EL CINE DE VERANO EN EL PATIO DE LA CALLE ALTA
El ambiente y la espera
Al anochecer, cuando el cine se abría para el público, un fantástico olor
a tierra mojada nos daba la bienvenida. El suelo era de tierra y se regaba
previamente para aplacar el calor del día, un gesto que todos agradecíamos.
Para sentarnos, el lugar preferido por nosotros (Francisquito, Antoñín
Arjona y yo) estaba al final, justo al pie de la caseta del proyector. En los
descansos, me gustaba subir por la escalerilla lateral hasta la entrada de la
cabina para ver qué hacía el operador. Mi curiosidad por la técnica —los
cambios de rollos de celuloide y el misterio de los "carbones"— era
mi debilidad.
Cine Mexicano (Tragedia y emoción):
Recuerdo especialmente una película sobre la vida de dos hermanos
huérfanos, de unos 8 y 10 años, en México capital. El mundo que los rodeaba era
una retahíla de abusos y maltratos; cuando al final mataron al hermano mayor,
fue un golpe terrible para nuestra sensibilidad.
En medio de aquella desgracia, oímos un gemido a nuestra izquierda. Era
PFz con un pañuelo blanquísimo desplegado por su cara. Intentaba ocultar que
estaba llorando, pero en cuanto notó que lo observábamos, deslizó el pañuelo
hacia su nariz fingiendo sonarse unos mocos que no tenía. Si aquella gran
persona llega a romper en llanto abierto, creo que todo el cine lo habríamos
acompañado. Habría sido un llanto histórico en la calle Alt porque sólo nos
faltaba un empujoncito; el nudo en la garganta nos lo reclamaba.
La criada mulata:
Otra de las películas que más nos impactaron trataba sobre una mujer
rubia, rica y antipática que vivía profundamente acomplejada. Maltrataba
constantemente a su sirvienta de raza mulata, especialmente cuando recibía
invitados en casa. Le tenía una inquina casi infinita, pero, curiosamente,
nunca la despedía.
El desenlace fue estremecedor. En una ocasión, mientras recibía la visita
de una amiga, mandó a la criada a preparar el té. Cuando la sirvienta subía por
una empinada escalera con la bandeja, tropezó y todo el servicio se esparció
por el suelo. El ataque de ira de la señora fue desmesurado; arremetió contra
ella con un ímpetu descontrolado y, de un fuerte empujón, la hizo rodar hasta
abajo, causándole la muerte.
La invitada, testigo directo del horror, gritó entonces unas palabras que
lo aclararon todo: «¡No la maltrates, es tu madre!». En ese instante, los
espectadores comprendimos que aquel odio era el producto de una sospecha que la
protagonista había arrastrado toda su vida. Vivía atormentada por el temor de
compartir sus genes con la sirvienta, a pesar de ser ella —casi de forma
enfermiza— extremadamente blanca.
Embajadores en el Infierno:
Trataba sobre las vicisitudes de la División Azul en un penal de Rusia
durante la Segunda Guerra Mundial. La vimos hasta tres veces. Francisquito
incluso tenía el libro del capitán Teodoro Palacios Cueto que relataba aquel
cautiverio y el regreso a España en el barco Semíramis.
Santiago Ramón y Cajal:
Un recorrido por la vida de nuestro Nobel de Medicina: su servicio militar
en Cuba durante la guerra de los diez años, sus investigaciones y sus logros.
Años más tarde, en 1982, recordaríamos esta historia con la serie de TVE
protagonizada por Adolfo Marsillach.
José María el Tempranillo:
Más allá de la simple aventura, lo que nos fascinaba en aquellas
proyecciones era la épica que rodeaba a José María el Tempranillo. Él no era un
simple fuera de la ley; era un personaje legendario1 que definía
toda una época de nuestra historia andaluza. En un tiempo de desigualdades, el
bandolero encarnaba la rebeldía y un código de honor que todos respetábamos en
silencio desde nuestras sillas de tijera.
Recuerdo especialmente la tensión que se mascaba en el patio al ver la
imagen del templo rodeado por los Migueletes. Aquellos soldados esperaban fuera
como lobos, con las bayonetas caladas, pero sin atreverse a cruzar el umbral
porque por entonces se respetaba a rajatabla el derecho de asilo eclesiástico:
la iglesia era un lugar "sagrado" y seguro para todo aquel que se
refugiara en ella.
En medio de ese silencio sepulcral de la pantalla, surgía de pronto la voz
en off de una mujer, enamorada y temerosa, que lanzaba su aviso desesperado a
modo de copla:
«No salgas, José María, que estás prendío...»
Era un lamento cargado de miedo y ternura, el aviso de una mujer que sabía
que el destino de su hombre pendía de un hilo. Aquella música se nos grabó de
tal forma que se nos pegó a modo de soniquete. En los días siguientes, era raro
el momento en que no nos acordábamos —a mis amigos y a mí— cantándolo o
tarareándolo. Aquel aviso dramático de la enamorada terminó por convertirse en
nuestra banda sonora, bueno, hablo por mí y otros que la recordaban.
El Milagro del Sonido: Manolo Escobar y la "Física" de la
Alegría
En los descansos, el operador operaba un milagro: cambiaba el drama por la
alegría pura. Conectaba el tocadiscos y el vinilo del "Porompompero"
irrumpía en el patio. El ambiente se volvía increíble; la mayoría coreábamos el
estribillo con un orgullo que nos salía por los poros. Era el contrapunto
perfecto a las penas que acabábamos de ver en pantalla.
Pero aquel sonido tenía algo especial que lo diferenciaba de lo que
escuchábamos a diario. Hoy, con el paso de los años, entiendo que había dos
diferencias que no eran baladí:
Mientras que en las radios de nuestras casas la canción se oía a todas
horas, el audio era caprichoso. A medida que avanzaba el día y la atmósfera se
enfriaba, se producía un desvanecimiento de las ondas. La música era como las
olas: venían y se iban lentamente, y en ese vacío resaltaba el ruido
electrónico de las válvulas. Como canta Joan Manuel Serrat en Mediterráneo: “Y
te vienes y te vas después de besar mi aldea, jugando con la marea...”. Serrat
se valía de la física para su lírica, y nosotros vivíamos esa marea sonora en
cada radio, transistor.
Sin embargo, en el cine todo era distinto. Allí no había mareas ni
desvanecimientos. La señal que recibía el amplificador era pura, directa de la
aguja recorriendo los surcos del disco. Aquello, sumado a la potencia del
altavoz, nos entregaba una música limpia, sin ruidos ni interferencias. Era un
sonido firme que nos contagiaba, nos enardecía y nos emocionaba. En aquel
patio, Manolo Escobar no venía y se iba; se quedaba allí con nosotros,
llenándolo todo.
[1]: Sobre el carácter legendario de estas figuras, recuerdo perfectamente
la definición que estudiamos en el curso 63/64 en la escuela de Casa Jopillo,
en la asignatura de Literatura: “La leyenda es el relato de un hecho real que
la fantasía popular ha deformado novelándola”. Cuánto daría por conservar aquel
magnífico texto de cuarto de bachiller; si alguno de mis compañeros de entonces
aún lo conserva, podrá confirmar la exactitud de estas palabras que han quedado
grabadas en mi memoria.
Luis Gil Amores
21 02 2026
Zaragoza - 212:26
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