sábado, 11 de febrero de 2017

Breves historias de mi vida en Luque (continuación)


     

En Marbella


 Por aquellos años, los amigos solíamos realizar varias excursiones1 por los alrededores del pueblo cuando teníamos tiempo libre, fines de semana o vacaciones. Entonces era costumbre encontrarnos en el Llano o el terraplén. Allí decidíamos el destino que íbamos a emprender, aunque tampoco había que planificar mucho. Sólo un pretexto bastaba para fijar el lugar. Para ir a Marbella o a otros lugares, sólo necesitábamos la excusa de ir a coger allozas siempre en primavera o por otros motivos en otras épocas. Entonces tomábamos la carretera de Zuheros buscando almendros y, casi sin darnos cuenta, nos encontrábamos en el cruce del camino que lleva a aquel maravilloso manantial. El momento escogido del día para pasear eran las mañanas o las tardes (antes o después de almorzar), ya que no podíamos faltar a comer, hecho este que preocuparía a nuestras familias y nos provocarían problemas sobreañadidos, que podrían menoscabar nuestra libertad de movimiento por aquellos lares. No creo que en ningún momento nos hubiéramos pronunciado al respecto por esa cuestión, no era necesario. Lo sentíamos, hablo por mí, como algo instintivo, que nos llevaba a respetar las normas familiares.

La primera vez que fui a Marbella debió ser en la primavera de 1961, en marzo o en abril, es decir, en una época ya de clima agradableÉramos aún unos chavales, porque  íbamos ataviados con  pantalón corto. El camino que nos conducía allí nos ocultaba la belleza del lugar hasta pasar la última curva a la izquierda. Entonces se abría a nuestros sentidos todo tipo de sensaciones: el rumor del agua y la visión de tan maravilloso edén. En el centro del nacimiento de agua, había una serie de piedras planas a modo de plataformas, que parecían isletas, donde casi siempre podían verse varias mujeres con sus tablas de madera lavando ropa. En el vértice de la curva, a la derecha, se alzaba un manzano y una caseta de obra donde debían guardarse los aperos de labranza.





Por una vereda, que se hallaba a la derecha del camino, pasábamos a los huertos sin que pudiéramos apreciar el límite de aquella amplia extensión de terreno de una riqueza y colorido exuberante. Por toda la zona, encontrábamos“caballones”, que no eran otra cosa que rectángulos abiertos con una pequeña boca, por donde entraba el agua cuando regaban. Eran las trampillas que comunicaban con el canalillo de riego. Ver esparcirse el agua en el huerto y seguir el recorrido marcado por los caballones era un espectáculo para mí. Cuando comenzaban a inundar la tierra, las primeras aguas parecían lentas, como si se pararan un poco pensando dónde ir; el nivel del suelo las encarrilaba y avanzaban por aquellos estrechos carrilillos para filtrarse en la tierra poco a poco hasta dejar una mancha húmeda. Las semillas tenían ya suficiente para beber y crecer.



En esta época fue la primera vez también que estuve en el Vadillo, Vajíllo, Vahíllo, Bajillo2 o como se llamara, un topónimo muy utilizado por nosotros, del que nunca me preocupé de saber cómo se escribía. Imagino que debía ser “Vadillo”, ya que se trataba de un vado o lugar para cruzar el arroyo que por allí pasaba. La razón era que su recorrido se desarrollaba por un  cauce más o menos profundo y no era tan fácil pasar al otro lado del terreno, sobre todo para el que llevaba bestias. En el Vadillo lo que el arroyo perdía en profundidad lo ganaba en anchura, de forma que podíamos estar en medio del agua porque nos cubría sólo hasta los tobillos y, con los zapatos en las manos. Allí mirábamos atentos si bajaban peces o cualquier otro tipo de alimañas. Aquel era un lugar paradisíaco. Las dos riberas del arroyo estaban jalonadas por altos árboles  que, con sus  frondosas copas, que se unían en primavera, proporcionaban una sombra muy agradable. En ellas se cobijaban numerosas especies de pájaros, cuyos trinos no cesaban, amenizando melódicamente nuestra estancia allí. Entre las hojas se filtraban algunos rayos de sol que le daban colorido y alegría a aquel lugar. Recuerdo que en una de esas visitas de tobillos mojados, alguien gritó que por el agua bajaba una culebraAquel grito fue como una alarma general que a mí particularmente me provocó mucha inquietud y puse mis cinco sentidos en el cauce para tratar de localizar alguna que pasara junto a mis pies. En realidad, todos nos aprestábamos a buscar el dichoso reptil nadador, pero tengo que reconocer que lo hacíamos algo acongojados y que nunca vi ninguna culebra, pero alguno de mis amigos sí dijo haberla visto.

Recientemente se lo pregunté a nuestro amigo Antoñin el Socatillo (Antonio Martos) en una de sus visitas a esta ciudad donde vivo ahora. Saqué a colación el tema de las culebras pensando que mi memoria me podía confundir y jugarme una mala pasada y que lo de las culebras podría haber sido un engaño de mi imaginación; sin embargo, no fue así. Antoñín me confirmó que había bastantes culebras en aquel lugar, aunque yo nunca viera ninguna.

En esos paseos por Marbella, otro de los lugares que acostumbrábamos a visitar era el huerto de Miguel, primo hermano, creo, de nuestro amigo Miguel Ángel Jurado Malagón. En temporada de frutos y durante las visitas vespertinas, merendábamos allí con los tomates, pepinos, y todo lo bueno que daba la huerta. Miguel era un buen amigo y nos ofrecía los mejores manjares que tuviera. Las meriendas eran sencillas pero inigualables: hortalizas, aceite, vinagre y sal, ¿qué más podíamos desear?


(En Marbella. De izquierda a derecha, José PérezOrtiz "el Rubio", José Jiménez Ordóñez, Antoñio Arjona Ortiz. En cuclillas, José Arjona Ortiz y Luis Gil Amores)

Cuando regresábamos al pueblo, el postre lo cogíamos directamente del manzano al que me refiero anteriormente, que se hallaba junto a una caseta de obra. Las manzanas que “mangábamos”, una "per cápita", eran para auto-consumo. Con ellas nos refrescábamos y endulzábamos la boca y eso nos ayudaba a subir con más vitalidad y optimismo la pronunciada pendiente del camino de tierra que desemboca cerca del pueblo y converge con la carretera por donde entra actualmente el autobús, en la misma Cruz de Marbella.



              Burros enteros de cuatro patas


En mis primeros meses de estancia en Luque fue cuando escuché por vez primera la palabra  “Capaores”. Debió de ser alguno de los compañeros de la escuela del Maestro de El Algarrobo, que se hallaba entonces en la calle El Prao, el que nos la dijo. Esa palabra, nueva para mí, rechinó entonces en mis oídos y estuve un tiempo dándole vueltas a la cabeza pensando qué podría significar aunque, obviamente, la asocié con el verbo 'capar' sin estar muy seguro de ello. Por eso, le pregunté a un compañero y amigo, Manuel Castro R., por el alcance de aquel significado. Él me explicó que los capaores iban todos los años a capar animales, es decir, a“desactivar” a los machos y hembras, con el fin de que no pudieran reproducirse. (¡Bueno!, estas son unas palabras más suaves que las que solíamos manejar). De todo animal con capacidad de perpetuar su especie, o sea, no capado, se decía que estaba “entero”.

