jueves, 23 de octubre de 2025

El cine de la calle Alta y el hijo del Guardia

 

El Hijo del Guardia

Hará unos tres años, hablando con Alfonsillo, me preguntó si conocía al hijo de un guardia destinado en Luque. Le respondí que sí, aquel muchacho debía ser un año más joven que Alfonso y yo. Para entender mi deducción sobre su edad, creo que lo mejor es empezar por el final: la última vez que lo vi.

 El domingo 7 de abril de 1968, antes o después de la misa en la iglesia de Santa Rita, el patio de la entrada estaba repleto de gente, todos muy contentos. La noche anterior, Massiel había ganado Eurovisión con el famoso “La, la, la”. Aún estábamos admirados por su interpretación, el sonido de aquella guitarra profunda, aquella voz tan bonita, la votación... todo fue perfecto.

 Fue allí, entre el público, donde lo vi. Estaba vestido con el uniforme del colegio de la Guardia Civil de Valdemoro. Llevaba un abrigo largo abrochado por una hilera vertical de botones dorados y una gorra de plato con el emblema “GJ-” (Guardia Joven).

 Solían pasar temporadas largas sin que lo viéramos. De ahí me expliqué los vacíos de su presencia en el pueblo; era como el río Guadiana, aparecía y desaparecía de nuestra vista. Quizás, cuando su padre fue destinado a Luque, él ya había ingresado en Valdemoro (se podía entrar a partir de los 15 años) y solo volvía por vacaciones, lo que explicaba su poca visibilidad.

 El Cine de Verano

El cine de verano fue el que me permitió conocerlo un poco. Los dos éramos algo reservados, de ahí las pocas palabras, pero vi que era un gran currante. Colaboraba en las tareas de aquel cine a cielo abierto llevando a cabo varios cometidos: cerca del atardecer regaba la ardiente superficie del suelo, que al recibir el agua, olía muy bien a tierra mojada, desplegaba y ordenaba todas las sillas de tijeras, y a la finalización de la película, debían dejar todo en orden.

 Tuve acceso a las interioridades de aquel cine de temporada una tarde mientras me dirigía a casa de Francisquito. Subí la calle Marbella y, al llegar a la altura de la panadería del padre de Enrique, vi que aquel muchacho pasaba por la puerta de Laureano el del vino. Llevaba una bolsa de tejido muy fuerte, similar a las sacas de correos. Nos encontramos y me invitó a acompañarlo, no lo dudé: entramos en el recinto y nos dirigimos a la caseta de máquina.

Allí esperaba el operador que, raudo, extrajo tres estuches de metal redondos: tres rollos de celuloide con la película que se iba a proyectar por la noche. Hizo una inspección rápida, puso un carrete vacío a su derecha y enganchó el extremo de la cinta del primero de los tres. Con la película venía una nota con las posibles 'pegas' —digo yo—: besos en la boca, roturas y empalmes en la cinta, y otras cosas que la lógica me dicta. En la caseta también había una caja de cartón con una especie de lápices que, en uno se sus extremos  terminaba en una capucha color latón, metálica.

Yo veía todos esos detalles, pero no sacaba más conclusiones que la de un simple observador que, como niño, tampoco iba más allá. Me gustaba saber cosas de los cines: las películas y por qué funcionaban aquellas voluminosas máquinas que se calentaban como un horno. Me interesaba saber lo de los carbones; no concebía que aquello necesitase un producto, carbón, que lo hacían en el corralón de la calle Marbella. ¡Tan simple y primitivo no podía ser!

Continuación al texto que antecede

Francisquito

Algunas veces iba a su casa. Tenía una escopeta de perdigones (o de aire comprimido) y nos gustaba practicar tiro al blanco. Poníamos un palillo de dientes sujeto con una pinza de la ropa. Era difícil darle a aquella figura de madera en forma de rombo estrecho y largo; lo más fácil era romper la pinza.

El cine de verano estaba al lado de la casa de los abuelos de mi amigo, por eso acudíamos con frecuencia a ver las películas.

Las Sillas de Tijera

En un espacio abierto a las inclemencias del tiempo, todo lo que quedara expuesto debía ser guardado. ¿Dónde? En los bajos de la caseta de la máquina de cine (eso me parecía a mí).

La ventaja sobre las sillas de anea era que necesitaban menos espacio para ser almacenadas. Seis o siete, plegadas, ocupaban lo que dos de anea. Estas sí valían para el cine Carrera, pues al ser un recinto cerrado estaban protegidas.

Los Carbones

Eran aquella especie de lápices que había en la caja de cartón de la cabina.

Cuando comencé a conocer Madrid, en 1968, un compañero y amigo me llevó a “La Cuesta de Moyano”, cerca de mi cuartel, en la zona de Atocha.

En aquel lugar no hay viviendas. Sus aceras están limitadas por sendas verjas que dan al Ministerio de Agricultura  y a otra institución. Es en esta última donde, en la acera, se asienta una línea de casetas de color gris, con unas plataformas de madera llenas de libros antiguos y usados colocadas sobre la acera. Los libros nuevos los tenían expuestos dentro, fuera del alcance de manos dudosas.

Allí, los amantes de la lectura se bebían los libros usados. En un rato podían leer un libro y ya habían sacado provecho de su visita. Bueno, de todo había.

En esa cuesta supe que existía un escritor llamado Camilo José Cela. Venía en un libro con pocas hojas y mucho contenido, de letra pequeñísima: “La familia de Pascual Duarte”. También su “Diccionario secreto”, donde aprendí cosas muy bonitas; era un cachondo puro y duro.

