lunes, 3 de agosto de 2026

Mi amigo Paulinín

 

 


Paulinín

Este escrito, dedicado a mi buen amigo Paulino Moreno Moral, trata de fútbol y de la rivalidad entre los aficionados de uno u otro de los grandes equipos que, a la sazón, existían en la primera división de la Liga, sobre todo los históricos, pues otros desaparecieron o vinieron a menos.

Los primeros pasos hacia el balompié

Antes de vivir en Luque el fútbol no me decía nada, no me llamaba la atención. Sin embargo, con mi llegada al pueblo todo cambió: fue cuando conocí a mis amigos y, sin darme cuenta, me convertí en un forofo de ese deporte y del Real Madrid.

En ese aspecto, mi trayectoria de la indiferencia a la pasión la puedo describir por los siguientes pasos que la vida puso en mi camino hacia el mundo del balompié:

A finales de los años 50 vivía en Doña Mencía. Recuerdo que vendían unos caramelillos de menta de color verde oliva y blanco; “Saci” era la marca que figuraba en las envolturas que los cubrían. En el interior de cada uno venía el nombre de un futbolista famoso de la época: Gento, Di Stéfano, Kubala, etc. Decían que, si se conseguía reunir a once de aquellos —una alineación completa—, le daban un premio al ganador. Con esos famosos nombres, sin saberlo, di mis primeros pasos en el fútbol. Aun así, hacía falta mucho más para que terminara de gustarme.

En septiembre de 1960, cuando tenía 11 años, llegamos a Montilla y comencé a ir al Colegio de los Salesianos. Allí conocí a Ricardín, mi padre trabajaba en la oficina de un tío suyo. Junto a Ricardo había un chavalillo de nuestra edad que tenía el pelo y las cejas blancos (albino); llevaba gafas y un parche en uno de sus ojos, por lo que parecía un piratilla. Muchos años después me enteré de que a lo del parche le llamaban “ojo vago” y debían tapar el bueno para estimular la visión del defectuoso. Bueno, tampoco entiendo mucho de esas cosas de médicos ni de ópticas, pero la vida es un aprendizaje continuo.

La presentación fue durante el recreo y resultó algo atípica. Tras el saludo inicial y afectuoso, comenzaron las carreras. Me explico: mientras la mayoría de los alumnos gritaban, corrían jugando al balón o se dedicaban a otras cosas, Ricardín y aquel zagal se miraron con cara de guasa, levantaron el puño y me avisaron con gestos inconfundibles de que, si no corría, me iban a dar coscorrones. Así disfrutábamos aquel tiempo libre: haciendo yo de liebre mientras dos galgos me perseguían. Nunca me pillaron, bien porque no quisieran o porque yo era más rápido. Nos lo pasábamos muy bien.

Lo he hablado con Ricardo y no recuerda el nombre de aquel albino que, según escribo, venía a ser como aquel muchacho malo: con parche en el ojo, sin pata de palo y con cara de enojo... ¿Quizás porque no me alcanzaba? No, más bien con cara de pillo. Éramos unos chiquillos y, además, nos venía muy bien movernos, que luego en el pupitre pasábamos mucho tiempo sentados. Eso duró como mucho, un par de semanas, después entré en la academia del mismo centro religioso.

La pasión merengue y las tertulias en Luque

Ricardín me había dicho que él era luqueño. Varios meses después me llevé una sorpresa: el 1 de marzo del 61 pisé las piedras de la calle Marbella, fui a la escuela del Maestro y, entre los compañeros de curso, los amigos en general, el terraplén y los partidos radiados o televisados, me adentré por completo en el mundo del balompié y me convertí en un ferviente aficionado del Real Madrid.

Entre mis amigos se encontraba Paulino Moreno Moral. Bien fuera por el Llano o por la Carrera, nos encontrábamos y charlábamos de todo un poco. Paulino era del Atlético de Madrid; lo veíamos con cierta sorna los merengones madridistas que, con nuestro complejo de superioridad, mirábamos con cierto desdén a los demás: a los culés —como Joseíllo, el del bar España, que creo que era blaugrana— y a los colchoneros, como el amigo Paulino.