 Castro, en uno de sus golpes cachondos, me preguntó sobre si yo estaba entero. Tras dudar un momento y, como no notaba que faltara nada en mi cuerpo, le dije que creía que sí, pero lo hice con una sombra de duda, inseguro. Aquella respuesta fue motivo de chanza y diversión, porque se dirigió a los demás colegas y gritó aquello de “¡Luis no está entero!”, repitiéndolo varias veces. Yo también me reía, participando de aquella juerga en la que, sin querer, era el protagonista.

En Luque, que yo supiera, había dos burros que mantenían sus atributos intactos. Uno ejercía de semental, –el burro padre de la fábrica de la calle Alta-; el otro tuvo la desgracia de no haber sido castrado y su actividad sexual era nula, pero su vigor lo demostraba cada vez que alguna burrilla se ponía al alcance de su olfato y/o de su vista. Éste no era otro que el burro de Changanilla.

Respecto al primero, recuerdo que un día, al regresar de Marbella, tras subir el polvoriento camino que discurre paralelo a la carretera que da a Zuherosy llega a la Cruz, vimos que al lado de la fábrica, en una ligera pendiente, ocurría algo extraño. Nos acercamos al lugar donde ya se encontraba un matrimonio de mediana edad, que también había subido de las huertas. La mujer iba montada en una borriquilla.
La escena era la siguiente: una yegua, sujeta por las riendas, esperaba a que le hicieran algo. De la era/cuadra de la fábrica, salió el borrico padre quien, al ver a su amada, comenzó a manifestar sus alegrías. Tras ponerlos paralelos y darle una vuelta alrededor de la hembra y consiguiente restregón lateral, el burro desplegó toda su artillería.

Una vez llegado a ese punto, el mamporrero, con una asombrosa habilidad, hizo que el hilo quedara ensartado en el ojal de la aguja. El borrico apretó sus patas delanteras contra las costillas de su montura y alargaba el cuello como si quisiera tenerlo semejante al de una jirafa para, quizás, susurrarle al oído algunas frases de amor o alguna picardía. Tras unos segundos de infinita pasión, le echó un pespunte y se acabó lo que se daba. El macho se bajó. Arrogante y presuntuoso miraba a la concurrencia y parecía decirnos: ¡¿Veis qué faena acabo de hacer!?

 Una vez terminada su función, enseguida lo metieron en su corral. Así discurría su vida entre el aburrimiento y el placer. Los comentarios respecto a esta actuación fueron muchos y variados. La señora mayor le decía de vez en cuando a su marido: “¡Vámonos de aquí, que luego en casa, no hay quien te aguante!”. En otra ocasión llegamos justo en el que la "función" había terminado.


Pasados unos días, fuimos a visitar a aquel macho Alfa, que se había convertido en nuestro héroe. Nos encaminamos a la fábrica y buscamos un muro bajo, de la parte posterior, que da al Calvario. Por su escasa altura nos permitía ver el interior del recinto. En medio de una explanada, parecida a una era, se erguía aquel portentoso macho. De pie e inmóvil nos mostraba su elegante figura. Era esbelto, de pelo blanco grisáceo, con aire de pertenecer a una familia de rancio abolengo2: un “aristoburro”. Su aspecto general  lo hacía brillante, deslumbrante, con una mirada  cautivadora. De su hocico salían unos rebuznillos delicados y seductores a la par que movía sus orejas y jopo con suavidad y simpatía manifestando sus ganas de jugar. Juguetón y graciosillo así era el semental, un prodigio de la naturaleza, que reunía todas las condiciones para que las yeguas lo desearan como pareja o las más viejas, como yerno. Era el BURRO número uno entre los burros, el burro Alfa. Tan bello que el caballo de Calígula a su lado podría parecer el mismísimo borrico de Changanilla.

 Aquel extraordinario ejemplar nos miró con desdén, dijo algo que, traducido del idioma “burril” al castellano, debía significar: “¿¡A qué habéis venido aquí, pandilla de pajilleros!? Ya os conozco, os vi el otro día cuando ejecutaba mi trabajo que, por cierto, fue una magnífica actuación y lo sabéis”. Giró a la izquierda y entró en el lugar que debía ser su comedor/dormitorio, sin despedirse siquiera.


 El otro burro entero no era sino el burro de Changanilla, que, por no haber sido capado, en sus atributos llevaba su pena y su condena. Este burro era muy conocido y querido en el pueblo. De los muchos espectáculos protagonizados por él, que tuvimos ocasión de ver, me quedo con el de la fuente del Paredón.


Sobre el mediodía de un día de verano caluroso, estábamos en la Plancha, en el banco de piedra, que se encontraba a la izquierda según se entraba, bajo un árbol, cuya sombra se proyectaba a aquella hora casi por todo aquel asiento. Allí nos reuníamos muchas veces un grupo de amigos, casi todos compañeros de estudio: Rafa, Castro, Toleo, Alfonsillo, Rafalín Navas, José Mari, los Aledo, los Letris, Antoñín  Arjona  y otros que no recuerdo. No es que todos los nombrados coincidiéramos los mismos días ni a las mismas horas, siempre fallaban unos cuantos, yo entre ellos, pero aquel era un buen sitio para cobijarse del ardiente sol en un día de verano o, por lo menos, caluroso. Además, a mí me gustaba mucho oír el rumor del agua de la fuente. Era un sonido que me abstraía. Me  gustaba centrarme en sus cambios de tono, ya que variaba según estuviera el líquido cayendo sobre las piletas o se estuvieran llenando cántaros.


 La fuente del Llano, llamada Fuente de la Libertad, aunque yo por aquel tiempo ignoraba ese nombre, tenía adosado un pilón con las paredes interiores cubiertas de capas de verdín. Aquellas plantas llegaban a tener unos filamentos tan largos que parecían cabellos que se estiraban cuando la corriente de agua aumentaba y se retraían al llenar cántaros. Aquel maravilloso rumor duraba las 24 horas de todos los días. Transmitía paz, frescura, descanso.

Otro elemento que recuerdo muy relacionado con la fuente era el tábarro, aquel bicho volador e “hinchahuevos” (solíamos expresarlo de otro modo más ordinario). Con su ágil vuelo saltaba de un lado para otro y se posaba muy cerca de nosotros, puesto que la humedad, la sombra y el verde jardincillo eran un atractivo para aquellos insectos. A pesar de su insignificancia y “vestimenta de presidiario”, a rayas amarillas y negras, eran unos animalillos que suscitaban inquietud en muchas personas. Casi nadie los quería cerca; no nos fiábamos de ellos, pero tampoco nos íbamos cuando estaban cerca. Era un modo pacífico de convivencia en el que lo principal era dejar bien claro aquello que le decía el paciente al dentista, cuando lo agarraba por cierta parte de su cuerpo: “¿A que no nos vamos a hacer daño ninguno de los dos?”

Un día vimos que a la fuente del Paredón llegó un hombre con una borrica que llevaba en su lomo unas “aguaeras” para  cuatro cántaros. Aquel hombre comenzó a poner aquellas grandes vasijas sobre las piletas de la fuente. Todo discurría tranquilamente hasta que se oyó  una voz que decía: “¡Adiós, la que se va a liar aquí!”.Todos miramos para la calle La Fuente y vimos, alarmados, que venía el borrico de Changanilla, a punto ya de llegar a la altura de la Plancha.