En la última caseta, frente al Retiro, vi una especie de Enciclopedia Álvarez, tan útil para las escuelas de primaria. Sus pastas eran duras y el dibujo de su portada tenía un fondo de líneas azules entrecruzadas. No era esa enciclopedia, se trataba de la “Enciclopedia del Cine”. Me lancé a por ella. Fue un milagro, la compré y, después de muchos años yendo de un sitio a otro, la perdí junto a otros buenos libros. Es parte del precio que pagamos los que llegamos a vivir en muchos lugares.

La portada contenía, además del título, una fotografía con dos máquinas de cine puestas en paralelo.

¿Por qué? La respuesta la fui captando a medida que iba a los cines y ponían las películas no muy largas de un tirón (es decir, que no había descansos). Mientras una máquina proyectaba, la compañera estaba precargada con el segundo rollo, y así se alternaban. En las películas de mucho metraje sí había un descanso, más que nada para el descanso del público.

Después de esta infinita introducción, voy a hablar sobre los carbones:

Para proyectar una película, para llevar la imagen a la pantalla, hace falta una luz blanca muy intensa. Utilizaban dos barras de grafito que, conectadas a sus respectivos electrodos, se enfrentaban para producir un arco voltaico que da luz blanca. Aquello se calienta muchísimo, de ahí lo voluminosas que eran las partes de atrás de las máquinas. Algunas llevaban salida de chimenea. El grafito se ponía atrás, alejado de la lente que tenía que canalizar aquel inmenso flujo de luz y llevar las imágenes hasta la pantalla. No había otra alternativa. Del cine actual no tengo ni idea, solo sé que los sistemas desde hace muchos años están cargados de efectos especiales: vibraciones, muchos altavoces, etc., todo sincronizado por, seguro, un ordenador supervisado por algún humano.

Respecto a los carbones, que tanta confusión me generaban, esto me lleva a lo siguiente:

A principios de los sesenta las cocinas solían ser de carbón o leña. Luego comenzaron a hablar del gas butano, un cambio que no generaba muchos entusiasmos. Era un tema polémico (o no pacífico), y la inquietud crecía a medida que aumentaban los prejuicios: "es como poner una bomba a metro y medio de la olla", "eso no se puede controlar", etc.

Pues llegó el butano. Recuerdo la primera vez que lo vi encendido; era fantástico. Puesto al mínimo, parecía una gran margarita azulada de muchos brotes de mecheros (cada orificio era un mechero alimentado por la misma fuente). Cuando se aumentaba la entrada de gas, aquello era mucho mejor, se graduaba la potencia. En un periquete mi madre hervía tres veces la leche de las cabras de Chelines para evitar las fiebres de Malta (según la costumbre).

El servicio de leche era de la cabra al consumidos, Chelines llevaba un jarrito metálico y ordeñaba las cabras. Entre todas destacaba un macho, era corpulento y llevaba una cuerda de tomiza que sujetaba un capacho de esparto por su vientre; así evitaba que el animal sacara su bolígrafo y se pusiera a escribir cartas.


domingo, 5 de octubre de 2025

 

            Francés, latín y mi amigo Rafalín


Cuando me senté frente a la pizarra en el banco del pupitre, a mi izquierda junto al muro medianero se encontraba de pie y de perfil mi compañero Rafalín Navas, le pasaba algo raro, estaba colorado como un tomate, las piernas ancladas sobre las losas del suelo1 y, de cintura para arriba tenía un tembleque que parecía una lavadora en proceso de centrifugación.

Se estaba descuajaringando debido a un ataque de risa que no podía controlar, aunque no emitía sonido alguno hacía esfuerzos titánicos para, además de taparse la boca y nariz, intentaba llegar con el dedo pulgar a la oreja para evitar que el ruido pudiera salir por allí. No tenía en cuenta que por el tercer ojo podía descomprimirse en un segundo como un globo inflado.

Me preguntaba ¿Qué habrá maquinado que lo tiene entre la espada y la pared? ¿Por qué ese ataque de risa incontrolada? ¿Y esos esfuerzos enormes para no irrumpir con un ataque descontrolado de risa?

       Me miro y rodeando los dos pupitres dobles se sentó a mi derecha

       ¿Qué te ocurre?, pregunté

       “He pensado que voy a poner una “n” entre la “g” y la “i” para que en lugar de “Cogito” quede en “Cognito”, y le voy a decir a Vicenta que lo lea en francés”, lo que vendría a ser, en nuestro idioma” “coÑito”.

 Ahí estaba la respuesta a mis preguntas, el curso pasado estudiamos francés y aprovechando la “Ñ” francesa, quiso hacer un injerto con “Cogito” añadiendo una “n” a la “g”. Tuvo unos reflejos como el café Nestlé, instantáneo.

       Me puse tanto o más colorado que él, sentí pánico, un calor inundó mis mejillas, y respondí algo como: ¡No hagas eso, por favor, no seas loco! Se levantó y, resuelto, dijo que se lo iba a decir, aquello me acongojó más, pero él se dirigió hacia Vicenta y “no parose, fuese y no hubo nada”

       Lo bueno es que Vicenta no se enteró, quizás fuera la tercera en ruborizarse.

       Éramos muy cortos, más que un tanga. Muy formales, tanto como que parecía que nos hubieran almidonado como a los cuellos de aquellas arrugadas camisas blancas, la rigidez nos dominaba, pero era lo que había, lo estricto se convierte en costumbre y no piensas otras posibilidades.

