Pravo, o algo parecido, la cantaba. También interpretó "La Bambola". Era italiana. He buscado en Gemini, no me ha dado solución a la del sol cansado, así que yo, cansado de intentarlo, lo he dejado. Esa cantante nació en 1948; si Patty vive tendrá mi edad: 76 "otoñales primaveras" (Nació en abril, por lo que sería 76).

Después de este 'rollazo' que acabo de escribir, me pregunto: ¿Pero, no estabas hablando del vendedor de chumbos? No quería dejar recuerdos entrañables en el baúl donde Karina guardaba los suyos.


5. La ventana indiscreta y el higo chumbo

El vendedor de Chumbos y el engaño de quien se fía de las apariencias

En las Ferias de Luque, por las tardes, cuando la sombra se hacía presente, en la calle paralela al paseo y que lleva a la plaza de abastos, a la altura del quiosco verde donde Carmen (creo que así se llamaba) hacía tejeringos, solía ponerse un hombre que vendía higos chumbos.

Con una mesita y una banqueta plegable, al lado un cubo repleto de higos, esperaba sentado a clientes que gustaban aquel fresco fruto, de pulpa sabrosa, acompañada por muchas semillas que deslucían un poco aquel manjar (ningún higo es perfecto).

Su tarea era fácil: cogía un higo del cubo y lo ponía sobre la mesa, cortaba los dos extremos y, con maestría, hacía una incisión longitudinal. Separaba con la navajilla que utilizaba los dos bordes del corte; la zona inferior del fruto seguía adherida a su piel y, como un Bon Cherie para veganos, desnudaba aquel fruto y lo entregaba al comprador, todo del modo más aséptico posible. Aquel hombre podía haber sido un cirujano famoso.

El cubo era de zinc. Entonces no existía el plástico: para el pan se llevaban talegas, los impermeables eran de hule, etc. El hecho de ser de zinc se debía a que en los pozos el agua era salobre, y ese metal es más resistente a la corrosión.

Espero no estar equivocado. ¡Joé, me distraigo con diez de pipas!

Así me quedé con la ‘copla’ y me confié.

Un grupo de amigos (eran mis compañeros de clase y curso y, quizás, alguno más) cuando llegamos a la explanada e hicimos lo de siempre, nos disgregamos por aquel limitado espacio que era, y es, un balcón de cara al Tajo, Llano y Paseo del Rosario. Y aquí viene lo que, parece, me resisto a escribir, y no es eso:

Uno de nosotros se acercó al borde, quizás para ver la mole de piedra que es el Tajo, cosa que era inútil, fuere el que fuere el motivo — el Tajo se ve lo mismo desde la oquedad del Castillo que desde donde él se había puesto. De pronto, se volvió hacia nosotros y con un gesto elocuente, nos mandó callar a la vez que hacía señales para que nos acercáramos.

Curiosos e intrigados, lo hicimos. Nos tumbamos en el suelo y miramos hacia la zona donde estaban los dos últimos pinos, uno muy inclinado. Allí vimos a un joven que estaba de espaldas, apoyado sobre el muro de caída del terreno al paseo. Con los brazos extendidos y las palmas de su mano tocando la hierba del borde, daba golpecitos, tamborileaba, quizás nervioso. Junto a él, de frente, había una joven que jugaba separándose de su amado para volver con ímpetu hasta chocar una y otra vez con él, que, desconfiado, miraba para sus laterales en busca de ‘Voyeurs". Debía echar en falta un ojo en el cogote, como Don Aurelio durante la misa en la que le ayudamos en la Ermita de la Aurora (Marcelino y yo).

La mozuela llevaba una falda de tubo, roja y una camisa de un blanco resplandeciente; su mamá, o ella, la habrían lavado con ‘Tu-Tú, Omo o Persil’. Por el ramaje de los pinos no pudimos verle la cara, no supimos quién era, ni falta que hacía. Él, al estar de espaldas a nosotros, tampoco llegamos a conocerlo.

Era la primera vez, y la única, que veíamos una escena de amor que, además, fue inesperada. Cuando subimos a la explanada no había nadie en el Paseo del Rosario. Llegaron después.

Tuve la sensación de sentirme incómodo. «¡Pero si el Rosario es para pasear...!», pensé, ingenua criatura. No hace mucho me dijo una amiga luqueña que la banda de música estaba en ese lugar, en homenaje a los enamorados, nombre que se le ha dado ese romántico y ardiente lugar: "El paseo de los enamorados".

Como no estábamos cómodos, más bien lo contrario, levantamos el campamento, o sea, nos quisimos ir de allí.

Sentí el llamado ‘efecto túnel: la luz que veía al fondo de un largo túnel no sabía si era luz de día o, peor, del faro de un tren que viene en sentido contrario’, porque solamente veía como camino de salida, en mi obcecación, la vereda por la que subimos. Me preguntaba: «¿Cómo vamos a bajar por aquí, si en el momento que nos vean van a ver que nosotros hemos visto lo que acabábamos de ver?».

Todos los caminos llegan a Roma

Uno de nosotros tiró derecho por la vereda que existe entre el Castillo y la Ermita del Rosario.

Aquella senda era de arena formada por piedrecillas más o menos grandes. Al andar pasaba lo mismo que en el Terraplén: los granitos actuaban como rodamientos y se oía el arrastrar de las pisadas.

Aquel camino estaba, y debe seguir estando, bordeado por pitas y chumberas. Entonces ‘lo vi’. Sobre el orejón de una chumbera había un hermoso higo que me volvió loco, era como si me estuviera diciendo: “¡Este higo es para ti, solo para ti!”. Con ansias y dominado por la lujuria, le eché mano. ¡Craso error! Al apretarlo, sentí como si frías cuchillas cortaran la carne de mi palma derecha. Se me quedó medio cerrada y me dolía al tratar de abrirla. Cuando vi aquella mano parecía un retal de tela de traje de Faralaes, casi llena de lunares de color pardo oscuro. Aquella fue la primera transferencia que recibí en mi vida, y me la hizo un solitario higo.

Uno de mis acompañantes dijo: «¡Eso hay que cogerlo con papel de periódico!». «¡A buenas horas!», pensaba yo. Otro me dijo que frotando la palma con los granitos de arena se desprenderían las espinas. Recuerdo que durante una semana tuve, por lo menos, inhabilitada la ‘adolescente y pecaminosa mano’.