Este macho, en cuanto advirtió la presencia de aquella burrilla, aceleró el paso y Changa, a duras penas lo frenaba con las riendas. El burro perdió la razón, se volvió loco al tiempo que su “lanza” se desplegaba. La burrilla se puso inquieta; el borrico, fuera de sí, que parecía no sentir el freno que llevaba en la boca, era un proyectil disparado, imparable. Sus ojos tenían una mirada casi humana; su desesperación llegaba hasta el paroxismo. A veces parecía suplicar: “¡Dejadme un poquito, por fi!”

  Llegó un momento en que, al no poder acceder a su hembra deseada, la tensión de la cuerda que lo sujetaba era máxima y parecía que se iba a romper y provocaba que se levantara de los cuartos delanteros cual caballo encabritado. La aguja de su brújula lo mismo apuntaba hacia Morellana, hacia el Castillo, hacia la calle La Fuente…, a todos los puntos de la Rosa de los Vientos señaló con su instrumento. El dueño le daba palos por todos lados, hasta por la aguja “brujulera”. Así, a base de golpes, poco a poco se fue volviendo a la calma.

Esta escena me dejó conmocionado, impresionado. Nos reíamos del hecho que acabábamos de presenciar, pero en mi interior me solidarizaba con el burro, sentía algo de tristeza por la frustración sufrida. Creo que mis compañeros pensarían de modo parecido, porque nuestra risa no era muy auténtica. La parte del genoma que es común a burro y hombre nos hermanaba, la empatía era casi total.

 Posiblemente, cuando nos llamamos “burro o borrico” unos a otros, debe ser porque a veces predomina en nosotros la parte “burril” sobre la humana. Desde siempre se ha hablado mucho del borrico o burro de dos patas. Los más cultos suelen decir “asno”, pero, bueno, no estamos muy lejos y, entre burros, tampoco hay que andarse con finezas.

El borrico de Changa era un animal entrañable, trabajaba todos los días, recorría casi todas las calles en una jornada normal para él, que parecía interminable. Al anochecer, pienso, debían meterlo en su cuadra y allí podría comer paja con, quizás, unos granos de cebada. Con suerte podría encontrarse una gorda cucaracha en el pesebre que, confundida entre la paja y algún granillo de cereal, debía saberle a gloria, sería como un “moncherí” para un borrico bípedo.

En fin, que aquellos dos animales también convivían con nosotros, cada uno en su ámbito; cada uno con sus glorias o sus penas formaban parte de nuestro paisaje, sobre todo el de Changanilla por la frecuencia con que lo veíamos; el otro, el de la fábrica, imagino que solamente salía de su espacio reservado para procrear y, finalmente para ir al matadero. De sus carnes, pudo salir un rico salchichón, aquel embutido de color rosa, salpicado de motas de un blanco sucio y de granitos de pimienta. Parecía carne y tocino, crudos y picados, de burros más o menos sanos. ¡Cualquiera sabe de qué hacían aquella medio repugnante mezcla, embutida en un trozo de tripa!



Globitos


En algunos de mis escritos publicados con anterioridad, me refería a la tranquilidad que reinaba por las calles de Luque. La práctica ausencia de coches permitía que, por ejemplo, las cuatro esquinas se constituyeran en una especie de foro, de punto de encuentro. Lo mismo cabe decir de otras calles: Velesar, PraO, Alta, la Fuente, etc. Por el Llano, además de los taxis de Agustín y Rafalito, pasaba el coche de línea, vamos, el bus y alguno de los pocos Seat 600 que comenzaron a llegar al pueblo. Creo que Rafalito el de la tienda tenía un Renaul Ondine, coche conocido como “El coche de las viudas”, por su supuesta propensión a los accidentes debidos a su inestabilidad. Solía estacionarlo frente a la plaza del mercado bajo un árbol que ya no existe y del que ya narraré otra historia.

Con este preliminar quiero destacar que cualquier variación en lo acostumbrado a ver cotidianamente llamaba mucho la atención. Cualquier forastero que anduviera por las calles era una peculiaridad.  Uno de esos casos se debió a “Globitos”.


Junto a la fuente del Paredón vimos un día a un hombre joven, que debería tener entre veinte y mucho y treinta y pocos años. Era bajito, de cabeza casi esférica, pelo ensortijado, grasiento y aplastado contra su polo norte, tez morena, ojos negros y mirada inquieta y pícara. En el polo sur su cabeza descansaba sobre la peana de su cuello y hombros –como la de todos-. Vestía ropa vieja y algo sucia. En una de sus manos portaba una especie de caña o palo donde llevaba sujetos unos globos, de ahí el apodo con el que lo bautizamos. No hablaba mucho. Le hacíamos preguntas y casi siempre, en vez de palabras, respondía con sonrisas o con un sí o un no. Lo que sí nos dijo era que se hospedaba en “La Posá de Cañete”. Siempre llevaba un cigarro en la boca, observaba mucho mientras reía y giraba la cabeza en todas direcciones. No perdía detalle de lo que había y ocurría a su alrededor.



Lo que nunca supimos es cómo llegó Globitos al pueblo. Quizás viniera caminando o enganchado detrás de un camión -por entonces se veían algunas veces a personas que viajaban así. Aquel hombre joven no tenía pinta de haber venido en el coche de línea porque no debía tener dinero. A pesar de su rara forma de ser y de su aspecto, Globitos nos cayó bien. Un día o dos más tarde de su estancia en Luque, nos enteramos de que en la posada habían sustraído la cartera a un huésped. Más tarde supimos que el sospechoso no era otro que Globitos, al que detuvieron. Sobre las tres de la tarde de aquel mal día para él, me encontré en las Cuatro Esquinas con Ramoncillo. Llevaba una fiambrera grande y una cuchara, servilleta y quizás un plato de loza blanco. Le pregunté que adónde iba; me respondió que “a la cárcel”, a llevarle un plato de cocido a Globitos. Nunca había oído que en el pueblo hubiera un sitio de esos. Total, que lo acompañé. Yo iba algo cohibido y con temor por llegar al lugar de destino, pero, finalmente llegamos y vi que se trataba de una casa de la calle Los Álamos. Una de sus habitaciones, con una ventana a un patio, era la “celda” donde lo tenían encerrado.



Cuando el encargado abrió la puerta y “el preso” vio el regalo de la comida, se le iluminaron los ojos como dos ascuas al rojo vivo. Jamás vi comer a nadie con las ganas que mostró. En cuanto tuvo el recipiente a su entera disposición, prescindió de la cuchara y sin más preámbulos, se bebió la sopa y demás alimentos sumergidos en la misma. En un instante terminó el condumio. Esa misma tarde, creo, la Guardia Civil lo llevó a Baena para ponerlo a disposición del Juez de Instrucción.

Es cierto que ignorábamos cómo llegó Globitos a Luque; sin embargo, sí supimos con certeza cómo se fue.


Muchas veces me pregunté sobre la actividad de Globitos en Luque. Que era un descuidero se encargó él mismo de parecerlo. La venta de globos parecía no tener justificación porque, en su breve estancia en el pueblo (2 ó 3 días), no hubo festividades de ningún tipo, ni siquiera un fin de semana. Yo era demasiado joven para deducir que no me cuadraba aquel negocio; eso le pensé pasados ya unos años. Cuando me fui de Luque, cavilaba en muchas sobre cosas que me había dejado atrás, entre ellas se encontraba este curioso personaje. Mis reflexiones giraban en torno a la venta de aquellos globos que, supuestamente, no iba destinada a los niños. Por entonces la sexualidad, en lo que a hablar sobre ella de una forma abierta, era un tema tabú.