       Sin embargo, sin saberlo, éramos “tan natural como el agua que llega corriendo alegre desde el manantial”, de la canción “Soledad” de nuestro paisano Emilio José. La naturalidad estaba tapada por una fina capa de adolescencia y, la verdad, no nos acuciaba lo de ser más atrevido.

El ingenio de Rafalín  

       Era un romántico pese a la ocurrencia que había tenido, por ejemplo, cuando decían algo de alguna fea, mi amigo respondía:

 “La suerte de las feas las bonitas las desean”.

       En las tardes pardas y frías que amenazaban lluvias, de su boca salían palabras tan bonitas como: “No hay sábado sin sol ni mocita sin amor”.

       Siempre era un pronóstico feliz para la afligida, haciendo que no se desesperaran y mantuvieran una actitud de ilusión, se sintieran bien, y todo lo que sigue2

       La cogorza

       Con Rafalín pille la primera cogorza (o “pea”, como solía decirse por entonces), fue un 6 de septiembre de 1961, estábamos en la escuela de la calle el PraO, frente al albardonero, donde se trasladó el Maestro desde la calle Algarrobo.

Cualquiera se puede preguntar ¿Cómo sabe la fecha?

 Muy fácil, el curso comenzaba a finales de mes o primeros de octubre. La primera vez que pisamos aquella casa fue el 6de septiembre, ¿Para qué? El Maestro nos convocó:

-      A primeros de cada inicio de curso y con tiempo suficiente había que hacer el pedido de los libros.

-      Agosto era un mes inhábil, en julio, o antes, las editoriales dejaban la faena hecha, pendiente de su distribución a los centros de enseñanza y llevaba un tiempo la recepción y entrega de los textos. Esa fue la razón, no había “Amazon”.

-      Lo que más me gustaba de los libros nuevos era separar las páginas que venían pegadas de la imprenta y el olor de las tintas que fluían de sus pastas; al igual que el olor de la gasolina o el humo del tabaco rubio. Tienen en común que ninguno es sano, pero, por lo menos no disgustan, o gustan.

 

-      Era la onomástica de Rafalín, me invitó a celebrarlo junto con dos más, creo. Fuimos a la calle Velasar, casi arriba, y comimos y bebimos mucho para nuestros cuerpecillos serranos ¡Qué mañana más completa la de aquel día memorable! Qué ganas de vomitar, qué malito me puse.

Voy a completar el plantel de personas que nos acompañaba en la clase de latín:

-      Profesor: Joaquín Ontiveros, con sus gafas y sus conocimientos.

-      De lo primero que nos dijo para animarnos fue la siguiente “sentencia”: “El latín es la lengua madre y el tostón padre”, y era verdad

o   La clase era de media hora, los martes de 14:30 a 15:00. Para ello el Maestro nos tomaba la lección antes que a los de otros cursos con el propósito de regresar pronto para continuar con la sesión de tarde.

o   El horario de la escuela era de 07,30 hasta la tarde bien tarde, se hacía de noche

o   En comparación con los demás centros, a las 9 de la mañana llevábamos casi 2 horas de ventaja. Todos los días se daban las 6 asignaturas más importantes.

o   Teníamos dos pausas para desayuno y comida

o   Otros alumnos de curso eran: Adelita, Vicenta, Francisquito, Alfonsillo, José Mari, Toleo, Rafa, los mellizos Aledo, etc., Toleo era el más serio y se dedicaba a estudiar, debía sacar muy buenas notas por su esfuerzo y constancia.

o   Los demás, también, no existen lectores de horas que valorara el esfuerzo de cada uno. En lo que me toca no estudiaba mucho, prueba de ello fue que, entre mis compañeros todos aprobaron y el grupo se disolvió como un azucarillo, cada uno siguió su marcha según sus posibilidades. En cuanto a mí, amarrado a un duro banco de una galera turquesca, seguí con el Maestro en la calle La Fuente. Había aprobado sus oposiciones y lo hicieron fijo en el pueblo para dar clase a los “Analfabetos”, así se decía, no implicaba nada peyorativo decir pan al pan, nadie se ofendía, muchos no tenían tiempo por el día y se apuntaban por la noche.

o   Una maldita madrugada, allá por noviembre o poco más tarde de 1964, nos dejó huérfanos: El Rubio, Pedro Caballero, Marcelino… pasamos a la Academia de la Aurora.

o   No pensaba alargar tanto este escrito, pero algo me ha llevado a salir de lo inicialmente propuesto, y he querido recordar a un gran hombre que luchó y venció en multitud de circunstancias adversas que tuvo día a día. La vida no era fácil para nadie, pero la del Maestro tenía un plus más en las dificultades.

o   La última vez que visité su tumba fue un 20 de octubre de 2013, Conchi Urbano Morales, su hermano José Mari y el que suscribe, paramos en el cementerio y, en silencio, le hicimos un homenaje: recordarlo y agradecerle el titánico esfuerzo que tuvo que hacer en el mundo de los vivos, por su tarea de enseñarnos para poder salir adelante en la vida.

o   Llegamos a Luque, hablamos de tomar un café antes de subir a la calle Algarrobo, pero Conchi dijo: vamos para arriba, y todos la seguimos.

o   Cuando me enfrenté a la cuesta de la calle Fernando, me pareció increíble la pendiente de aquel primer repecho. Una barra y unos escalones nos sirvió para poder subir la primera rampa, por lo menos era más fácil. Recuerdo al Pulío padre, que, en 1961, cuando subíamos para la escuela, el hombre bajaba para ir a la plaza de abastos, creo que tenía una pescadería.

o   Y así pasaron los años, recordando lo mejor de la vida y esperando ¿qué?

