El Hijo del Guardia
Hará unos tres años, hablando con Alfonsillo, me preguntó si
conocía al hijo de un guardia destinado en Luque. Le respondí que sí, aquel
muchacho debía ser un año más joven que Alfonso y yo. Para entender mi
deducción sobre su edad, creo que lo mejor es empezar por el final: la última
vez que lo vi.
El cine de verano fue el que me permitió conocerlo un poco.
Los dos éramos algo reservados, de ahí las pocas palabras, pero vi que era un
gran currante. Colaboraba en las tareas de aquel cine a cielo abierto llevando
a cabo varios cometidos: cerca del atardecer regaba la ardiente superficie del
suelo, que al recibir el agua, olía muy bien a tierra mojada, desplegaba y ordenaba todas las
sillas de tijeras, y a la finalización de la película, debían dejar todo en
orden.
Allí esperaba el operador que, raudo, extrajo tres estuches de metal redondos: tres rollos de celuloide con la película que se iba a proyectar por la noche. Hizo una inspección rápida, puso un carrete vacío a su derecha y enganchó el extremo de la cinta del primero de los tres. Con la película venía una nota con las posibles 'pegas' —digo yo—: besos en la boca, roturas y empalmes en la cinta, y otras cosas que la lógica me dicta. En la caseta también había una caja de cartón con una especie de lápices que, en uno se sus extremos terminaba en una capucha color latón, metálica.
Yo veía todos esos detalles, pero no sacaba más conclusiones que la de un simple observador que, como niño, tampoco iba más allá. Me gustaba saber cosas de los cines: las películas y por qué funcionaban aquellas voluminosas máquinas que se calentaban como un horno. Me interesaba saber lo de los carbones; no concebía que aquello necesitase un producto, carbón, que lo hacían en el corralón de la calle Marbella. ¡Tan simple y primitivo no podía ser!
Continuación al texto que antecede
Francisquito
Algunas veces iba a su casa. Tenía una escopeta de perdigones (o de
aire comprimido) y nos gustaba practicar tiro al blanco. Poníamos un
palillo de dientes sujeto con una pinza de la ropa. Era difícil darle a aquella
figura de madera en forma de rombo estrecho y largo; lo más fácil era romper la pinza.
El cine de verano estaba al lado de la casa de los abuelos de mi amigo, por
eso acudíamos con frecuencia a ver las películas.
Las Sillas de
Tijera
En un espacio abierto a las inclemencias del tiempo, todo lo que quedara
expuesto debía ser guardado. ¿Dónde? En los bajos de la caseta de la
máquina de cine (eso me parecía a mí).
La ventaja sobre las sillas de anea era que necesitaban menos espacio para
ser almacenadas. Seis o siete, plegadas, ocupaban lo que dos de anea. Estas sí
valían para el cine Carrera, pues al ser un recinto cerrado estaban
protegidas.
Los Carbones
Eran aquella especie de lápices que había en la caja de cartón de la
cabina.
Cuando comencé a conocer Madrid, en 1968, un compañero y amigo me llevó a
“La Cuesta de Moyano”, cerca de mi cuartel, en la zona de Atocha.
En aquel lugar no hay viviendas. Sus aceras están limitadas por sendas
verjas que dan al Ministerio de Agricultura y a otra
institución. Es en esta última donde, en la acera, se asienta una línea de
casetas de color gris, con unas plataformas de madera llenas de libros antiguos
y usados colocadas sobre la acera. Los libros nuevos los tenían expuestos dentro,
fuera del alcance de manos dudosas.
Allí, los amantes de la lectura se bebían los libros usados. En un
rato podían leer un libro y ya habían sacado provecho de su visita.
Bueno, de todo había.
En esa cuesta supe que existía un escritor llamado Camilo José Cela.
Venía en un libro con pocas hojas y mucho contenido, de letra pequeñísima: “La
familia de Pascual Duarte”. También su “Diccionario secreto”, donde aprendí
cosas muy bonitas; era un cachondo puro y duro.
En la última caseta, frente al Retiro, vi una especie de Enciclopedia
Álvarez, tan útil para las escuelas de primaria. Sus pastas eran duras y el
dibujo de su portada tenía un fondo de líneas azules entrecruzadas. No era esa
enciclopedia, se trataba de la “Enciclopedia del Cine”. Me lancé a por ella.
Fue un milagro, la compré y, después de muchos años yendo de un sitio a otro,
la perdí junto a otros buenos libros. Es parte del precio que pagamos los
que llegamos a vivir en muchos lugares.
La portada contenía, además del título, una fotografía con dos máquinas de
cine puestas en paralelo.
¿Por qué? La respuesta la fui captando a medida que iba a los cines y
ponían las películas no muy largas de un tirón (es decir, que no había
descansos). Mientras una máquina proyectaba, la compañera estaba precargada con
el segundo rollo, y así se alternaban. En las películas de mucho metraje sí
había un descanso, más que nada para el descanso del público.
Después de esta infinita introducción, voy a hablar sobre los carbones:
Para proyectar una película, para llevar la imagen a la pantalla, hace
falta una luz blanca muy intensa. Utilizaban dos barras de grafito que,
conectadas a sus respectivos electrodos, se enfrentaban para producir un arco
voltaico que da luz blanca. Aquello se calienta muchísimo, de ahí lo
voluminosas que eran las partes de atrás de las máquinas. Algunas llevaban
salida de chimenea. El grafito se ponía atrás, alejado de la lente que tenía
que canalizar aquel inmenso flujo de luz y llevar las imágenes hasta la
pantalla. No había otra alternativa. Del cine actual no tengo ni idea, solo sé
que los sistemas desde hace muchos años están cargados de efectos especiales:
vibraciones, muchos altavoces, etc., todo sincronizado por, seguro, un
ordenador supervisado por algún humano.
Respecto a los carbones, que tanta confusión me generaban, esto me lleva a
lo siguiente:
A principios de los sesenta las cocinas solían ser de carbón o leña. Luego
comenzaron a hablar del gas butano, un cambio que no generaba muchos
entusiasmos. Era un tema polémico (o no pacífico), y la inquietud crecía
a medida que aumentaban los prejuicios: "es como poner una bomba a metro y
medio de la olla", "eso no se puede controlar", etc.
Pues llegó el butano. Recuerdo la primera vez que lo vi encendido; era
fantástico. Puesto al mínimo, parecía una gran margarita azulada de muchos
brotes de mecheros (cada orificio era un mechero alimentado por la misma
fuente). Cuando se aumentaba la entrada de gas, aquello era mucho mejor, se
graduaba la potencia. En un periquete mi madre hervía tres veces la leche de
las cabras de Chelines para evitar las fiebres de Malta (según la
costumbre).
El servicio de leche era de la cabra al consumidos, Chelines llevaba un jarrito metálico y ordeñaba las cabras. Entre todas destacaba un macho, era corpulento y llevaba una cuerda de tomiza que sujetaba un capacho de esparto por su vientre; así evitaba que el animal sacara su bolígrafo y se pusiera a escribir cartas.