¿Los vendería a los adultos para que pudieran preservarse de algo que solían hacer y, así, evitar situaciones embarazosas? ¿Los vendería sueltos o en paquetes, como se vendían los celtas cortos y otras marcas en el estanco de Rabadán y quioscos de Rosario y Manolo? Una peseta = 4 celtas – 5 duros =  5 globos.

Las familias numerosas abundaban. Había métodos naturales, pero aquellos no debían bastar. Hablo de remedios que dependían del conocimiento, la actitud y voluntad de los intervinientes en el momento en que culminaba cualquier actuación sobre este asunto tan comprometido y placentero. Tal vez por ignorancia, conocimiento defectuoso, incapacidad para renunciar al final de los momentos cumbres, etc…, podría haber fallos en los sistemas. Algo no carburaba.

Me refiero a las siguientes opciones:

Método Ogino.- Entre el desconocimiento y los errores en el cálculo de fechas, aquel método era un coladero. Me resulta raro pensar en errores de cálculo, nosotros que utilizábamos un sistema de medidas verdaderamente genial. Me refiero al sistema de nombre tan español como es “A ojo de buen cubero”, de cuya exactitud no cabía la menor duda.

Coitus interruptus o marcha atrás. Esto sí lo entendíamos bien (me refiero a la teoría). Hacía falta una determinación y/o voluntad de no apurar la jugada, pero siempre se cometía penalti y… ¡gol!

Adminículos. Puede ser que oyera a nuestro amigo Antoñín el de la farmacia hablar de semejante palabreja, de la que entendía solamente sus dos sílabas finales, tanto en singular como en plural. Pasaron unos años y aquel término aparecía y desaparecía de mi memoria (como si del Guadiana se tratara), hasta que un día miré el diccionario de la RAE y comprobé que entre las varias acepciones que tiene, una de ellas es preservar. De preservar a preservativo solamente sobra una “r” y falta una “t”.

Respecto a nuestra experiencia personal en esos asuntos, tengo que decir que éramos “practicantes solitarios en primer grado. Con la edad nos vamos desarrollando y, cuando llegamos a la pubertad, comienza a funcionar una de las tantas partes de nuestro organismo que despiertan a la vida, aunque yo creo que siempre estuve despierto. Me refiero al sistema reproductor que, mirándolo bien, se manifiesta igual que el funcionamiento de una olla exprés.





La olla exprés, dotada de un pitorro  y una pesa en la tapa, llena de agua y algo más y puesta al fuego, comienza a acumular calor, y más calor, y venga calor. Llega un momento en que produce vapor, la presión sube y sigue subiendo. Por el pitorro comienza a expulsar el exceso de agua gasificada, levanta la pesa y ésta comienza a subir y bajar al tiempo que gira locamente. Así se iba cociendo la comida, así se iba disparando la libido en los cuerpos de todos, adolescentes y adultos. Finalmente, con la mano, siempre la mano, se quitaba la dichosa pesa y salía un chorro de vapor proyectado hacia delante y para arriba.


       
  Momentos concretos sobre vapor y la sinfonía de “El Pájaro”


Entre nuestras zonas preferidas, como ya he relatado en otras ocasiones, estaban la Cueva de la Encantá3 y La Pedriza. Lo mismo bajábamos a las entrañas de la primera que subíamos al lomo de la segunda. La cueva era el sótano y el lomo hacía de ático. Recuerdo que arriba, en aquella meseta, las puntas romas de las rocas sobresalían formando pequeños islotes y, entre ellas, espacios de tierra donde crecían jaramagos, cardos borriqueros, ortigas, margaritas pequeñitas y color azafrán, etc... en lo que a la flora se refiere. Hormigas, escarabajos, cochinillas, arañas, lagartijas..., entre su fauna.







Sobre aquellas piedras nos solíamos sentar como los indios de la Tribu del Pinzón (Ortan Chibri -chíviri4). Allí hablábamos, fumábamos y reíamos. Aún vestíamos pantalón corto. Tendríamos unos 14 ó 15 años. Una vez uno de nosotros hizo como que se levantaba (fue un movimiento raro y rápido), su mano pareció que se la llevaba al bolsillo y volvió a sentarse. Cuando lo vimos, nos quedamos de piedra. Aquel compañero tenía “su pájaro” en la mano. Nos explicó que iba a utilizar aquello para que viéramos cómo se interpretaba una especie de sinfonía de Flauta Bartolera (En recuerdo a Bartolo el de la Flauta). Aquella pieza musical se podía titular “La sinfonía del Pájaro loco”. Estábamos algo desconcertados porque aquello no se nos habría ocurrido nunca, ¡digo yo!, a ninguno del resto de los presentes, no parecía ni el sitio ni el ambiente apropiado para tocar la flauta. Expectantes esperamos a que comenzara a manejar su batuta. Tras afinar sus notas con una maestría y habilidad sin parangón, aquel amigo se centró en lo que él consideraría iba a ser una obra de arte. Con rapidez se puso a ejecutar la melodía. La pesa de la tapa de su olla estaba loca, moviéndose al ritmo que él le marcó. Así, enseguida, llegó al momento del desenlace y el vapor de sus notas musicales se proyectó hacia delante.Todo quedó quieto, en silencio, era como si no se movieran ni las primillas ni los grajos, como si el  planeta hubiera enmudecido.




 Con uno de los testigos de aquella interpretación tan procaz, lo he hablado en alguna ocasión. Nos hemos reído bastante de aquella ocurrencia y nos hemos preguntado acerca de cómo pudo suceder aquello. Pero debió gustarle, porque días más tarde volvió a repetir la misma música machacona.

El nombre de su acción es el de hacerse algo que se llama como un trozo de tallo de cereal seco, segado y trillado, que comen las bestias.

Este amigo/“testigo” era muy elegante en cuanto a esas denominaciones se refiere, solía llamarlas “gallarda”, expresión más culta, más fina y menos agresiva.

Estas solitarias actuaciones deben provenir de Adán cuando en el Paraíso se hartó de manzanas. Se comió la serpiente con la manzana en la boca, miró a su “Costilla” y también debió devorarla. En fin, que fue el precursor de todo lo relacionado con estas armas tan poderosas como son las tentaciones sexuales. Guerras y crímenes de todo tipo se han producido guiados por el fuego de la pasión o por las bajas pasiones. No quiero olvidarme de lo emocionante que debía ser vivir en Sodoma y Gomorra.



NOTAS
Nuestras excursiones a Marbella eran muy frecuentes. Unas veces las planificábamos en cinco minutos, otras se debían a una causa indirecta, coger allozas por poner un ejemplo. Nos dábamos buenos atracones de almendras verdes con el consiguiente dolor estómago. Recuerdo un empacho de allozas que me propició un tremendo dolor de tripa. Creía que iba a morirme. ¡Anda que no di vueltas por la acera que une la Torre Parroquial con la que fue la Oficina de Correos! Eso me sucedió al regreso de un paseo “almendrero”. Cogí tal empacho de allozas que, quizás, sulfató para siempre mi sistema digestivo.

Como hablo de excursiones, paseos a algunos lugares, no quiero dejar de mencionar algunas que siguen presentes en mi memoria. Cuando estudiábamos en la Aurora, solíamos dar paseos durante las tardes. Aunque no lo hacíamos siempre, recuerdo algunos y a las personas con las que paseaba.