Zaragoza, 5 de octubre de 2025

Luis Gil Amores 20:24

Las fiestas del Pilar comenzaron ayer, 4.

Siempre echo de menos a mi amigo Antonio Martos Briones y a Encarna, por los buenos momentos que pasamos en Semana Santa y Pilares

Todo se acaba


Notas: 

1 . El enlosado de la casa era como un tablero de ajedrez: blancas y negras. En cambio, el de la terraza eran losetas rectangulares de color teja con un pequeño dibujo en su centro. El albañil que hizo aquel trabajo dejó una obra de arte: todas perfectamente alineadas y pegadas al suelo que cubrían. No es baladí lo que digo, en estos tiempos modernos y con máquinas mejores, las losas de las aceras se levantan tanto que suponen un riesgo. Por la ribera del Ebro pasa otro tanto, así que los tropezones están a la orden del día.

    Algunas veces el Maestro nos llevaba a la terraza y hacíamos unas flexiones para estar preparado por el examen de gimnasia, de manera que el suelo y nuestros ojos estaban a un dedo de distancia.

2 . En la Cartilla del Guardia Civil, uno de sus artículos comenzaba de igual manera: "Será  un pronóstico feliz para el afligido..."


















francés, latín

martes, 30 de septiembre de 2025



 

En la plaza de la Aurora: La cucaracha

 Era una noche de verano. En los escalones de la Aurora estábamos sentados al tresbolillo, en el primer y segundo escalón. Mi posición era junto al muro que separaba del bar Ramírez.

 Que recuerde: Antoñín Arjona, Alfonsillo y el que suscribe.

 Entre algo de charla y de ver al público pasar por delante, estábamos a gusto, pero en uno de mis movimientos vi que, en la vertical del primer y segundo escalón, un par de antenas oteaban el horizonte. Pensé, alarmado, que detrás de aquello debía seguir la dueña. Efectivamente, una hermosa cucaracha se había juntado a nuestra tranquila reunión. Yo no podía seguir en mi asiento. La repulsión que suscitaban en mí esa especie de bichos me hizo levantarme, sobre todo cuando Alfonsillo, con su vista de águila, había observado lo mismo. Se levantó y, con la sonrisa socarrona que le adornaba, nos cruzamos: yo huyendo y él en busca del insecto.

 Se agachó y lo guardó en su mano derecha. La cogió como si fuera una ciruela negra, así que puse unos pasos de distancia al ver que su intención era adjudicármela. Mi cintura se topó con la pared de la fuente. Temí que me la lanzara, pero no. Se giró a la izquierda viendo que, sobre el segundo escalón, había un adolescente más joven que nosotros. Llevaba puesto un niqui rojo. Alfonso le cogió el borde de aquella prenda y, por el cuello, separó el tejido y dejó caer a aquella repulsiva cuca. Aunque escriba mucho, la verdad es que todo aquello llevó unos segundos, todo en silencio y sin alertar de nada.

 Aquel chaval se volvió loco desde el momento en que sintió que tenía una prisionera entre su piel y el tejido que la cubría. La cuca buscaba una salida rápida; sus movimientos aumentaban la agonía del "portador", que desesperado buscaba saber qué demonios era aquello, aunque lo intuyera.

 Se quitó, o se levantó, el niqui y liberó a la "trotaespaldas".

 De las aversiones vienen las exageraciones. Influido por aquello, cuando el muchacho le dio un pisotón con una fuerza casi infinita, vi que aquella pisada hizo que su pierna se clavara hasta las rodillas en el hormigón de la Carrera.

Luis Gil Amores
corregido y publicado hoy, 27 de octubre de 2025 alas 21:34

sábado, 1 de febrero de 2025

El vendedor de higos chumbos

 


  

La Explanada del Castillo: Crónica de un lugar multiusos

Aquel lugar podía decirse que era una zona multiusos.

1. El Santuario del Fútbol (Hora taurina)

Nos cobijaba para oír los partidos de fútbol de la liga, a la vez que nos soleábamos, ya que los encuentros se jugaban a la misma hora de los domingos, hora taurina: a las cinco de la tarde.

La radio de transistor de Juan Bautista Barona Jurado, compañero de curso, era el medio por el que podíamos oír a los sabios comunicadores Matías Prats Cañete, Vicente Marco o Joaquín Prat, que nos hacían disfrutar, o sufrir, las jornadas de la Liga de fútbol. Allí, unos sentados en la oquedad de la roca de la base del Torreón, otros de pie, y otros indiferentes al deporte (quizás subían para disfrutar del ambiente y de paso mejorar sus niveles de vitamina "D"). En fin, éramos actores de esta película que es la vida y cada loco tenía su tema, pero salíamos de la rutina de los días de clase.

Cuando los árbitros pitaban el inicio de sus respectivos partidos, como si fuéramos metálicos, nos pegábamos al transistor, que era el imán, de forma que se podía decir, como Quevedo:

«Éranse muchas orejas a un transistor pegadas, Éranse muchas jornadas de Liga, Érase una radio con pilas En tardes de domingo soleadas».

Es una ocurrencia, así que pido disculpas, pero ahí va. Tuve la suerte de tener a una compañera en la Academia de la Aurora, curso 64/65, que borda con hilos de oro los versos que escribe. Espero que perdone mis herejías por transgredir las normas poéticas establecidas. Mi compañera es luqueña, su nombre: Milagros Jiménez Hidalgo.

