El buitre
Era un mediodía soleado, sobre las doce y media o la una de la tarde.
Desde la terraza de la escuela se divisaba perfectamente el camino de San
Jorge. Allí observamos cómo un grupo numeroso de buitres devoraba una presa
abandonada en la orilla. La afortunada ausencia del Maestro nos permitió la
travesura: escaparnos hasta el lugar donde las aves celebraban su particular
festín.
Al llegar, la mayoría alzó el vuelo. Sin embargo, dos de ellas quedaron
rezagadas. Una intentaba poner distancia batiendo las alas torpemente hasta
que, por fin, logró elevarse. La otra, víctima de su propia glotonería,
permaneció allí. Tenía sus dos cuartas y media de cuello pelado hundidas en el
abdomen de una pobre cabra. Al sacar el pico, arrastraba consigo lo que parecía
un largo espagueti con tomate: era el intestino delgado de la inerte víctima.
Intentó largarse, pero llevaba tanta carga en el buche que, por más que
insistía, su incapacidad para despegar era evidente.
Francisco, sin pensarlo dos veces, se lanzó hacia aquel pajarraco y lo
sujetó por las puntas de las alas, dejándolo inmovilizado. Me sorprendió el
arrojo de mi compañero; la impresionante envergadura de aquel animal con las
alas desplegadas nos tenía a los demás completamente acongojados.
Lo llevamos hacia el Patín del pueblo. Aquel animal acabó muriendo. Según
nos dijeron, si se presentaba en el ayuntamiento, se cobraba una recompensa por
"alimaña" cazada. Qué paradoja: hoy sabemos que el buitre no es una
alimaña, sino el "basurero" más eficiente de la naturaleza. Están
programados para limpiar el planeta de carroña, evitando contagios y
putrefacciones que podrían propagar enfermedades como el ántrax o el cólera.
Sus estómagos son auténticos hornos bacteriológicos que pro
Resulta curioso que, mientras los buitres de pluma y pico son perseguidos por su glotonería, existan otros ejemplares que caminan erguidos y nunca son cazados. Estos otros, de cuello blanco y manos largas, no esperan a que la presa esté inerte; prefieren servirse de lo ajeno y, cuando el buche está ya tan repleto que amenaza con reventar, no baten las alas con torpeza como aquel de mi infancia. Al contrario, huyen con elegancia en relucientes naves de metal, poniendo tierra y nubes de por medio con sus tesoros a buen recaudo. A diferencia de los del Camino de San Jorge, que limpian los campos, estos solo dejan tras de sí el rastro de la escasez, miseria y desprecio.
Luis Gil Amores
03 03 2026
23:00
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