 Una tarde fuimos a Zuheros y dimos una vuelta por aquel precioso pueblo. Como no había problemas con el tráfico, campábamos a nuestras anchas por la carretera, teniendo en cuenta las precauciones que tomábamos en las curvas cerradas que hay saliendo de Luque por la calle La Fuente, y otras que había más adelante.  Quiero recordar a algunos de los que venían: Pedro Caballero, Isabel Navas, la hija de un brigada, que era alta y fuerte, Estrella y Timoteo, quizás ya fueran novios por entonces, Mercedes Ontiveros, Paqui Calvo, Marcelino, El Rubio, Antonio Arjona…
Otros veces nuestros pasos nos llevaban al Patín y desde allí a la Pata o a la Fuente de la Reina. Estábamos casi los mismos que en paseo a Zuheros. Allí saltábamos altura. Recuerdo a Pedro Caballero que, cuando yo saltaba, se reía de un modo muy socarrón. ¡Buenos ratos fueron aquellos!

2 “de rancio abolengo” lo escribíamos en los dictados del Maestro. Me gustaba aquello, sonaba bien.

Cueva de la Encantá. Aprovecho estos interesantes recuerdos maniobreros para recoger uno de los momentos más graves de la historia de la Humanidad, que llegamos a vivir en el año 1962.En octubre de aquel año, los americanos detectaron que en Cuba los rusos estaban montando plataformas de lanzamiento de misiles. Vivíamos, sin darnos cuenta, en un mundo que ya se había quedado pequeño. Las armas nucleares habían determinado un antes y un después en el planeta que habitamos. La destrucción masiva ya no era ficción. Hiroshima y Nagasaki habían sido bombardeadas con sendas bombas atómicas. Los rusos, por los años 50, construyeron otra bomba mucho más destructiva: la bomba de Hidrógeno o bomba “H”. Kennedy ordenó el bloqueo de Cuba para evitar la llegada de material militar a la Isla. Hubo un pulso terrible entre americanos y rusos.¿Y qué tiene que ver este pasaje de la historia con Luque? La situación debió de ser tan extremadamente peligrosa que, sin comerlo ni beberlo, el mundo estuvo en trance de un terrible enfrentamiento. Recuerdo que yo tenía 13 años, estaba con mis amigos en la Ermita del Rosario, don Pedro el párroco habló en su homilía sobre lo que podía esperarnos. Nunca vi tanto miedo. Con mi edad tan temprana mis razonamientos iban paralelos a las ocurrencias que me venían a la cabeza, pues yo buscaba una solución para que nos escapáramos del horno en que podía convertirse el planeta y me decía: “¿Y si nos metemos todos en la Cueva de la Encantá?” Allí no habría peligro. ¡Qué ingenuo era! Por lo menos aquello me tranquilizaba.

Ortan chibri: así llamábamos a la canción de los scouts titulada "Ortan chíviri", que cantábamos mucho por aquella época.


Algunas fotos del pueblo son de la página de José Baena Moreno, www.enluque.es








lunes, 21 de septiembre de 2015

Breves historias de mi vida en Luque



             (Vista panorámica de Luque en los años 70.  Foto de Antonio Navas Jurado. www.cristobalpoyato.com
                                                                             y www.enluque.com)


                                                                                                              "  Llegará un día en el que los recuerdos serán                                                                                                                                       nuestra  mayor riqueza".

                                                                                                                                                           Paul Géraldy



Es primero de marzo de 1961, tengo 12 años y acabo de llegar al pueblo que sería el mío, Luque. Había vivido ya en muchos otros y, pese a mis pocos años, sentía unas ganas enormes de permanecer en una casa y en un lugar durante un tiempo suficiente como para pensar en echar algunas raíces, tener amigos y recorrer espacios donde sentirme a gusto sin pensar con congoja en que cualquier día podía sufrir otro cambio, otro traslado. Esa posibilidad de tener que abandonar una nueva localidad, no dejaba de inquietarme.


                       (Confluencia  calles Alta y Marbella de Luque. De Fotografías de Luque)

La calle donde nos instalamos se llama Joaquín López Molina, pero en el pueblo se la conoce como la calle Marbella. Es una empinada cuesta que nace en las cuatro esquinas y termina en la calle Alta, en un ensanche donde se alza una fuente, rodeada por un pequeño jardín. A esa altura, a la izquierda, recuerdo la panadería del padre de Enrique Baena (El Negro); en el chaflán que separa la izquierda de la derecha, tiene Paco el Herrador (Jerraor) un local donde se “calzan” a las bestias y  en el lado derecho, vive Laureano el del vino...  Allí se vende el aguardiente dulce y seco, que ya tuve ocasión de “probar” en el anochecer de un imborrable sábado de 1966.

 Siguiendo hacia la salida del pueblo, se encuentran el cine de verano, el colegio de las monjas del Hospital y la calle que enlaza Belasar con la calle Alta. Por allí, paseo solo en algunas ocasiones; en otras, la mayoría, en compañía de mis amigos. Durante este recorrido por la calle Alta, dejo a mi derecha la calle Belajarros, conocida en el pueblo como Bailajarros. A esa altura se levanta un molino, que era el “hogar” de Burro “Padre”, semental destinado a una grata tarea: embarazar a yeguas y burras (¡Aquella era su dedicación exclusiva!)


(Cruz de Marbella. Foto de L. Gil, Luis Gil, Antonio Arjona con su sobrino Laureano y José Pérez)

Una vez que llego a la Cruz de Marbella, la carretera existente se bifurca. A la izquierda, se abre la que lleva a las Delicias, lugar que para mí fue, y sigue siendo, un santuario, un paraíso, al que hay que ir caminando con sosiego para disfrutar del paisaje que la escolta y adorna a izquierda y derecha: olivos, almendros, bayas, sembrados. Beber el agua de su fresco pozo, gozar de la sombra de los árboles que se proyecta sobre la verde hierba, tumbarme sobre ella y oler su fresca humedad es algo que no tiene precio y que se ha convertido para mí en un escenario con un significado sustancial, un sitio inmemorial que siempre estará en mi recuerdo y que despierta emociones que, no por repetidas, se presentan como si fuera la  primera vez que las percibiera. Son sensaciones, que me producen un intenso calor que me sube del pecho a la garganta y se me  anudan, llevándome con rapidez supersónica a recuperar el pasado, aunque para ello no tenga que comerme, como Proust, una magdalena


(Luque desde Las Delicias. Foto cedida por Cristóbal Poyato. www.cristobalpoyato.com)

En este lugar, Luque y en su entorno, rodeado por lomas, sierras, tajos, montes, peñas, donde se levanta el colosal castillo Albenzaide, el Tajo del Algarrobo, La Pedriza, el Peñón de la Pita... y, ¡cómo no! la majestuosa iglesia parroquial, Nuestra Señora de la Asunción, denominada por su grandeza, como no podía ser de otra forma, "Catedral de la Subbética", y tantos y tantos lugares, que iré rememorando a lo largo de este breve historia, viví parte de mi niñez y de mi adolescencia. Aquí eché raíces y conocí a amigos que nunca he olvidado. Con ellos o solo, pateé y exploré todos y cada uno de sus mágicos rincones, que, desde ese momento, se han convertido en habitantes perennes de mi memoria, acompañados de sentimientos de alegría o tristeza, con los que se llenan de nostalgia mis recuerdos.


           (Casa y pozo de Las Delicias. Foto cedida por Cristóbal Poyato. www.cristobalpoyato.com)


Uno de esos recuerdos imborrables está relacionado con la Parroquia, a la que accedí como lugareño-turista un día cualquiera de los muchos en los que deambulé por el pueblo.