Esto fue hasta 1964; a partir de ahí, cada mochuelo se fue a su olivo. La reválida de cuarto terminó con aquella unión, pero no con la amistad y el recuerdo de los años que estuvimos unidos. Las compañeras también permanecen en mi memoria: Isabel, Mercedes, Adelita, Vicenta, Mariceli, etc. Mucha gente buena.

2. Una extensión improvisada de la Escuela

También lo utilizábamos como una extensión de la Escuela, sin haberlo planeado. Fue de esta manera:

Nuestras visitas a aquel espacio eran frecuentes. Estar en la explanada suponía hablar de algo en algunas ocasiones ("Asturias patria querida"). De pronto, alguno sacó un tema del curso y comenzamos a explotar aquella veta que se reveló milagrosa. Fue lo que he escrito en alguna ocasión: el "Trabajo en equipo" era una prolongación de la Escuela.

Allí, al aire libre, nos hacíamos preguntas, aclarábamos dudas que surgían y llegábamos a caer en detalles que escapaban a nuestros saberes regulares. Gracias a aquellos intercambios, el debate entre unos y otros nos conducía de la duda o ignorancia a la evidencia, claridad, y se asentaban en nuestras cabezas y nos enriquecían un poco más. Ese método, sobrevenido sin que nadie lo llamara, no se apreciaba entonces, pero fueron semillas que florecieron y, por mi parte, me ayudaron mucho. Yo fui un mal estudiante, tanto que repetí curso cuando mis amigos terminaron con éxito. Me alegra recordar que por mi indolencia tuve la ocasión de ir a la Academia de la Aurora con otros a los que les había pasado lo mismo, e integramos un nuevo equipo después del fallecimiento de Don Francisco.

Sé que repito mucho el papel de la Escuela en mi vida, pero allí espabilé bastante gracias al método que seguíamos: podíamos hablar en voz baja, murmullos que iban subiendo de tono hasta que Don Francisco mandaba a callar, silencio absoluto y de nuevo los murmullos, y a empezar de nuevo. Antes fui a un Colegio, cuando no sabía que llegaría a vivir en Luque, donde me aburría un montón: en su academia éramos 25, cada uno en su mesita, un profesor en el atril, callado, y yo me aburría como un mochuelo. El dinamismo de Luque me sentó muy bien: excursiones a la sierra, a las trincheras, al manantial de Marbella, La Pata, Delicias... ¿Qué lugar de la demarcación no visitábamos? Y dentro del pueblo, ¿qué calles no pisábamos?

Si se atisba alguna frase o palabra grandilocuente, no es mi intención, pues los "saberes" eran sobre temas elementales y nos valían para, más tarde, trabajar donde tocara.

Mi amigo Antonio Martos Briones, cuando nos hemos visto, me decía: «Luis, yo soy licenciado por la universidad del Tajo, de la Cuesta la sordica, de los CoXones do borrico». Preguntaré a una de mis nietas, que es del noroeste de nuestro mapa, para que me diga si soy un mal hablado, pero si está bien escrito me dirá que hablo muy mal.

Mi amigo Antonio, sobre el que escribiré un siglo de estos, trabajando duro y bien, salió "pa'lante" con éxito.

3. La hornacina mutilada

Abundando en lo dicho sobre el papel de la explanada, me gusta recordar que, a veces, cuando subíamos por la vereda que unía el paseo del Rosario con el castillo, nos deteníamos en una plataforma de hormigón en la que había una hornacina con una virgen en un cuadro de azulejos. Alguien, que no tendría nada que hacer, se dedicó a "saltarle los ojos", tal vez con una piedra. Ya pudo dedicarse a matar moscas con el rabo, me refiero al rabo del diablo, el que lleva atrás que, bien contados, sumaría dos, resultando ser el delantero centro. También llevaba cuernos visibles, el dibujante cae en todos los detalles, borra los que le interesa, los que no se ven pero pesan.

4. La escala del Sol

Cuando estábamos por el Paseo o Terraplén, me fijaba en el torreón del Castillo por su cara oeste, o sea, la de la explanada famosa. Cuando me aburría y mataba moscas con el rabo pensaba en que con la obra nueva que terminaron hace poco, podían haber dibujado una escala tipo "reloj de sol" para, a medida que las sombras se apoderaban de la base, marcar el ritmo en que aquella ascendía lentamente hasta llegar a verse una estrecha cenefa antes de que el sol decline y desaparezca detrás del Tajo. Esa imagen se repite siempre, bueno, si no está nublado.

Por entonces, años 60, se oía una canción cuya letra venía a ser:

«Está cansado el sol de tanto y tanto caminar se va se va se va se va Las sombras de la noche avanzan lentamente Hace frío ya, hace frío ya...»

Creo que Patty Pravo, o algo parecido, la cantaba. También interpretó "La Bambola". Era italiana. He buscado en Gemini, no me ha dado solución a la del sol cansado, así que yo, cansado de intentarlo, lo he dejado. Esa cantante nació en 1948; si Patty vive tendrá mi edad: 76 "otoñales primaveras" (Nació en abril, por lo que sería 76).

Después de este 'rollazo' que acabo de escribir, me pregunto: ¿Pero, no estabas hablando del vendedor de chumbos? No quería dejar recuerdos entrañables en el baúl donde Karina guardaba los suyos.


5. La ventana indiscreta y el higo chumbo

El vendedor de Chumbos y el engaño de quien se fía de las apariencias

En las Ferias de Luque, por las tardes, cuando la sombra se hacía presente, en la calle paralela al paseo y que lleva a la plaza de abastos, a la altura del quiosco verde donde Carmen (creo que así se llamaba) hacía tejeringos, solía ponerse un hombre que vendía higos chumbos.