Aquella tarde el asunto de los higos estaba que arde.

Cuando hablo del vendedor de higos, dije que las apariencias engañan. Comprobé la certeza del consejo. Por ignorancia me pasó lo padecido. Los higos saben defenderse con sus armas, sus púas. La naturaleza enseña mucho y entre pitos y reveses nos vamos espabilando. La vida es un curso de formación personal continua sin derecho a rectificaciones; no hay moviolas que rebobinen lo que hacemos. Las moviolas se quedaron atrás, en aquellos maravillosos años 60, para repetir un pequeño extracto de jugadas y goles del domingo. Eso lo daban los lunes por la noche, a finales de esa década.

Moraleja: Cuando quieras coger un chungo higo, asegúrate que esté limpio o recibirás un castigo. Entre alfileres y agujas finas, con otros pinchazos, fui sacando las espinas.

(De mi colección de rimas de hojalata, utilizada en aquellos años con alguna frecuencia por cualquiera que se animara. Las más fáciles respondían a los números 5 y 8).

He podido escribir notas a pie de página, pero no sigo reglas ni nada, todo pa'lante.

Zaragoza, 01 de febrero de 2025 21:27´

Luis Gil Amores

jueves, 8 de junio de 2023

El petardo reumático

 


El petardo reumático

   En abril del pasado año tuve la suerte de encontrarme con mi amigo Francisco Aledo García. Testigo del encuentro fue Alfonso Molina Baena. Con ambos tuve la fortuna de compartir los estudios en la Escuela de don Francisco durante los cuatro años de principios de los 60.

 A Alfonso lo he visto todos los años que fui al pueblo, hasta 2018. Llegó el Covid y cesaron las visitas, se jorobaron los planes y, en cierta medida, las ilusiones casi desaparecieron. Poco a poco fuimos recobrando algo de normalidad, y el tiempo, como siempre, ejerció de ungüento que, sin sanar del todo, suavizan las heridas que tan inesperada plaga dejó. La tranquilidad de antes, como cristal, se fracturó en mil pedazos, a ver quién la recompone.

Con Francisco estuve el 3 de abril del 2022.  No nos veíamos desde hacía 52 años y poco más de un mes. En ese espacio vacío algunos amigos se quedaron por el camino. Su recuerdo permanece vivo. La muerte no es el final, pienso yo.

En un momento de la conversación Francisco me preguntó si recordaba un episodio carnavalesco que padecimos, sufrimos y nos llegó a acongojar. Se refería a un petardo de los que se suelen lanzar por carnavales y a “las dos mujeres”.

Le prometí enviarle un borrador sobre aquel inolvidable momento. Ya ha pasado más un de año y aún no lo he hecho. Le he mandado algún escrito al respecto, pero no consigo poner lo que deseo hacer constar, porque me extiendo mucho y me voy por las ramas.

 La idea

Un día sucedió que uno de los amigos se decidió a cortar parte del extremo del cordón de un zapato; deshilachado por rotura de las fibras, colgaba como un pingajo y resultaba feo.

Sin pensárselo dos veces procedió a darle una calada a un cigarrillo que fumaba y, con la punta al rojo (punta del cigarro), hizo un corte que ni el mejor cirujano hubiera conseguido.

La cosa no quedó aquí, después de haber tirado aquel apéndice notó que seguía oliendo a quemado, a humo, lo que equivale a que el cirujano no cerró bien la herida. Examinó el extremo operado y comprobó que la parte saneada seguía quemándose lentamente. De ahí caímos en la cuenta de que, aprovechando que no se apagaba, podíamos aplicarlo en alguna ocurrencia, por ejemplo: hacer explotar un petardo añadiendo a la mecha un poco de cordón que, para más datos, era de canutillo, porque al estar hueco, permitiría que la delgada mecha petardera encajase como anillo al dedo. Digamos que serviría de retardador y, con arreglo a la longitud que le diéramos, variaría el tiempo de espera.

 El inicio de las fiestas de carnavales venía precedido por el estallido de petardos. Algunos atrevidos prendían la mecha y lo arrojaban en cualquier sitio cercano a personas con la finalidad de sobresaltarlas, y lo lograban; no se escondían. También comenzaban a lucir las bengalas y unas tiras de cartón que llevaban adherida una substancia con forma de uña que, al frotarlas sobre una superficie rugosa: un adoquín, una pared, el suelo, etc., comenzaban a arder con sonoros chisporroteos (¿tal vez lo llamábamos pistones?). Más o menos ese era el catálogo para gamberros.

 La compra de los artículos

 Entrando en las fiestas carnavaleras conseguimos dedicar un poquito de nuestro escaso dinero, unas pesetillas, porque nuestras finanzas no daban para mucho. Nos dirigimos a una tienda que había por encima del carpintero Rosa (¿tal vez de Francisco?) era una especie de bazar que vendía muchos productos, entre otras cosas, armónicas, por poner un ejemplo, y artículos de carnaval: pirotecnia nivel adolescentes (poca carga de pólvora). Adquirimos un petardo y dos o tres bengalas.

El sacrificio era muy grande, porque por una peseta podíamos comprarnos 4 celtas cortos, 3 celtas cortos y un real de pipas, o mitad y mitad. Ya hablaré de los bolsillos vacíos.

 La preparación

 La mejor preparación es no tener nada preparado. Tiene sentido.

Quizás íbamos a realizar la prueba en un lugar donde no hubiera gente, tal vez en el terraplén, pero como decía el refrán: “el hombre propone y Dios dispone”, no sabíamos ni pensábamos qué tiempo haría llegada la ocasión.

 El carnaval se presentó lluvioso, bastante. Con aquello no contábamos, pero el deseo de llevar a cabo el experimento aquel nos empujaba a buscar lugares en los que pudiéramos hacer estallar el dichoso petardo.

Queríamos hacerlo en sitios abiertos, como era el terraplén, o la Pedriza, u otro lado donde no molestar a nadie y satisfacer nuestra curiosidad. Pero no era posible: lluvia persistente.