1. La Parroquia



                     (Interior de la Parroquia Nuestra Señora de la Asunción de Luque.
                                                 Foto de la página www.cristobalpoyato.com)



Sobre las cuatro de la tarde salgo de mi casa, bajo la calle y me encamino a la Plaza. Hace algo de calor y no se ve a nadie. Como no me encuentro con ningún conocido, por un momento pienso si ha sido una buena idea salir a aquellas horas intempestivas. Envuelto en mis pensamientos, fijo mi mirada en el esplendor arquitectónico de la Iglesia Parroquial, que pone una nota de arte y gloria en el Llano. Como un autómata atraído por su majestuosidad y su misterio, me dirijo hacia su escalinata de acceso. La subo y, sin dudarlo un momento, entro en el templo. El contraste de la luz exterior con la oscuridad del lugar me impide, apenas atravesado el umbral, admirar en toda su plenitud la belleza y la espiritualidad reinantes en cada rincón, en cada capilla, en cada columna, en cada adorno del artesonado del recinto. El frescor me envuelve y un leve olor a incienso me recuerda que estoy en un lugar sagrado. Por la parte del coro, paseo y, desde el pasillo central, miro el altar y el retablo y me quedo extasiado por su divina hermosura. Un ligero golpeteo de madera me libera del éxtasis. “Alguien ha debido salir por la puerta que comunica la iglesia con la casa parroquial”-me digo-, y me siento un rato más en la fila de bancos de los hombres, para seguir inmerso en aquella soledad gratificante, en aquella  sensación seductora, en aquella quietud, adobada de aromas, que emanan las imágenes, que a derecha, izquierda y enfrente, se hallan como observándome, como si esperaran mi visita y se alegraran de verme. Al rato, alguien entra, cruza las naves y se adentra en la sacristía. Momentos después se dirige al campanario y comienzo a escuchar el doblar del esquilón. “La muerte no deja de hacer su trabajo”, es mi reflexión. Me incorporo y abandono el templo, adentrándome de nuevo en el fluir de la vida terrenal.



 2. El Terraplén



(Foto de M.Jiménez de www.enluque.com)

Una vez en la calle, no tengo claro dónde ir, aunque lo pienso bien y decido dirigirme al Terraplén. Estoy seguro de que me encontraré con algún amigo, ya que este lugar era un punto de encuentro de la chiquillería de entonces. Allí casi siempre había chavales, compañeros de estudios o no, jugando al fútbol si había balón, bajando a la cueva de la Encantá o trepando hasta la cumbre de la Pedriza- nuestro particular 'rocódromo'-, amplio espacio donde tantos y gratos momentos pasamos. Se hablaba, se contaban cosas, se fumaba cuando había tabaco. Tista Barona, como ya conté en otro escrito, era nuestro particular maestro de ceremonias y quien solía suscitar los temas de conversación. Resultaba divertido aquel lugar, donde, con poco, se pasaba muy bien. No echábamos en falta nada más. La compañía era lo más importante.

El Terraplén era un llano arenoso, repleto de una gravilla muy fina, ideal para las caídas y deslizamientos, debido a la lija en que se convertía aquella superficie que, en un instante, se merendaba media pierna, codos o lo que fuera si tenías la mala fortuna de dar con tu cuerpo en tierra. Contaba con una dificultad añadida en lo que se refiere a su localización. El lado exterior limitaba con el barranco que llega hasta la fábrica de abajo. 

 Por allí rodaba el balón con más frecuencia de la deseada cuando jugábamos. Lo justo era que el responsable de que éste cayera por aquella inclinada pendiente tuviera que ir a recogerlo. Aquel hecho suponía que el juego  debía interrumpirse durante el tiempo de la recuperación, que no solía ser breve, mientras el “afortunado autor” de la pérdida del balón se pegaba una gran paliza entre la bajada y subida del  escarpado desnivel, si bien el escollo mayor lo presentaba  la subida. ¡Era penosa! Yo tuve el “gusto” de bajar varias veces como casi todos. El Ayuntamiento, conocedor del problema, levantó una serie de postes metálicos y una malla de alambre del utilizado en los corrales, fino y formando hexágonos, para evitar  las continuas caídas. La altura de la frágil barrera debía ser de unos 2 metros. Por lo menos teníamos ese límite de seguridad. Algunos “espabilaos” hicieron cortes por distintos puntos de la malla y, al final, se volvió a la situación anterior: el balón se volvía a largar adonde solía, por los sitios de siempre. 

 Allí jugábamos a todo, pero primordialmente lo hacíamos al fútbol. Era nuestro deporte preferido. El equipo utilizado para este menester poco tiene que envidiarles a las equipaciones de hoy, si no fuera porque era multifuncional. Consistía en la misma que lucíamos para ir a la Escuela, a Marbella, al lateral de la Cueva de los Murciélagos, al paseo, para subirnos a un almendro a coger allozas, etc. Junto a los zapatos, formaban un conjunto muy sufrido.


                                         (Foto de L.Gil en www.enluque.com)


Comenzaré por los superpotentes, aquellos que rebosaban energía potencial y estaban locos por transformarla en cinética.

Uno de ellos era Ezequiel Pérez, un joven fuerte, alto y atlético. Trabajaba en su bar, situado en la calle Alta. Aparecía por el Terraplén de vez en cuando y en su semblante se advertía la necesidad de quemar aquel exceso energético que tenía almacenado en su cuerpo. Calzaba alpargatas de tela fina y fuerte, ideales para desarrollar sus maniobras futboleras. Aquellas alpargatas se volvían locas de contento al comprobar que estaban en el campo de fútbol.

 Ezequiel se movía con una agilidad asombrosa. Corría sin parar y le gustaba hacerlo en diagonal hacia la portería y, en un milisegundo, disparar a puerta. Su chut era de los llamado “de tiro tenso”, ya que  le imprimía mucha fuerza al balón,  trayectoria era rectilínea y, cuando chocaba contra la caída del terreno entre la Pedriza y la Cruz, hacía un socavón. Ezequiel permanecía allí un buen rato y se iba medio relajado. Tenía que volver al bar.

No hace mucho tiempo, me dijeron que había fallecido. Llegué a tener una buena amistad con él. A veces, cuando acudía al Ayuntamiento a hacer alguna gestión o a otras cosas, dábamos vueltas por el Paseo y me hablaba de sus cosas. Él llevaba el bar que existía en la calle Alta junto al chaflán que daba con el local donde su padre, Paco, herraba a las bestias.

Ezequiel parecía un tipo duro pero era una persona que, a su manera, tenía sensibilidad, lo que pude comprobar en algunas ocasiones. Yo solía pasar por su bar a eso de las 13:30 más o menos con cierta periodicidad. Siempre estaba oyendo las canciones de Raphael.

Un día, en que no había ningún parroquiano en el establecimiento, la madre le llevó la comida: un buen plato de olla y otro de japuta con tomate y pimientos verdes. Nos sentamos cerca de la ventana, al lado de un velador, rodeado de tres sillas. Sobre la mesa tenía el menú y sobre la silla libre colocó su Pickup, como decíamos por aquellos años, que no era otra cosa que un tocadiscos Bettor, que funcionaba con pilas de tamaño grande.

Yo me estaba tomando una copa de fino y Ezequiel puso una canción del famoso cantante jienense: “Yo soy aquel”. Cuando comenzó a oírse la música, Eze casi se pone firme, como si rindiera honores a la estrella de Linares. Estaba totalmente emocionado.