Con una mesita y una banqueta plegable, al lado un cubo repleto de higos, esperaba sentado a clientes que gustaban aquel fresco fruto, de pulpa sabrosa, acompañada por muchas semillas que deslucían un poco aquel manjar (ningún higo es perfecto).

Su tarea era fácil: cogía un higo del cubo y lo ponía sobre la mesa, cortaba los dos extremos y, con maestría, hacía una incisión longitudinal. Separaba con la navajilla que utilizaba los dos bordes del corte; la zona inferior del fruto seguía adherida a su piel y, como un Bon Cherie para veganos, desnudaba aquel fruto y lo entregaba al comprador, todo del modo más aséptico posible. Aquel hombre podía haber sido un cirujano famoso.

El cubo era de zinc. Entonces no existía el plástico: para el pan se llevaban talegas, los impermeables eran de hule, etc. El hecho de ser de zinc se debía a que en los pozos el agua era salobre, y ese metal es más resistente a la corrosión.

Espero no estar equivocado. ¡Joé, me distraigo con diez de pipas!

Así me quedé con la ‘copla’ y me confié.

Un grupo de amigos (eran mis compañeros de clase y curso y, quizás, alguno más) cuando llegamos a la explanada e hicimos lo de siempre, nos disgregamos por aquel limitado espacio que era, y es, un balcón de cara al Tajo, Llano y Paseo del Rosario. Y aquí viene lo que, parece, me resisto a escribir, y no es eso:

Uno de nosotros se acercó al borde, quizás para ver la mole de piedra que es el Tajo, cosa que era inútil, fuere el que fuere el motivo — el Tajo se ve lo mismo desde la oquedad del Castillo que desde donde él se había puesto. De pronto, se volvió hacia nosotros y con un gesto elocuente, nos mandó callar a la vez que hacía señales para que nos acercáramos.

Curiosos e intrigados, lo hicimos. Nos tumbamos en el suelo y miramos hacia la zona donde estaban los dos últimos pinos, uno muy inclinado. Allí vimos a un joven que estaba de espaldas, apoyado sobre el muro de caída del terreno al paseo. Con los brazos extendidos y las palmas de su mano tocando la hierba del borde, daba golpecitos, tamborileaba, quizás nervioso. Junto a él, de frente, había una joven que jugaba separándose de su amado para volver con ímpetu hasta chocar una y otra vez con él, que, desconfiado, miraba para sus laterales en busca de ‘Voyeurs". Debía echar en falta un ojo en el cogote, como Don Aurelio durante la misa en la que le ayudamos en la Ermita de la Aurora (Marcelino y yo).

La mozuela llevaba una falda de tubo, roja y una camisa de un blanco resplandeciente; su mamá, o ella, la habrían lavado con ‘Tu-Tú, Omo o Persil’. Por el ramaje de los pinos no pudimos verle la cara, no supimos quién era, ni falta que hacía. Él, al estar de espaldas a nosotros, tampoco llegamos a conocerlo.

Era la primera vez, y la única, que veíamos una escena de amor que, además, fue inesperada. Cuando subimos a la explanada no había nadie en el Paseo del Rosario. Llegaron después.

Tuve la sensación de sentirme incómodo. «¡Pero si el Rosario es para pasear...!», pensé, ingenua criatura. No hace mucho me dijo una amiga luqueña que la banda de música estaba en ese lugar, en homenaje a los enamorados, nombre que se le ha dado ese romántico y ardiente lugar: "El paseo de los enamorados".

Como no estábamos cómodos, más bien lo contrario, levantamos el campamento, o sea, nos quisimos ir de allí.

Sentí el llamado ‘efecto túnel: la luz que veía al fondo de un largo túnel no sabía si era luz de día o, peor, del faro de un tren que viene en sentido contrario’, porque solamente veía como camino de salida, en mi obcecación, la vereda por la que subimos. Me preguntaba: «¿Cómo vamos a bajar por aquí, si en el momento que nos vean van a ver que nosotros hemos visto lo que acabábamos de ver?».

Todos los caminos llegan a Roma

Uno de nosotros tiró derecho por la vereda que existe entre el Castillo y la Ermita del Rosario.

Aquella senda era de arena formada por piedrecillas más o menos grandes. Al andar pasaba lo mismo que en el Terraplén: los granitos actuaban como rodamientos y se oía el arrastrar de las pisadas.

Aquel camino estaba, y debe seguir estando, bordeado por pitas y chumberas. Entonces ‘lo vi’. Sobre el orejón de una chumbera había un hermoso higo que me volvió loco, era como si me estuviera diciendo: “¡Este higo es para ti, solo para ti!”. Con ansias y dominado por la lujuria, le eché mano. ¡Craso error! Al apretarlo, sentí como si frías cuchillas cortaran la carne de mi palma derecha. Se me quedó medio cerrada y me dolía al tratar de abrirla. Cuando vi aquella mano parecía un retal de tela de traje de Faralaes, casi llena de lunares de color pardo oscuro. Aquella fue la primera transferencia que recibí en mi vida, y me la hizo un solitario higo.

Uno de mis acompañantes dijo: «¡Eso hay que cogerlo con papel de periódico!». «¡A buenas horas!», pensaba yo. Otro me dijo que frotando la palma con los granitos de arena se desprenderían las espinas. Recuerdo que durante una semana tuve, por lo menos, inhabilitada la ‘adolescente y pecaminosa mano’.