 Tal era nuestro afán que aprovechamos una pausa larga en aquello de caer agua del cielo, había escampado. Pensamos en una especie de cueva excavada que estaba situada en un recodo del camino de San Jorge. Allí no había nadie y estábamos a cubierto. Nos fuimos para allá. ¿Qué hora sería? En febrero, invierno, las cinco y media de la tarde estaba muy cerca de producirse eso que llaman “entre dos luces”, bien es cierto que el cielo encapotado agravaba la sensación oscuridad.

 Dicho y hecho, llegamos a aquel lugar en cuyo suelo solía haber partes de aparejos de los mulos además de otras cosas abandonadas. No era un buen sitio para meterse, pero era la único que teníamos, las prisas no son buenas consejeras.

 Comenzó a llover, descartamos el encendido del cohetillo en el interior (parecía que más que petardo era un barreno) y nos dedicamos a ir prendiendo las bengalas.

 Nos consolamos con ver aquella hermosa luz blanquísima que no paraba de soltar estrellitas que enseguida se extinguían. Aquello duró un minuto, tan efímero como el arco anaranjado que salían de las herraduras de los mulos cuando, en la oscuridad de la mañana, resbalaban al pisar las piedras de las calles.

 Poco más tarde salimos de aquella cueva, llovía bastante, pero no teníamos otra opción. Creo que se nos hizo muy largo el camino a casa, carecíamos de protección: un impermeable, por ejemplo. Nada, a pecho casi descubierto. Para pillar una pulmonía. Además, los impermeables no estaban en nuestro simple catálogo de vestuario.

 Empapado subí la calle Marbella hasta llegar a casa. Sentía los pies muy fríos y oía una especie de chapoteo dentro de uno de los zapatos, había entrado agua a través de una perforación que se había producido en la suela. Eché la culpa a la mala calidad del material que traían, ¿quizás cartón piedra con alguna capa de cuero? El quizás me dijo que las cosas, cuando se fuerzan mucho, se rompen. La culpa era mía.

 Sobre el sonido del pie ahogándose en el zapato mientras lo llevaba puesto, pasados unos años, descubrí que para oírlo no era necesario tener zapatos, calcetines ni agua; tampoco hacia falta estar de pie, ni caminar; las humedades, donde quieran que se produzcan, ocasionan igual o parecido ruido que el que oía aquella noche de pies helados.

 

La detonación del petardo

 Transcurridos unos días se estabilizó el tiempo, dejó de llover. Decidimos que había llegado el momento de salirnos con la nuestra: probar el cordón conectado a la mecha y esperar a ver si aquel invento del TBO llegaba a colmar nuestra insana curiosidad.

En la Carrera no se veía un alma, bueno, en la fuente de la Aurora una mujer se puso a llenar un cántaro.

Colocamos aquel artefacto en el suelo, en el ángulo que formaban la acera con la fachada, debajo de una ventana enrejada; prendimos el cordón y cruzamos la calle para ir a sentarnos en el escalón de la casa de uno de los que participaba en aquel experimento.

Estábamos los justos, y algo apretados, no venía mal habida cuenta el frío y la humedad que reinaba y la ropilla que vestíamos: una camiseta, un saquito, una rebeca y pantalón corto, calcetines y unos zapatos de material de aquellos que nos servían para todo. Era la calefacción del rebaño, expresión que, a raíz del Covid, se hizo popular: “Todos deben vacunarse para lograr la inmunidad del rebaño”, algo así.

 Miramos a la izquierda y vimos que, desde la zona del Reloj, una señora con un cántaro se dirigía hacia la fuente. Iba por la acera donde estaba el petardo; miramos a la derecha y vimos a la mujer de la fuente, que volvía con el cántaro lleno, caminaba en sentido inverso, en rumbo de colisión. La preocupación aumentó, casi pánico sentimos.

Cuchicheamos cosas como:” ¡A que se van a cruzar donde está el petardo! ¿Y si se paran? Nuestros temores se cumplieron al milímetro, en el mismo sitio y a la misma hora se detuvieron y comenzaron a hablar, y nuestro invento quedó junto a sus zapatos.

 El petardo no daba señales de vida, comentábamos alarmados: “¡Cómo explote se pueden morir de repente, o de pronto!” Estábamos muy apurados, muy tensos, muy acongojados esperando un estallido seco. Al momento se oyó una explosión medio fallida, de baja intensidad. Aquellas señoras se sobresaltaron un poco y centraron su mirada en nosotros, seguramente, además del sonido, olerían a pólvora quemada. En ese instante cada una siguió su camino. Un poco de sosiego vino a calmarnos, podía haber sido peor.

 La explicación que se puede dar sobre el fallo del petardo es que, como la humedad ambiente era muy alta, penetra todos los tejidos que alcanzan, y lo mismo que a un reumático le duelen los huesos, al petardo aquel, durante tantos días de lluvia, se le fue humedeciendo la pólvora y perdió la efectividad de una carga seca. O sea, que lo que medio explotó fue un petardo “reumático”. Dios vino a vernos.

Zaragoza, 08/06/2023 – 13:17

L G A

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sábado, 11 de febrero de 2017

Breves historias de mi vida en Luque (continuación)


     

En Marbella


 Por aquellos años, los amigos solíamos realizar varias excursiones1 por los alrededores del pueblo cuando teníamos tiempo libre, fines de semana o vacaciones. Entonces era costumbre encontrarnos en el Llano o el terraplén. Allí decidíamos el destino que íbamos a emprender, aunque tampoco había que planificar mucho. Sólo un pretexto bastaba para fijar el lugar. Para ir a Marbella o a otros lugares, sólo necesitábamos la excusa de ir a coger allozas siempre en primavera o por otros motivos en otras épocas. Entonces tomábamos la carretera de Zuheros buscando almendros y, casi sin darnos cuenta, nos encontrábamos en el cruce del camino que lleva a aquel maravilloso manantial. El momento escogido del día para pasear eran las mañanas o las tardes (antes o después de almorzar), ya que no podíamos faltar a comer, hecho este que preocuparía a nuestras familias y nos provocarían problemas sobreañadidos, que podrían menoscabar nuestra libertad de movimiento por aquellos lares. No creo que en ningún momento nos hubiéramos pronunciado al respecto por esa cuestión, no era necesario. Lo sentíamos, hablo por mí, como algo instintivo, que nos llevaba a respetar las normas familiares.

