sábado, 21 de febrero de 2026

En el cine de la calle Alta, años 60

 

EL CINE DE VERANO EN EL PATIO DE LA CALLE ALTA

El ambiente y la espera

Al anochecer, cuando el cine se abría para el público, un fantástico olor a tierra mojada nos daba la bienvenida. El suelo era de tierra y se regaba previamente para aplacar el calor del día, un gesto que todos agradecíamos.

Para sentarnos, el lugar preferido por nosotros (Francisquito, Antoñín Arjona y yo) estaba al final, justo al pie de la caseta del proyector. En los descansos, me gustaba subir por la escalerilla lateral hasta la entrada de la cabina para ver qué hacía el operador. Mi curiosidad por la técnica —los cambios de rollos de celuloide y el misterio de los "carbones"— era mi debilidad.

Cine Mexicano (Tragedia y emoción):

Recuerdo especialmente una película sobre la vida de dos hermanos huérfanos, de unos 8 y 10 años, en México capital. El mundo que los rodeaba era una retahíla de abusos y maltratos; cuando al final mataron al hermano mayor, fue un golpe terrible para nuestra sensibilidad.

En medio de aquella desgracia, oímos un gemido a nuestra izquierda. Era PFz con un pañuelo blanquísimo desplegado por su cara. Intentaba ocultar que estaba llorando, pero en cuanto notó que lo observábamos, deslizó el pañuelo hacia su nariz fingiendo sonarse unos mocos que no tenía. Si aquella gran persona llega a romper en llanto abierto, creo que todo el cine lo habríamos acompañado. Habría sido un llanto histórico en la calle Alt porque sólo nos faltaba un empujoncito; el nudo en la garganta nos lo reclamaba.

 La criada mulata:

Otra de las películas que más nos impactaron trataba sobre una mujer rubia, rica y antipática que vivía profundamente acomplejada. Maltrataba constantemente a su sirvienta de raza mulata, especialmente cuando recibía invitados en casa. Le tenía una inquina casi infinita, pero, curiosamente, nunca la despedía.

El desenlace fue estremecedor. En una ocasión, mientras recibía la visita de una amiga, mandó a la criada a preparar el té. Cuando la sirvienta subía por una empinada escalera con la bandeja, tropezó y todo el servicio se esparció por el suelo. El ataque de ira de la señora fue desmesurado; arremetió contra ella con un ímpetu descontrolado y, de un fuerte empujón, la hizo rodar hasta abajo, causándole la muerte.

La invitada, testigo directo del horror, gritó entonces unas palabras que lo aclararon todo: «¡No la maltrates, es tu madre!». En ese instante, los espectadores comprendimos que aquel odio era el producto de una sospecha que la protagonista había arrastrado toda su vida. Vivía atormentada por el temor de compartir sus genes con la sirvienta, a pesar de ser ella —casi de forma enfermiza— extremadamente blanca.

Embajadores en el Infierno:

Trataba sobre las vicisitudes de la División Azul en un penal de Rusia durante la Segunda Guerra Mundial. La vimos hasta tres veces. Francisquito incluso tenía el libro del capitán Teodoro Palacios Cueto que relataba aquel cautiverio y el regreso a España en el barco Semíramis.

Santiago Ramón y Cajal:

Un recorrido por la vida de nuestro Nobel de Medicina: su servicio militar en Cuba durante la guerra de los diez años, sus investigaciones y sus logros. Años más tarde, en 1982, recordaríamos esta historia con la serie de TVE protagonizada por Adolfo Marsillach.

José María el Tempranillo: 

Más allá de la simple aventura, lo que nos fascinaba en aquellas proyecciones era la épica que rodeaba a José María el Tempranillo. Él no era un simple fuera de la ley; era un personaje legendario1 que definía toda una época de nuestra historia andaluza. En un tiempo de desigualdades, el bandolero encarnaba la rebeldía y un código de honor que todos respetábamos en silencio desde nuestras sillas de tijera.

Recuerdo especialmente la tensión que se mascaba en el patio al ver la imagen del templo rodeado por los Migueletes. Aquellos soldados esperaban fuera como lobos, con las bayonetas caladas, pero sin atreverse a cruzar el umbral porque por entonces se respetaba a rajatabla el derecho de asilo eclesiástico: la iglesia era un lugar "sagrado" y seguro para todo aquel que se refugiara en ella.

En medio de ese silencio sepulcral de la pantalla, surgía de pronto la voz en off de una mujer, enamorada y temerosa, que lanzaba su aviso desesperado a modo de copla:

«No salgas, José María, que estás prendío...»

Era un lamento cargado de miedo y ternura, el aviso de una mujer que sabía que el destino de su hombre pendía de un hilo. Aquella música se nos grabó de tal forma que se nos pegó a modo de soniquete. En los días siguientes, era raro el momento en que no nos acordábamos —a mis amigos y a mí— cantándolo o tarareándolo. Aquel aviso dramático de la enamorada terminó por convertirse en nuestra banda sonora, bueno, hablo por mí y otros que la recordaban.

 El toque alegre:

El Milagro del Sonido: Manolo Escobar y la "Física" de la Alegría

En los descansos, el operador operaba un milagro: cambiaba el drama por la alegría pura. Conectaba el tocadiscos y el vinilo del "Porompompero" irrumpía en el patio. El ambiente se volvía increíble; la mayoría coreábamos el estribillo con un orgullo que nos salía por los poros. Era el contrapunto perfecto a las penas que acabábamos de ver en pantalla.

Pero aquel sonido tenía algo especial que lo diferenciaba de lo que escuchábamos a diario. Hoy, con el paso de los años, entiendo que había dos diferencias que no eran baladí:

Mientras que en las radios de nuestras casas la canción se oía a todas horas, el audio era caprichoso. A medida que avanzaba el día y la atmósfera se enfriaba, se producía un desvanecimiento de las ondas. La música era como las olas: venían y se iban lentamente, y en ese vacío resaltaba el ruido electrónico de las válvulas. Como canta Joan Manuel Serrat en Mediterráneo: “Y te vienes y te vas después de besar mi aldea, jugando con la marea...”. Serrat se valía de la física para su lírica, y nosotros vivíamos esa marea sonora en cada radio, transistor.

Sin embargo, en el cine todo era distinto. Allí no había mareas ni desvanecimientos. La señal que recibía el amplificador era pura, directa de la aguja recorriendo los surcos del disco. Aquello, sumado a la potencia del altavoz, nos entregaba una música limpia, sin ruidos ni interferencias. Era un sonido firme que nos contagiaba, nos enardecía y nos emocionaba. En aquel patio, Manolo Escobar no venía y se iba; se quedaba allí con nosotros, llenándolo todo.

[1]: Sobre el carácter legendario de estas figuras, recuerdo perfectamente la definición que estudiamos en el curso 63/64 en la escuela de Casa Jopillo, en la asignatura de Literatura: “La leyenda es el relato de un hecho real que la fantasía popular ha deformado novelándola”. Cuánto daría por conservar aquel magnífico texto de cuarto de bachiller; si alguno de mis compañeros de entonces aún lo conserva, podrá confirmar la exactitud de estas palabras que han quedado grabadas en mi memoria.

Luis Gil Amores

 21 02 2026 

Zaragoza - 212:26

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