Aquella tarde el asunto de los higos estaba que arde.

Cuando hablo del vendedor de higos, dije que las apariencias engañan. Comprobé la certeza del consejo. Por ignorancia me pasó lo padecido. Los higos saben defenderse con sus armas, sus púas. La naturaleza enseña mucho y entre pitos y reveses nos vamos espabilando. La vida es un curso de formación personal continua sin derecho a rectificaciones; no hay moviolas que rebobinen lo que hacemos. Las moviolas se quedaron atrás, en aquellos maravillosos años 60, para repetir un pequeño extracto de jugadas y goles del domingo. Eso lo daban los lunes por la noche, a finales de esa década.

Moraleja: Cuando quieras coger un chungo higo, asegúrate que esté limpio o recibirás un castigo. Entre alfileres y agujas finas, con otros pinchazos, fui sacando las espinas.

(De mi colección de rimas de hojalata, utilizada en aquellos años con alguna frecuencia por cualquiera que se animara. Las más fáciles respondían a los números 5 y 8).

He podido escribir notas a pie de página, pero no sigo reglas ni nada, todo pa'lante.

Zaragoza, 01 de febrero de 2025 21:27´

Luis Gil Amores

jueves, 8 de junio de 2023

El petardo reumático

 


El petardo reumático

   En abril del pasado año tuve la suerte de encontrarme con mi amigo Francisco Aledo García. Testigo del encuentro fue Alfonso Molina Baena. Con ambos tuve la fortuna de compartir los estudios en la Escuela de don Francisco durante los cuatro años de principios de los 60.

 A Alfonso lo he visto todos los años que fui al pueblo, hasta 2018. Llegó el Covid y cesaron las visitas, se jorobaron los planes y, en cierta medida, las ilusiones casi desaparecieron. Poco a poco fuimos recobrando algo de normalidad, y el tiempo, como siempre, ejerció de ungüento que, sin sanar del todo, suavizan las heridas que tan inesperada plaga dejó. La tranquilidad de antes, como cristal, se fracturó en mil pedazos, a ver quién la recompone.

Con Francisco estuve el 3 de abril del 2022.  No nos veíamos desde hacía 52 años y poco más de un mes. En ese espacio vacío algunos amigos se quedaron por el camino. Su recuerdo permanece vivo. La muerte no es el final, pienso yo.

En un momento de la conversación Francisco me preguntó si recordaba un episodio carnavalesco que padecimos, sufrimos y nos llegó a acongojar. Se refería a un petardo de los que se suelen lanzar por carnavales y a “las dos mujeres”.

Le prometí enviarle un borrador sobre aquel inolvidable momento. Ya ha pasado más un de año y aún no lo he hecho. Le he mandado algún escrito al respecto, pero no consigo poner lo que deseo hacer constar, porque me extiendo mucho y me voy por las ramas.

 La idea

Un día sucedió que uno de los amigos se decidió a cortar parte del extremo del cordón de un zapato; deshilachado por rotura de las fibras, colgaba como un pingajo y resultaba feo.

Sin pensárselo dos veces procedió a darle una calada a un cigarrillo que fumaba y, con la punta al rojo (punta del cigarro), hizo un corte que ni el mejor cirujano hubiera conseguido.

La cosa no quedó aquí, después de haber tirado aquel apéndice notó que seguía oliendo a quemado, a humo, lo que equivale a que el cirujano no cerró bien la herida. Examinó el extremo operado y comprobó que la parte saneada seguía quemándose lentamente. De ahí caímos en la cuenta de que, aprovechando que no se apagaba, podíamos aplicarlo en alguna ocurrencia, por ejemplo: hacer explotar un petardo añadiendo a la mecha un poco de cordón que, para más datos, era de canutillo, porque al estar hueco, permitiría que la delgada mecha petardera encajase como anillo al dedo. Digamos que serviría de retardador y, con arreglo a la longitud que le diéramos, variaría el tiempo de espera.

 El inicio de las fiestas de carnavales venía precedido por el estallido de petardos. Algunos atrevidos prendían la mecha y lo arrojaban en cualquier sitio cercano a personas con la finalidad de sobresaltarlas, y lo lograban; no se escondían. También comenzaban a lucir las bengalas y unas tiras de cartón que llevaban adherida una substancia con forma de uña que, al frotarlas sobre una superficie rugosa: un adoquín, una pared, el suelo, etc., comenzaban a arder con sonoros chisporroteos (¿tal vez lo llamábamos pistones?). Más o menos ese era el catálogo para gamberros.

 La compra de los artículos

 Entrando en las fiestas carnavaleras conseguimos dedicar un poquito de nuestro escaso dinero, unas pesetillas, porque nuestras finanzas no daban para mucho. Nos dirigimos a una tienda que había por encima del carpintero Rosa (¿tal vez de Francisco?) era una especie de bazar que vendía muchos productos, entre otras cosas, armónicas, por poner un ejemplo, y artículos de carnaval: pirotecnia nivel adolescentes (poca carga de pólvora). Adquirimos un petardo y dos o tres bengalas.

El sacrificio era muy grande, porque por una peseta podíamos comprarnos 4 celtas cortos, 3 celtas cortos y un real de pipas, o mitad y mitad. Ya hablaré de los bolsillos vacíos.

 La preparación

 La mejor preparación es no tener nada preparado. Tiene sentido.

Quizás íbamos a realizar la prueba en un lugar donde no hubiera gente, tal vez en el terraplén, pero como decía el refrán: “el hombre propone y Dios dispone”, no sabíamos ni pensábamos qué tiempo haría llegada la ocasión.