Una vez que terminó de sonar esa pieza, pasó a la que más le apasionaba: “Cuando tú no estás” que comenzaba así como: “No sé si el mundo es el de siempre, pero yo lo veo diferente, cuando tú no estás…..” . Casi lloraba de gusto. Se concentraba tanto que, como un robot, pinchó un trozo de palometa y giró el antebrazo para llevársela a la boca, pero se mantuvo quieto, atento a la melodía. Yo creo que hasta el pescado aquel le dijo algo así como: “No me comas todavía, no me comas por favor, hasta que termine esta música maravillosa que nos gusta tanto a los dos.”

                         (Se recomienda activar el vídeo para escuchar la canción
 "Cuando tú no estás", como música de fondo)


Así era aquel hombre y así quiero recordarlo. 

- Jesús, el hijo de Dulce, era otro coloso en el terraplén. Sus facciones angulosas y sus movimientos de manos haciendo como que se atusaba el tupé que adornaba su frente, su peculiar frote de las palmas de las manos, su silencio y concentración en el juego, denotaban que necesitaba quemar todo aquello que le sobraba: energías a raudales. Golpeaba el balón con chutes impresionantes y fruncía el ceño cada vez que iba a disparar, como si se acordara de alguien. 

Un día largó un pepinazo. Intuí que buscaba mi cabeza y, para protegerme,  la giré a un lado con la finalidad de impedir el pelotazo, pero no lo conseguí. Me dio de lleno. Lo que sentí entre la oreja derecha y la nuca fue como si me hubiera caído encima un meteorito. Creo que perdí la noción del tiempo y el espacio, mientras oía piar a los gorriones que rondaban por mi cerebro.

Entre los grandes jugadores, que destacaban por otras cualidades, voy a enumerar a los siguientes:

 El portero solía ser Pepe Aledo (en la fotografía aparece su hermano Francisco). Era un magnífico cancerbero y, además, mimetizaba a porteros como Betancort, Iríbar o Yatsin. Cuando se situaba en la portería (bajo los sin palos), flexionaba su cuerpo con las manos extendidas, y se tocaba el pie izquierdo con la mano derecha y viceversa; luego levantaba los dos brazos y los ponía en paralelo, hacía unas flexiones laterales, bajaba un brazo y con el que permanecía levantado, hacía como que tocaba el larguero a la par que saltaba. Así tomaba confianza una vez comprobado que todo estaba en orden. Lo que ocurría es que no había larguero,  puesto que las porterías eran rudimentarias, señalizadas con dos peñascos o un conjunto de piedras, ladrillos o lo que que viniera a mano, que representaban lo que podría ser la base de los postes. Para jugar un rato, tampoco hacía falta un equipamiento completo. Además, así accionábamos nuestra creatividad. Los hermanos Aledo eran sumamente habilidosos. El Baloncesto era su 2ª actividad preferida. Los recuerdo jugando a este deporte con las mismas fuerza y energía que desplegaban en el fútbol junto con, entre otros,  Agustinillo, el Hijo de Casimiro E.B.

- De defensa creo que jugaba Antonio Ortega Escribano, el hijo de Ortega el electricista. Alto y fuerte, era un magnífico central, aunque allí todo el mundo jugaba de lo que fuera (también los jugadores éramos 'multifuncionales', lo mismo que la equipación, servíamos lo mismo para un roto que para un descosido). El caso era tocar balón.

- Juan Bautista Barona era “la galerna del terraplén”. Le gustaba jugar de extremo derecho. Cuando se hacía con el balón, se notaba que sabía lo que llevaba entre las piernas, o sea, me refiero al balón. Le imprimía una rapidísima velocidad y aquella bola iba en línea recta. Corría tanto que yo muchas veces pensaba: ¡Jopé, se va a pegar un castañazo contra la Pedriza que la va a derribar!. ¡Nada,! cuando parecía imposible que centrara, allá casi sobre la línea imaginaria del fondo, golpeaba el balón y le solían salir fantásticos centros desperdiciados por el hatajo de torpes que pululábamos por el área, también imaginaria. Algunos, más que rematar, lo que querían era intentar hacer la tortuga, o sea, meter la cabeza en el tórax para que no les alcanzara el balón. De Tista me impresionaba oír su galope cuando avanzaba por la banda derecha. El sonido de aquellas zancadas rápidas y medidas, amplificado  por la arenisca, imponía. Para mí que era como Gento, aunque patease el campo por el otro extremo (Hay que recordar que a Gento lo apodaban "la galerna del Cantábrico". Santanderino de origen, jugaba en el Real Madrid de extremo izquierdo).


(En el Terraplén. Partido oficial. Años 60. Foto  cedida por José  Baena. www.enluque.es)


- José Navas era un artista. De regates cortos, le gustaba recibir el balón y se paraba pisándolo con autoridad. Erguido, miraba desafiante a sus contrarios, que éramos todos. Se apoyaba con el pie izquierdo y con el derecho, con el balón bajo su suela y esperaba el más mínimo atisbo de que alguno metiera la pata, para, con una tranquilidad pasmosa, echar el balón hacia atrás, lo suficiente como para esquivar ese conato de robo de pelota. Si el metepatas volvía a intentarlo, José escondía el balón tras el tacón del pie de apoyo. Como solía esconderlo tanto y tan bien, a veces no lo encontraba ni él, y entonces veía yo a Sebastianillo correr como un galgo con el balón hacía la portería.

- Sebastián Urbano era fantástico. Sabía llevar el balón de una forma magistral. Iba recto hacia la portería haciendo unas leves fintas con la cintura y, sin necesidad de tocar la bola aquella, dejaba a todos los que salían al paso medio partidos por la ídem. Para mí, era igualito a Manuel Velázquez Villaverde, número 10 del Madrid, donde fue considerado como su buque insignia.

- Manolo Navas era valiente, pundonoroso, potente, sacrificado, lo daba todo. Como jugador me recordaba a Pirri.

- José Mari Urbano, el Fenómeno, transmitía paz, sosiego. Con el balón en los pies era el dueño del mundo. Parecía que llevaba un calcetín de seda en lugar de zapatos. Era la Autoridad, el que sabía qué hacer con aquella cosa redonda. Tenía un chute fantástico. Lo tenía todo. Para mí que Modric, antes de llegar a ser espermatozoide, comenzó a inspirarse en el amigo José Mari.


Eloy Porras era muy fuerte y tenía buen chut.

 No quiero olvidarme de mis compañeros José Pérez Ortíz (El Rubio), Antonio Arjona, Rafalín Navas Luque, Marcelino González Rabadán, Agustín el Porterillo, Pedrín Ortega, Alfonsillo Molina, Francisquito, Toleo, Rafa, Juanillo el de la calle San Fernando, Manuel Castro Rodríguez y otros que participábamos en aquellos memorables momentos de esfuerzo y salud: mientras jugábamos no fumábamos.

Algunos de los citados formábamos un grupito que podría denominarse “de los mediocres”. Si en algo destacábamos, era por ese costillar de galgo que teníamos, peso ligero, arranque rápido y parada de burro. De todas formas éramos necesarios para hacer bulto, aunque con la intención de pasarlo bien.