La primera vez que fui a Marbella debió ser en la primavera de 1961, en marzo o en abril, es decir, en una época ya de clima agradableÉramos aún unos chavales, porque  íbamos ataviados con  pantalón corto. El camino que nos conducía allí nos ocultaba la belleza del lugar hasta pasar la última curva a la izquierda. Entonces se abría a nuestros sentidos todo tipo de sensaciones: el rumor del agua y la visión de tan maravilloso edén. En el centro del nacimiento de agua, había una serie de piedras planas a modo de plataformas, que parecían isletas, donde casi siempre podían verse varias mujeres con sus tablas de madera lavando ropa. En el vértice de la curva, a la derecha, se alzaba un manzano y una caseta de obra donde debían guardarse los aperos de labranza.





Por una vereda, que se hallaba a la derecha del camino, pasábamos a los huertos sin que pudiéramos apreciar el límite de aquella amplia extensión de terreno de una riqueza y colorido exuberante. Por toda la zona, encontrábamos“caballones”, que no eran otra cosa que rectángulos abiertos con una pequeña boca, por donde entraba el agua cuando regaban. Eran las trampillas que comunicaban con el canalillo de riego. Ver esparcirse el agua en el huerto y seguir el recorrido marcado por los caballones era un espectáculo para mí. Cuando comenzaban a inundar la tierra, las primeras aguas parecían lentas, como si se pararan un poco pensando dónde ir; el nivel del suelo las encarrilaba y avanzaban por aquellos estrechos carrilillos para filtrarse en la tierra poco a poco hasta dejar una mancha húmeda. Las semillas tenían ya suficiente para beber y crecer.



En esta época fue la primera vez también que estuve en el Vadillo, Vajíllo, Vahíllo, Bajillo2 o como se llamara, un topónimo muy utilizado por nosotros, del que nunca me preocupé de saber cómo se escribía. Imagino que debía ser “Vadillo”, ya que se trataba de un vado o lugar para cruzar el arroyo que por allí pasaba. La razón era que su recorrido se desarrollaba por un  cauce más o menos profundo y no era tan fácil pasar al otro lado del terreno, sobre todo para el que llevaba bestias. En el Vadillo lo que el arroyo perdía en profundidad lo ganaba en anchura, de forma que podíamos estar en medio del agua porque nos cubría sólo hasta los tobillos y, con los zapatos en las manos. Allí mirábamos atentos si bajaban peces o cualquier otro tipo de alimañas. Aquel era un lugar paradisíaco. Las dos riberas del arroyo estaban jalonadas por altos árboles  que, con sus  frondosas copas, que se unían en primavera, proporcionaban una sombra muy agradable. En ellas se cobijaban numerosas especies de pájaros, cuyos trinos no cesaban, amenizando melódicamente nuestra estancia allí. Entre las hojas se filtraban algunos rayos de sol que le daban colorido y alegría a aquel lugar. Recuerdo que en una de esas visitas de tobillos mojados, alguien gritó que por el agua bajaba una culebraAquel grito fue como una alarma general que a mí particularmente me provocó mucha inquietud y puse mis cinco sentidos en el cauce para tratar de localizar alguna que pasara junto a mis pies. En realidad, todos nos aprestábamos a buscar el dichoso reptil nadador, pero tengo que reconocer que lo hacíamos algo acongojados y que nunca vi ninguna culebra, pero alguno de mis amigos sí dijo haberla visto.

Recientemente se lo pregunté a nuestro amigo Antoñin el Socatillo (Antonio Martos) en una de sus visitas a esta ciudad donde vivo ahora. Saqué a colación el tema de las culebras pensando que mi memoria me podía confundir y jugarme una mala pasada y que lo de las culebras podría haber sido un engaño de mi imaginación; sin embargo, no fue así. Antoñín me confirmó que había bastantes culebras en aquel lugar, aunque yo nunca viera ninguna.

En esos paseos por Marbella, otro de los lugares que acostumbrábamos a visitar era el huerto de Miguel, primo hermano, creo, de nuestro amigo Miguel Ángel Jurado Malagón. En temporada de frutos y durante las visitas vespertinas, merendábamos allí con los tomates, pepinos, y todo lo bueno que daba la huerta. Miguel era un buen amigo y nos ofrecía los mejores manjares que tuviera. Las meriendas eran sencillas pero inigualables: hortalizas, aceite, vinagre y sal, ¿qué más podíamos desear?


(En Marbella. De izquierda a derecha, José PérezOrtiz "el Rubio", José Jiménez Ordóñez, Antoñio Arjona Ortiz. En cuclillas, José Arjona Ortiz y Luis Gil Amores)

Cuando regresábamos al pueblo, el postre lo cogíamos directamente del manzano al que me refiero anteriormente, que se hallaba junto a una caseta de obra. Las manzanas que “mangábamos”, una "per cápita", eran para auto-consumo. Con ellas nos refrescábamos y endulzábamos la boca y eso nos ayudaba a subir con más vitalidad y optimismo la pronunciada pendiente del camino de tierra que desemboca cerca del pueblo y converge con la carretera por donde entra actualmente el autobús, en la misma Cruz de Marbella.



              Burros enteros de cuatro patas


En mis primeros meses de estancia en Luque fue cuando escuché por vez primera la palabra  “Capaores”. Debió de ser alguno de los compañeros de la escuela del Maestro de El Algarrobo, que se hallaba entonces en la calle El Prao, el que nos la dijo. Esa palabra, nueva para mí, rechinó entonces en mis oídos y estuve un tiempo dándole vueltas a la cabeza pensando qué podría significar aunque, obviamente, la asocié con el verbo 'capar' sin estar muy seguro de ello. Por eso, le pregunté a un compañero y amigo, Manuel Castro R., por el alcance de aquel significado. Él me explicó que los capaores iban todos los años a capar animales, es decir, a“desactivar” a los machos y hembras, con el fin de que no pudieran reproducirse. (¡Bueno!, estas son unas palabras más suaves que las que solíamos manejar). De todo animal con capacidad de perpetuar su especie, o sea, no capado, se decía que estaba “entero”.

 Castro, en uno de sus golpes cachondos, me preguntó sobre si yo estaba entero. Tras dudar un momento y, como no notaba que faltara nada en mi cuerpo, le dije que creía que sí, pero lo hice con una sombra de duda, inseguro. Aquella respuesta fue motivo de chanza y diversión, porque se dirigió a los demás colegas y gritó aquello de “¡Luis no está entero!”, repitiéndolo varias veces. Yo también me reía, participando de aquella juerga en la que, sin querer, era el protagonista.