 El carnaval se presentó lluvioso, bastante. Con aquello no contábamos, pero el deseo de llevar a cabo el experimento aquel nos empujaba a buscar lugares en los que pudiéramos hacer estallar el dichoso petardo.

Queríamos hacerlo en sitios abiertos, como era el terraplén, o la Pedriza, u otro lado donde no molestar a nadie y satisfacer nuestra curiosidad. Pero no era posible: lluvia persistente.

 Tal era nuestro afán que aprovechamos una pausa larga en aquello de caer agua del cielo, había escampado. Pensamos en una especie de cueva excavada que estaba situada en un recodo del camino de San Jorge. Allí no había nadie y estábamos a cubierto. Nos fuimos para allá. ¿Qué hora sería? En febrero, invierno, las cinco y media de la tarde estaba muy cerca de producirse eso que llaman “entre dos luces”, bien es cierto que el cielo encapotado agravaba la sensación oscuridad.

 Dicho y hecho, llegamos a aquel lugar en cuyo suelo solía haber partes de aparejos de los mulos además de otras cosas abandonadas. No era un buen sitio para meterse, pero era la único que teníamos, las prisas no son buenas consejeras.

 Comenzó a llover, descartamos el encendido del cohetillo en el interior (parecía que más que petardo era un barreno) y nos dedicamos a ir prendiendo las bengalas.

 Nos consolamos con ver aquella hermosa luz blanquísima que no paraba de soltar estrellitas que enseguida se extinguían. Aquello duró un minuto, tan efímero como el arco anaranjado que salían de las herraduras de los mulos cuando, en la oscuridad de la mañana, resbalaban al pisar las piedras de las calles.

 Poco más tarde salimos de aquella cueva, llovía bastante, pero no teníamos otra opción. Creo que se nos hizo muy largo el camino a casa, carecíamos de protección: un impermeable, por ejemplo. Nada, a pecho casi descubierto. Para pillar una pulmonía. Además, los impermeables no estaban en nuestro simple catálogo de vestuario.

 Empapado subí la calle Marbella hasta llegar a casa. Sentía los pies muy fríos y oía una especie de chapoteo dentro de uno de los zapatos, había entrado agua a través de una perforación que se había producido en la suela. Eché la culpa a la mala calidad del material que traían, ¿quizás cartón piedra con alguna capa de cuero? El quizás me dijo que las cosas, cuando se fuerzan mucho, se rompen. La culpa era mía.

 Sobre el sonido del pie ahogándose en el zapato mientras lo llevaba puesto, pasados unos años, descubrí que para oírlo no era necesario tener zapatos, calcetines ni agua; tampoco hacia falta estar de pie, ni caminar; las humedades, donde quieran que se produzcan, ocasionan igual o parecido ruido que el que oía aquella noche de pies helados.

 

La detonación del petardo

 Transcurridos unos días se estabilizó el tiempo, dejó de llover. Decidimos que había llegado el momento de salirnos con la nuestra: probar el cordón conectado a la mecha y esperar a ver si aquel invento del TBO llegaba a colmar nuestra insana curiosidad.

En la Carrera no se veía un alma, bueno, en la fuente de la Aurora una mujer se puso a llenar un cántaro.

Colocamos aquel artefacto en el suelo, en el ángulo que formaban la acera con la fachada, debajo de una ventana enrejada; prendimos el cordón y cruzamos la calle para ir a sentarnos en el escalón de la casa de uno de los que participaba en aquel experimento.

Estábamos los justos, y algo apretados, no venía mal habida cuenta el frío y la humedad que reinaba y la ropilla que vestíamos: una camiseta, un saquito, una rebeca y pantalón corto, calcetines y unos zapatos de material de aquellos que nos servían para todo. Era la calefacción del rebaño, expresión que, a raíz del Covid, se hizo popular: “Todos deben vacunarse para lograr la inmunidad del rebaño”, algo así.

 Miramos a la izquierda y vimos que, desde la zona del Reloj, una señora con un cántaro se dirigía hacia la fuente. Iba por la acera donde estaba el petardo; miramos a la derecha y vimos a la mujer de la fuente, que volvía con el cántaro lleno, caminaba en sentido inverso, en rumbo de colisión. La preocupación aumentó, casi pánico sentimos.

Cuchicheamos cosas como:” ¡A que se van a cruzar donde está el petardo! ¿Y si se paran? Nuestros temores se cumplieron al milímetro, en el mismo sitio y a la misma hora se detuvieron y comenzaron a hablar, y nuestro invento quedó junto a sus zapatos.

 El petardo no daba señales de vida, comentábamos alarmados: “¡Cómo explote se pueden morir de repente, o de pronto!” Estábamos muy apurados, muy tensos, muy acongojados esperando un estallido seco. Al momento se oyó una explosión medio fallida, de baja intensidad. Aquellas señoras se sobresaltaron un poco y centraron su mirada en nosotros, seguramente, además del sonido, olerían a pólvora quemada. En ese instante cada una siguió su camino. Un poco de sosiego vino a calmarnos, podía haber sido peor.

 La explicación que se puede dar sobre el fallo del petardo es que, como la humedad ambiente era muy alta, penetra todos los tejidos que alcanzan, y lo mismo que a un reumático le duelen los huesos, al petardo aquel, durante tantos días de lluvia, se le fue humedeciendo la pólvora y perdió la efectividad de una carga seca. O sea, que lo que medio explotó fue un petardo “reumático”. Dios vino a vernos.

Zaragoza, 08/06/2023 – 13:17

L G A

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