lunes, 28 de septiembre de 2026

El Socatillo

A mi amigo Antonio lo conocí en el Llano. Era un chaval de mi edad, somos quintos (12 años por aquel entonces), rubio, de ojos azules y con cara de inquieto en el buen sentido; o sea, que caía muy bien a todo el mundo. Tenía un carácter abierto, era divertido y me reía mucho con él.

Creo que fue durante nuestra primera conversación cuando oí el nombre de su madre: Carolina. Aquello me llenó de alegría y me llevó al recuerdo de cuando tenía unos seis años e iba a la escuela en Priego de Córdoba. Recordé un mapamundi en el que pude ver la zona de Norteamérica: «Kanada» (escrito con K) y EE. UU. La primera se debía a una canción de José Guardiola muy oída por la radio («Yo tenía una casita pequeñita en Canadá...»). La de los Estados Unidos me encandiló cuando leí el nombre de dos estados: Carolina del Norte y Carolina del Sur. Carolina sonaba muy bonito, muy eufónico, y me quedé prendado de encontrarme con que la madre de un amigo se llamara Carolina¹.

En el Paseo, en la tercera salida lateral a la izquierda, solíamos ponernos a veces a jugar al Carro o al Tres en Raya (los dos nombres eran válidos). Sobre el banco de piedra solía haber pintada esa figura rectangular que nos ayudaba a pasar un rato distraídos. Allí, entre jugada y jugada, a Antonio le daba por recitar con toda la guasa y picardía del mundo esas coplillas de aire caliente que tanto nos hacían reír:

«Yo tengo un gato muy chiquitito con sus orejas y su rabito; si alguna niña lo quiere ver, que pase por mi puerta y se lo enseñaré...»

Y remataba la gracia con las estrofas de doble sentido que le seguían, sacándonos más de una carcajada mientras echábamos la tarde.

A principios de verano, los gorriones salían del nido por primera vez. Interrumpíamos el juego y mirábamos al árbol bajo el que nos cobijábamos; entonces hacíamos un reconocimiento visual para tratar de localizar al autor de los píos. Me daban lástima: algún gorrión nuevo nos miraba y, acongojado, huía a otro lugar.

Como el Llano es un lugar privileged para el vuelo de las golondrinas, comparaba el torpe y ruidoso vuelo de los gorriones con el silencioso de aquellas leves avecillas que anidaban bajo las cornisas de las casas del Paredón. Apenas se las veía posadas en la tierra; solo bajaban a ras de suelo en maniobras relámpago cuando necesitaban recoger bolitas de barro húmedo para construir sus nidos, pues sus cortas patitas las hacían vulnerables abajo. Pero en cuanto remontaban el vuelo, surcaban los cielos con apenas una leve inclinación de sus alas para cambiar de dirección, o aprovechaban las corrientes de aire para ascender majestuosamente. Era como comparar el palilleo de un motor Perkins con el silencio de un Tesla. Obviamente, esa comparación de decibelios no es de entonces; faltaban muchos años para que los coches eléctricos e híbridos estuvieran de moda. En aquella época, los taxis de Agustín de la Fonda y Rafael calentaban motores en el Llano, por la puerta del bar de Felipe/Telesforo, y la combustión de gasoil es ruidosa... Allí esperaban a los viajeros para emprender el camino de Córdoba.

Volviendo a mi amigo Antonio, el rey del Tajo, no puedo olvidar las subidas a aquella inmensa mole de roca. Solíamos sentarnos en una piedra plana que era conocida como «La butaca». Por allí pasaba corriendo alguna lagartija, usando su larga cola cónica a modo de timón y contrapeso para hacer giros imposibles en las aristas de las piedras. Alguna vez, alguno de nosotros le daba un manotazo despojando al reptil de su cola; la lagartija seguía recta e ilesa, cayendo por las piedras de abajo para ponerse a salvo, mientras el rabo continuaba contorsionándose en el suelo hasta consumir la energía que guardaba, hasta quedar completamente inmóvil.

A los dos años de aquella buena amistad, dejé de verlo. Pregunté por él y me dijeron que se había marchado a Pozuelo de Alarcón. Aquello me dejó bastante triste. Pasaron los años sin noticias suyas, pero con el tiempo Zaragoza se convirtió en nuestro punto de reencuentro. Al final, aprovechando sus visitas en Semana Santa y las fiestas del Pilar, hemos vuelto a vernos y a tomarnos unos vinos juntos mientras recordamos aquellas correrías.

Notas

¹ Cuando vivía en Priego de Córdoba asistía a dos escuelas: la primera, pública, era principalmente para desayunar (leche en polvo y queso americano). Por la tarde iba acompañado por mis hermanas Maruja y Rosi; la escuela era de un matrimonio de maestros, Doña Victoria y Don Joaquín. Esta parte es muy larga, así que la omito.

No hay comentarios:

Publicar un comentario