En Luque, que yo supiera, había dos burros que mantenían sus atributos intactos. Uno ejercía de semental, –el burro padre de la fábrica de la calle Alta-; el otro tuvo la desgracia de no haber sido castrado y su actividad sexual era nula, pero su vigor lo demostraba cada vez que alguna burrilla se ponía al alcance de su olfato y/o de su vista. Éste no era otro que el burro de Changanilla.

Respecto al primero, recuerdo que un día, al regresar de Marbella, tras subir el polvoriento camino que discurre paralelo a la carretera que da a Zuherosy llega a la Cruz, vimos que al lado de la fábrica, en una ligera pendiente, ocurría algo extraño. Nos acercamos al lugar donde ya se encontraba un matrimonio de mediana edad, que también había subido de las huertas. La mujer iba montada en una borriquilla.
La escena era la siguiente: una yegua, sujeta por las riendas, esperaba a que le hicieran algo. De la era/cuadra de la fábrica, salió el borrico padre quien, al ver a su amada, comenzó a manifestar sus alegrías. Tras ponerlos paralelos y darle una vuelta alrededor de la hembra y consiguiente restregón lateral, el burro desplegó toda su artillería.

Una vez llegado a ese punto, el mamporrero, con una asombrosa habilidad, hizo que el hilo quedara ensartado en el ojal de la aguja. El borrico apretó sus patas delanteras contra las costillas de su montura y alargaba el cuello como si quisiera tenerlo semejante al de una jirafa para, quizás, susurrarle al oído algunas frases de amor o alguna picardía. Tras unos segundos de infinita pasión, le echó un pespunte y se acabó lo que se daba. El macho se bajó. Arrogante y presuntuoso miraba a la concurrencia y parecía decirnos: ¡¿Veis qué faena acabo de hacer!?

 Una vez terminada su función, enseguida lo metieron en su corral. Así discurría su vida entre el aburrimiento y el placer. Los comentarios respecto a esta actuación fueron muchos y variados. La señora mayor le decía de vez en cuando a su marido: “¡Vámonos de aquí, que luego en casa, no hay quien te aguante!”. En otra ocasión llegamos justo en el que la "función" había terminado.


Pasados unos días, fuimos a visitar a aquel macho Alfa, que se había convertido en nuestro héroe. Nos encaminamos a la fábrica y buscamos un muro bajo, de la parte posterior, que da al Calvario. Por su escasa altura nos permitía ver el interior del recinto. En medio de una explanada, parecida a una era, se erguía aquel portentoso macho. De pie e inmóvil nos mostraba su elegante figura. Era esbelto, de pelo blanco grisáceo, con aire de pertenecer a una familia de rancio abolengo2: un “aristoburro”. Su aspecto general  lo hacía brillante, deslumbrante, con una mirada  cautivadora. De su hocico salían unos rebuznillos delicados y seductores a la par que movía sus orejas y jopo con suavidad y simpatía manifestando sus ganas de jugar. Juguetón y graciosillo así era el semental, un prodigio de la naturaleza, que reunía todas las condiciones para que las yeguas lo desearan como pareja o las más viejas, como yerno. Era el BURRO número uno entre los burros, el burro Alfa. Tan bello que el caballo de Calígula a su lado podría parecer el mismísimo borrico de Changanilla.

 Aquel extraordinario ejemplar nos miró con desdén, dijo algo que, traducido del idioma “burril” al castellano, debía significar: “¿¡A qué habéis venido aquí, pandilla de pajilleros!? Ya os conozco, os vi el otro día cuando ejecutaba mi trabajo que, por cierto, fue una magnífica actuación y lo sabéis”. Giró a la izquierda y entró en el lugar que debía ser su comedor/dormitorio, sin despedirse siquiera.


 El otro burro entero no era sino el burro de Changanilla, que, por no haber sido capado, en sus atributos llevaba su pena y su condena. Este burro era muy conocido y querido en el pueblo. De los muchos espectáculos protagonizados por él, que tuvimos ocasión de ver, me quedo con el de la fuente del Paredón.


Sobre el mediodía de un día de verano caluroso, estábamos en la Plancha, en el banco de piedra, que se encontraba a la izquierda según se entraba, bajo un árbol, cuya sombra se proyectaba a aquella hora casi por todo aquel asiento. Allí nos reuníamos muchas veces un grupo de amigos, casi todos compañeros de estudio: Rafa, Castro, Toleo, Alfonsillo, Rafalín Navas, José Mari, los Aledo, los Letris, Antoñín  Arjona  y otros que no recuerdo. No es que todos los nombrados coincidiéramos los mismos días ni a las mismas horas, siempre fallaban unos cuantos, yo entre ellos, pero aquel era un buen sitio para cobijarse del ardiente sol en un día de verano o, por lo menos, caluroso. Además, a mí me gustaba mucho oír el rumor del agua de la fuente. Era un sonido que me abstraía. Me  gustaba centrarme en sus cambios de tono, ya que variaba según estuviera el líquido cayendo sobre las piletas o se estuvieran llenando cántaros.


 La fuente del Llano, llamada Fuente de la Libertad, aunque yo por aquel tiempo ignoraba ese nombre, tenía adosado un pilón con las paredes interiores cubiertas de capas de verdín. Aquellas plantas llegaban a tener unos filamentos tan largos que parecían cabellos que se estiraban cuando la corriente de agua aumentaba y se retraían al llenar cántaros. Aquel maravilloso rumor duraba las 24 horas de todos los días. Transmitía paz, frescura, descanso.

Otro elemento que recuerdo muy relacionado con la fuente era el tábarro, aquel bicho volador e “hinchahuevos” (solíamos expresarlo de otro modo más ordinario). Con su ágil vuelo saltaba de un lado para otro y se posaba muy cerca de nosotros, puesto que la humedad, la sombra y el verde jardincillo eran un atractivo para aquellos insectos. A pesar de su insignificancia y “vestimenta de presidiario”, a rayas amarillas y negras, eran unos animalillos que suscitaban inquietud en muchas personas. Casi nadie los quería cerca; no nos fiábamos de ellos, pero tampoco nos íbamos cuando estaban cerca. Era un modo pacífico de convivencia en el que lo principal era dejar bien claro aquello que le decía el paciente al dentista, cuando lo agarraba por cierta parte de su cuerpo: “¿A que no nos vamos a hacer daño ninguno de los dos?”