 A mí me gustaba mucho jugar junto a la pared del patio de las casas de los maestros. En una ocasión me entregaron un balón y yo lo paré. Me hallaba de espalda a la portería mientras me acosaba uno frente a frente. Reaccioné rápidamente y le di un fantástico taconazo a la pelota, girándome como un rayo y logrando escabullirme. Lo malo es que no sabía qué hacer con el balón a campo abierto y, además, lo impulsaba de una de las dos siguientes maneras: o no le imprimía mucha velocidad, entonces se me quedaba atrás, o me pasaba de fuerza y no podía alcanzarlo.

Una tarde estábamos jugando en la portería cercana al castillo. Alguien lanzó un balón bombeado y yo fui a rematar con la cabeza. En ese momento sentí un golpe  brutal y seco, muy doloroso, y me dije “¡Jo…, qué balón más duro!”. Noté que algo cálido me recorría la frente e, instintivamente, eché mano al lugar y vi que manaba de la herida sangre, tanta que casi me desmayo. Me acompañaron hasta el escalón de una de las dos escuelas que estaban a la entrada del Terraplén. Así, algo más tranquilo y, taponada la herida con un pañuelo, me enteré de que había sido una piedra la causante de la brecha. Sin intención alguna, uno de mis amigos, la había lanzado desde el terreno que caía entre el llano del Rosario y el Terraplén.

Mi amigo "el escalabraor" y alguno más me acompañaron a casa de D. Paco, que me puso unos puntos y  me vendó la cabeza, pero lo hizo con tanta generosidad en el vendaje, que acabé pareciéndome a un indio de la India con aquel turbante. Me mandó para mi casa con una receta de 4 botes de Streptomicina, que me las puso don Emilio el practicante. Cuando me vio mi madre con aquel aspecto tan exótico, sintió una gran "alegría".

El día 20 de octubre de 2013, durante la visita que hicimos a Luque unos antiguos alumnos del Maestro del Algarrobo (Conchi y José Mari Urbano, Alfonsillo, Antoñín y José Arjona y sus respectivas esposas), al entrar en el terraplén, Antoñín me recordó la pared donde yo hacía como que sabía jugar al fútbol y no daba una. Al principio, me hallaba desorientado debido a la trasformación que ha experimentado el Terraplén con las nuevas construcciones, como la del Hogar del Pensionista. Luego, mi amigo me indicó el lugar exacto, donde antaño hacía yo mis pinitos como futbolista torpe. No cabe la menor duda de que yo era del grupo de jugadores de los que pueden vender los chinos a 1 € la docena. 




3. La Cripta



(De la página www.enluque.com. Foto cedida por José Baena)

Una tarde, es probable que fuera durante un regreso desde el Terraplén hasta el Llano, observamos que la puerta principal de la Parroquia estaba abierta de par en par. Era la entrada, que contaba con una gran contrapuerta de madera que, a su vez, contenía a ambos lados sendas puertas pequeñas para la llegada y salida de fieles.

Aquel conjunto era como un zaguán que aislaba el interior del templo de los rigores del frío o del calor. Además, la contrapuerta tenía asignada otra función: publicar y anunciar. Allí se colgaban  aquellos carteles en los que se informaba de efemérides y actos eclesiásticos, como por ejemplo, los que recogían información sobre la celebración del Domund. Yo recuerdo uno que decía algo así: “El domingo 14 de octubre, día del Domund”. A la salida de misa de 12  esperaban al público asistente al acto religioso, voluntarios que, con huchas, pedían donativos para ayudar a los necesitados del Tercer Mundo.

También se exhibían las amonestaciones, o sea, el anuncio de bodas, que iban a celebrarse en fechas cercanas, en las que aparecían los nombres de los contrayentes, por si alguna persona tenía algo que alegar acerca  del matrimonio, lo hiciera antes de la ceremonia. Era una prevención muy adecuada ya que alguien podría conocer, por ejemplo, que el novio ya estaba casado en otro pueblo lejano, u otro motivo de peso que pudiera exponer antes de que el sacerdote procediera a dar las bendiciones y, si no recuerdo mal, para poner la calificación que la iglesia daba a las películas que se iban a proyectar en el cine. Aquellas calificaciones eran muy variopintas, adecuadas al contenido que se iba a exhibir: para todos los públicos, rosa, rosa con reparo y, no estoy seguro, granate. Con respecto a las películas y como chaval que era, al ver aquellas calificaciones, no voy a negar que me entraban unas ganas enormes de cumplir 16 años para ver las clasificadas rosas, y luego quería tener 18, y así sucesivamente.

 En el interior de la iglesia, la distribución de los feligreses estaba separada por sexo. En los bancos de la derecha se situaban las mujeres; en los de la izquierda, los hombres. Todos los domingos se celebraba la misa de 12 y el recinto estaba atestado de gente. Al finalizar la ceremonia, un río de personas salía a la calle para pasear, ir al bar, y/o a lo que fuera, y, entonces, era el espacio abierto en torno al Paseo, la Plancha, el Llano..., el que acogía aquella masa humana. Aludo a estos hechos, porque con tantas personas, uno no podía fijarse en algunos detalles que había en la salida, por ejemplo, en una puerta, a modo de trampilla, enmarcada en el suelo, que no llamaba la atención a primera vista. Esta puerta conducía a través de unas escaleras al pequeño cementerio o cripta que existía debajo del suelo parroquial.



(Obras de excavación, realizadas en 2011 en el suelo de la Parroquia. Criptas.
 De Luque por su parroquia)


Esa tarde entramos por la puerta del zaguán y nos fijamos en el suelo, donde se veía claramente una misteriosa plancha de madera que se confundía con él. La intentamos levantar y vimos que era posible; así que procedimos a hacerlo y nos encontramos inesperadamente con unas escaleras y con la oscuridad, mucha oscuridad. Dos del grupo quedaron sosteniendo el portón y otros dos o tres bajamos con más miedo que vergüenza. Entre la poca luz ambiente que entraba con el portón abierto y la ayuda de unas cerillas y algún mechero fuimos dándonos cuenta de que aquello era un pequeño cementerio subterráneo. Había nichos, unos rotos y otros cerrados. A la derecha, vimos un cráneo que nos “miraba” con esa sonrisa enigmática que suelen tener las calaveras. Nos quedamos sumamente sorprendidos y bastante acongojados; aunque yo, realmente y hablando en plata, me acojoné.



 Pasado algún tiempo, recordaba y, aún hoy, recuerdo aquel cráneo, al que, en mi imaginación, le pongo voz, aunque no voto. Es como si aquella cabeza descarnada nos hubiera dicho: "Pero, ¿qué hacéis aquí, desgraciados? Habéis venido antes de tiempo a bailar  la danza mortal. Todavía no os ha llegado la hora; así que, ¡echad paciencia!... Y no os preocupéis, que ya os llegará el día del sueño eterno!". De esta forma, entre lo visto y aquellas tranquilizadoras palabras imaginadas por mí, sonreía, o sea, que molaba, como dirían hoy los más jóvenes.

Después de esa visita, y en pocos días, volvimos al mismo lugar, ya con más calma y menos miedo. Lo bueno que tenemos las personas es que nos acostumbramos a casi todo, y nosotros acabamos acostumbrándonos a las tinieblas de aquel osario subterráneo. Lo malo es que hay cosas a las que es imposible acostumbrarse nunca, situaciones dolorosas, duras, crueles, que, aunque el tiempo puede mitigarlas un poco, las huellas que dejan son tan profundas y, en muchos casos, tan persistentes que marcan para siempre a las personas.

E, indefectiblemente, la vida seguía su curso por aquellos parajes, donde se iban fabricando más recuerdos.

                                                
                                                  Continuará...