Un día vimos que a la fuente del Paredón llegó un hombre con una borrica que llevaba en su lomo unas “aguaeras” para  cuatro cántaros. Aquel hombre comenzó a poner aquellas grandes vasijas sobre las piletas de la fuente. Todo discurría tranquilamente hasta que se oyó  una voz que decía: “¡Adiós, la que se va a liar aquí!”.Todos miramos para la calle La Fuente y vimos, alarmados, que venía el borrico de Changanilla, a punto ya de llegar a la altura de la Plancha.

Este macho, en cuanto advirtió la presencia de aquella burrilla, aceleró el paso y Changa, a duras penas lo frenaba con las riendas. El burro perdió la razón, se volvió loco al tiempo que su “lanza” se desplegaba. La burrilla se puso inquieta; el borrico, fuera de sí, que parecía no sentir el freno que llevaba en la boca, era un proyectil disparado, imparable. Sus ojos tenían una mirada casi humana; su desesperación llegaba hasta el paroxismo. A veces parecía suplicar: “¡Dejadme un poquito, por fi!”

  Llegó un momento en que, al no poder acceder a su hembra deseada, la tensión de la cuerda que lo sujetaba era máxima y parecía que se iba a romper y provocaba que se levantara de los cuartos delanteros cual caballo encabritado. La aguja de su brújula lo mismo apuntaba hacia Morellana, hacia el Castillo, hacia la calle La Fuente…, a todos los puntos de la Rosa de los Vientos señaló con su instrumento. El dueño le daba palos por todos lados, hasta por la aguja “brujulera”. Así, a base de golpes, poco a poco se fue volviendo a la calma.

Esta escena me dejó conmocionado, impresionado. Nos reíamos del hecho que acabábamos de presenciar, pero en mi interior me solidarizaba con el burro, sentía algo de tristeza por la frustración sufrida. Creo que mis compañeros pensarían de modo parecido, porque nuestra risa no era muy auténtica. La parte del genoma que es común a burro y hombre nos hermanaba, la empatía era casi total.

 Posiblemente, cuando nos llamamos “burro o borrico” unos a otros, debe ser porque a veces predomina en nosotros la parte “burril” sobre la humana. Desde siempre se ha hablado mucho del borrico o burro de dos patas. Los más cultos suelen decir “asno”, pero, bueno, no estamos muy lejos y, entre burros, tampoco hay que andarse con finezas.

El borrico de Changa era un animal entrañable, trabajaba todos los días, recorría casi todas las calles en una jornada normal para él, que parecía interminable. Al anochecer, pienso, debían meterlo en su cuadra y allí podría comer paja con, quizás, unos granos de cebada. Con suerte podría encontrarse una gorda cucaracha en el pesebre que, confundida entre la paja y algún granillo de cereal, debía saberle a gloria, sería como un “moncherí” para un borrico bípedo.

En fin, que aquellos dos animales también convivían con nosotros, cada uno en su ámbito; cada uno con sus glorias o sus penas formaban parte de nuestro paisaje, sobre todo el de Changanilla por la frecuencia con que lo veíamos; el otro, el de la fábrica, imagino que solamente salía de su espacio reservado para procrear y, finalmente para ir al matadero. De sus carnes, pudo salir un rico salchichón, aquel embutido de color rosa, salpicado de motas de un blanco sucio y de granitos de pimienta. Parecía carne y tocino, crudos y picados, de burros más o menos sanos. ¡Cualquiera sabe de qué hacían aquella medio repugnante mezcla, embutida en un trozo de tripa!



Globitos


En algunos de mis escritos publicados con anterioridad, me refería a la tranquilidad que reinaba por las calles de Luque. La práctica ausencia de coches permitía que, por ejemplo, las cuatro esquinas se constituyeran en una especie de foro, de punto de encuentro. Lo mismo cabe decir de otras calles: Velesar, PraO, Alta, la Fuente, etc. Por el Llano, además de los taxis de Agustín y Rafalito, pasaba el coche de línea, vamos, el bus y alguno de los pocos Seat 600 que comenzaron a llegar al pueblo. Creo que Rafalito el de la tienda tenía un Renaul Ondine, coche conocido como “El coche de las viudas”, por su supuesta propensión a los accidentes debidos a su inestabilidad. Solía estacionarlo frente a la plaza del mercado bajo un árbol que ya no existe y del que ya narraré otra historia.

Con este preliminar quiero destacar que cualquier variación en lo acostumbrado a ver cotidianamente llamaba mucho la atención. Cualquier forastero que anduviera por las calles era una peculiaridad.  Uno de esos casos se debió a “Globitos”.


Junto a la fuente del Paredón vimos un día a un hombre joven, que debería tener entre veinte y mucho y treinta y pocos años. Era bajito, de cabeza casi esférica, pelo ensortijado, grasiento y aplastado contra su polo norte, tez morena, ojos negros y mirada inquieta y pícara. En el polo sur su cabeza descansaba sobre la peana de su cuello y hombros –como la de todos-. Vestía ropa vieja y algo sucia. En una de sus manos portaba una especie de caña o palo donde llevaba sujetos unos globos, de ahí el apodo con el que lo bautizamos. No hablaba mucho. Le hacíamos preguntas y casi siempre, en vez de palabras, respondía con sonrisas o con un sí o un no. Lo que sí nos dijo era que se hospedaba en “La Posá de Cañete”. Siempre llevaba un cigarro en la boca, observaba mucho mientras reía y giraba la cabeza en todas direcciones. No perdía detalle de lo que había y ocurría a su alrededor.



Lo que nunca supimos es cómo llegó Globitos al pueblo. Quizás viniera caminando o enganchado detrás de un camión -por entonces se veían algunas veces a personas que viajaban así. Aquel hombre joven no tenía pinta de haber venido en el coche de línea porque no debía tener dinero. A pesar de su rara forma de ser y de su aspecto, Globitos nos cayó bien. Un día o dos más tarde de su estancia en Luque, nos enteramos de que en la posada habían sustraído la cartera a un huésped. Más tarde supimos que el sospechoso no era otro que Globitos, al que detuvieron. Sobre las tres de la tarde de aquel mal día para él, me encontré en las Cuatro Esquinas con Ramoncillo. Llevaba una fiambrera grande y una cuchara, servilleta y quizás un plato de loza blanco. Le pregunté que adónde iba; me respondió que “a la cárcel”, a llevarle un plato de cocido a Globitos. Nunca había oído que en el pueblo hubiera un sitio de esos. Total, que lo acompañé. Yo iba algo cohibido y con temor por llegar al lugar de destino, pero, finalmente llegamos y vi que se trataba de una casa de la calle Los Álamos. Una de sus habitaciones, con una ventana a un patio, era la “celda” donde lo tenían encerrado.



Cuando el encargado abrió la puerta y “el preso” vio el regalo de la comida, se le iluminaron los ojos como dos ascuas al rojo vivo. Jamás vi comer a nadie con las ganas que mostró. En cuanto tuvo el recipiente a su entera disposición, prescindió de la cuchara y sin más preámbulos, se bebió la sopa y demás alimentos sumergidos en la misma. En un instante terminó el condumio. Esa misma tarde, creo, la Guardia Civil lo llevó a Baena para ponerlo a disposición del Juez de Instrucción.

Es cierto que ignorábamos cómo llegó Globitos a Luque; sin embargo, sí supimos con certeza cómo se fue.


Muchas veces me pregunté sobre la actividad de Globitos en Luque. Que era un descuidero se encargó él mismo de parecerlo. La venta de globos parecía no tener justificación porque, en su breve estancia en el pueblo (2 ó 3 días), no hubo festividades de ningún tipo, ni siquiera un fin de semana. Yo era demasiado joven para deducir que no me cuadraba aquel negocio; eso le pensé pasados ya unos años. Cuando me fui de Luque, cavilaba en muchas sobre cosas que me había dejado atrás, entre ellas se encontraba este curioso personaje. Mis reflexiones giraban en torno a la venta de aquellos globos que, supuestamente, no iba destinada a los niños. Por entonces la sexualidad, en lo que a hablar sobre ella de una forma abierta, era un tema tabú.

¿Los vendería a los adultos para que pudieran preservarse de algo que solían hacer y, así, evitar situaciones embarazosas? ¿Los vendería sueltos o en paquetes, como se vendían los celtas cortos y otras marcas en el estanco de Rabadán y quioscos de Rosario y Manolo? Una peseta = 4 celtas – 5 duros =  5 globos.

Las familias numerosas abundaban. Había métodos naturales, pero aquellos no debían bastar. Hablo de remedios que dependían del conocimiento, la actitud y voluntad de los intervinientes en el momento en que culminaba cualquier actuación sobre este asunto tan comprometido y placentero. Tal vez por ignorancia, conocimiento defectuoso, incapacidad para renunciar al final de los momentos cumbres, etc…, podría haber fallos en los sistemas. Algo no carburaba.

Me refiero a las siguientes opciones:

Método Ogino.- Entre el desconocimiento y los errores en el cálculo de fechas, aquel método era un coladero. Me resulta raro pensar en errores de cálculo, nosotros que utilizábamos un sistema de medidas verdaderamente genial. Me refiero al sistema de nombre tan español como es “A ojo de buen cubero”, de cuya exactitud no cabía la menor duda.

Coitus interruptus o marcha atrás. Esto sí lo entendíamos bien (me refiero a la teoría). Hacía falta una determinación y/o voluntad de no apurar la jugada, pero siempre se cometía penalti y… ¡gol!

Adminículos. Puede ser que oyera a nuestro amigo Antoñín el de la farmacia hablar de semejante palabreja, de la que entendía solamente sus dos sílabas finales, tanto en singular como en plural. Pasaron unos años y aquel término aparecía y desaparecía de mi memoria (como si del Guadiana se tratara), hasta que un día miré el diccionario de la RAE y comprobé que entre las varias acepciones que tiene, una de ellas es preservar. De preservar a preservativo solamente sobra una “r” y falta una “t”.

Respecto a nuestra experiencia personal en esos asuntos, tengo que decir que éramos “practicantes solitarios en primer grado. Con la edad nos vamos desarrollando y, cuando llegamos a la pubertad, comienza a funcionar una de las tantas partes de nuestro organismo que despiertan a la vida, aunque yo creo que siempre estuve despierto. Me refiero al sistema reproductor que, mirándolo bien, se manifiesta igual que el funcionamiento de una olla exprés.





La olla exprés, dotada de un pitorro  y una pesa en la tapa, llena de agua y algo más y puesta al fuego, comienza a acumular calor, y más calor, y venga calor. Llega un momento en que produce vapor, la presión sube y sigue subiendo. Por el pitorro comienza a expulsar el exceso de agua gasificada, levanta la pesa y ésta comienza a subir y bajar al tiempo que gira locamente. Así se iba cociendo la comida, así se iba disparando la libido en los cuerpos de todos, adolescentes y adultos. Finalmente, con la mano, siempre la mano, se quitaba la dichosa pesa y salía un chorro de vapor proyectado hacia delante y para arriba.


       
  Momentos concretos sobre vapor y la sinfonía de “El Pájaro”


Entre nuestras zonas preferidas, como ya he relatado en otras ocasiones, estaban la Cueva de la Encantá3 y La Pedriza. Lo mismo bajábamos a las entrañas de la primera que subíamos al lomo de la segunda. La cueva era el sótano y el lomo hacía de ático. Recuerdo que arriba, en aquella meseta, las puntas romas de las rocas sobresalían formando pequeños islotes y, entre ellas, espacios de tierra donde crecían jaramagos, cardos borriqueros, ortigas, margaritas pequeñitas y color azafrán, etc... en lo que a la flora se refiere. Hormigas, escarabajos, cochinillas, arañas, lagartijas..., entre su fauna.







Sobre aquellas piedras nos solíamos sentar como los indios de la Tribu del Pinzón (Ortan Chibri -chíviri4). Allí hablábamos, fumábamos y reíamos. Aún vestíamos pantalón corto. Tendríamos unos 14 ó 15 años. Una vez uno de nosotros hizo como que se levantaba (fue un movimiento raro y rápido), su mano pareció que se la llevaba al bolsillo y volvió a sentarse. Cuando lo vimos, nos quedamos de piedra. Aquel compañero tenía “su pájaro” en la mano. Nos explicó que iba a utilizar aquello para que viéramos cómo se interpretaba una especie de sinfonía de Flauta Bartolera (En recuerdo a Bartolo el de la Flauta). Aquella pieza musical se podía titular “La sinfonía del Pájaro loco”. Estábamos algo desconcertados porque aquello no se nos habría ocurrido nunca, ¡digo yo!, a ninguno del resto de los presentes, no parecía ni el sitio ni el ambiente apropiado para tocar la flauta. Expectantes esperamos a que comenzara a manejar su batuta. Tras afinar sus notas con una maestría y habilidad sin parangón, aquel amigo se centró en lo que él consideraría iba a ser una obra de arte. Con rapidez se puso a ejecutar la melodía. La pesa de la tapa de su olla estaba loca, moviéndose al ritmo que él le marcó. Así, enseguida, llegó al momento del desenlace y el vapor de sus notas musicales se proyectó hacia delante.Todo quedó quieto, en silencio, era como si no se movieran ni las primillas ni los grajos, como si el  planeta hubiera enmudecido.




 Con uno de los testigos de aquella interpretación tan procaz, lo he hablado en alguna ocasión. Nos hemos reído bastante de aquella ocurrencia y nos hemos preguntado acerca de cómo pudo suceder aquello. Pero debió gustarle, porque días más tarde volvió a repetir la misma música machacona.

El nombre de su acción es el de hacerse algo que se llama como un trozo de tallo de cereal seco, segado y trillado, que comen las bestias.

Este amigo/“testigo” era muy elegante en cuanto a esas denominaciones se refiere, solía llamarlas “gallarda”, expresión más culta, más fina y menos agresiva.

Estas solitarias actuaciones deben provenir de Adán cuando en el Paraíso se hartó de manzanas. Se comió la serpiente con la manzana en la boca, miró a su “Costilla” y también debió devorarla. En fin, que fue el precursor de todo lo relacionado con estas armas tan poderosas como son las tentaciones sexuales. Guerras y crímenes de todo tipo se han producido guiados por el fuego de la pasión o por las bajas pasiones. No quiero olvidarme de lo emocionante que debía ser vivir en Sodoma y Gomorra.



NOTAS
Nuestras excursiones a Marbella eran muy frecuentes. Unas veces las planificábamos en cinco minutos, otras se debían a una causa indirecta, coger allozas por poner un ejemplo. Nos dábamos buenos atracones de almendras verdes con el consiguiente dolor estómago. Recuerdo un empacho de allozas que me propició un tremendo dolor de tripa. Creía que iba a morirme. ¡Anda que no di vueltas por la acera que une la Torre Parroquial con la que fue la Oficina de Correos! Eso me sucedió al regreso de un paseo “almendrero”. Cogí tal empacho de allozas que, quizás, sulfató para siempre mi sistema digestivo.

Como hablo de excursiones, paseos a algunos lugares, no quiero dejar de mencionar algunas que siguen presentes en mi memoria. Cuando estudiábamos en la Aurora, solíamos dar paseos durante las tardes. Aunque no lo hacíamos siempre, recuerdo algunos y a las personas con las que paseaba.

 Una tarde fuimos a Zuheros y dimos una vuelta por aquel precioso pueblo. Como no había problemas con el tráfico, campábamos a nuestras anchas por la carretera, teniendo en cuenta las precauciones que tomábamos en las curvas cerradas que hay saliendo de Luque por la calle La Fuente, y otras que había más adelante.  Quiero recordar a algunos de los que venían: Pedro Caballero, Isabel Navas, la hija de un brigada, que era alta y fuerte, Estrella y Timoteo, quizás ya fueran novios por entonces, Mercedes Ontiveros, Paqui Calvo, Marcelino, El Rubio, Antonio Arjona…
Otros veces nuestros pasos nos llevaban al Patín y desde allí a la Pata o a la Fuente de la Reina. Estábamos casi los mismos que en paseo a Zuheros. Allí saltábamos altura. Recuerdo a Pedro Caballero que, cuando yo saltaba, se reía de un modo muy socarrón. ¡Buenos ratos fueron aquellos!

2 “de rancio abolengo” lo escribíamos en los dictados del Maestro. Me gustaba aquello, sonaba bien.

Cueva de la Encantá. Aprovecho estos interesantes recuerdos maniobreros para recoger uno de los momentos más graves de la historia de la Humanidad, que llegamos a vivir en el año 1962.En octubre de aquel año, los americanos detectaron que en Cuba los rusos estaban montando plataformas de lanzamiento de misiles. Vivíamos, sin darnos cuenta, en un mundo que ya se había quedado pequeño. Las armas nucleares habían determinado un antes y un después en el planeta que habitamos. La destrucción masiva ya no era ficción. Hiroshima y Nagasaki habían sido bombardeadas con sendas bombas atómicas. Los rusos, por los años 50, construyeron otra bomba mucho más destructiva: la bomba de Hidrógeno o bomba “H”. Kennedy ordenó el bloqueo de Cuba para evitar la llegada de material militar a la Isla. Hubo un pulso terrible entre americanos y rusos.¿Y qué tiene que ver este pasaje de la historia con Luque? La situación debió de ser tan extremadamente peligrosa que, sin comerlo ni beberlo, el mundo estuvo en trance de un terrible enfrentamiento. Recuerdo que yo tenía 13 años, estaba con mis amigos en la Ermita del Rosario, don Pedro el párroco habló en su homilía sobre lo que podía esperarnos. Nunca vi tanto miedo. Con mi edad tan temprana mis razonamientos iban paralelos a las ocurrencias que me venían a la cabeza, pues yo buscaba una solución para que nos escapáramos del horno en que podía convertirse el planeta y me decía: “¿Y si nos metemos todos en la Cueva de la Encantá?” Allí no habría peligro. ¡Qué ingenuo era! Por lo menos aquello me tranquilizaba.

Ortan chibri: así llamábamos a la canción de los scouts titulada "Ortan chíviri", que cantábamos mucho por aquella época.


Algunas fotos del pueblo son de la página de José Baena Moreno, www.enluque.es