La realidad es que, a pesar de las diferencias, todo se desarrollaba en un clima de cordialidad y bromas que resultaba muy agradable: los encuentros, las conversaciones y las retransmisiones de los partidos (¡Érase muchas orejas a un transistor pegadas!). Vivir aquellos momentos nos unía bastante. Cualquier tensión terminaba cuando acababa el partido y así esperábamos al siguiente sin que se rompiera la paz. No nos separaba; al contrario, nos cohesionaba.


La fría noche de Yugoslavia





Entre los muchos encuentros en los que hablábamos de partidos, bien fuera recordando los pasados u oyendo la transmisión en directo, mi relato se va a centrar en una eliminatoria de la Copa de Europa entre el Atleti y un equipo de nombre muy raro. Comenzaba por “Vojv...” o algo parecido; tuve que buscarlo por internet para saber cuál era: el Vojvodina de Novi Sad, de Yugoslavia (en la antigua URSS).

Paulinín, cuya paciencia haría parecer al Santo Job una persona muy débil y ansiosa, aguardaba el resultado. La eliminación la oímos en la zona que queda entre el bar de Telesforo y la esquina del Sevillano. Allí de pie, aguantando estoicamente entre Bisonte y Bisonte con las manos en los bolsillos, pasábamos mucho frío. Sin embargo, lo compensaba la energía oculta que, en aquella atmósfera de tensiones amables, calentaba nuestra quietud bajo un techo de cielo frío y estrellado. La nieve es para los renos y Santa Claus en el norte de Europa: poca luz, ojos claros y miradas frías⁽¹⁾. Vivir más al norte o más al sur tiene sus ventajas e inconvenientes, pero para nosotros, en casi todos los casos, eran ventajas.

(1) De mis recuerdos en Alemania.

De aquel episodio y de muchos más —con casi los mismos protagonistas—, este es el recuerdo más relevante en mi memoria, el que he elegido rescatar.

El milagro de un corazón compartido

Pasaron muchos años, llegaron las nuevas tecnologías (que ya no son tan nuevas) y eso posibilitó recuperar el contacto con tan buen amigo. Como no podía ser de otro modo, rescatamos aquellos momentos luqueños y le dije algo que sonaba a una leve infidelidad por mi parte: «Paulino, me convertí en un aficionado del Atleti, siento que he traicionado un poco al Madrid». No se lo creía, pero paso a detallar cómo fue ese milagro por el que pasé a tener como primer equipo al Real Madrid y, casi al mismo nivel, al Atlético: Reina, Adelardo, Ufarte, Gárate, Luis Aragonés... ¡No eran moco de pavo!

El proceso fue el siguiente: cuando hacía el servicio militar en Madrid, un grupo de compañeros de la misma compañía aprovechábamos los ratos libres para salir a tomar algo, ir al cine, subir a Atocha para comernos un bocadillo de calamares en “El Brillante” o ir a la Cuesta de Moyano para ver libros, por poner algunos ejemplos.

Tres éramos madridistas y uno colchonero. Nos gustaba ir al estadio Santiago Bernabéu los domingos y ver los entrenamientos (los martes en la Ciudad Deportiva y los jueves en el propio Bernabéu). El compañero colchonero siempre nos acompañaba, así que nosotros le correspondíamos acudiendo con él al Vicente Calderón, junto al río Manzanares.

En ese estadio comencé a ver partidos buenísimos y a disfrutar de un equipo que fue una maravilla en la Liga y en la Copa de Europa. En 1974 jugó la final frente al Bayern de Múnich: tras ir ganando 1-0 con gol de Luis, en un desesperado tiro desde el medio del campo, el Bayern sorprendió a un confiado portero... ¿Quién podía ser? ¡Pues Reina! El partido terminó en empate. Esto fue un miércoles; el viernes se volvió a jugar de desempate y los alemanes lo tuvieron muy fácil: nos dieron la del pulpo (4-0, creo).

Así, de no saber si me gustaba el fútbol, muté a seguidor de dos equipos que son la noche y el día de Madrid por su antagonismo centenario.


Sueños de teleportación hacia el Paredón


En nuestras conversaciones de “jubilatas satisfechos” —como dice Paulino—, recordando que cualquier tiempo pasado fue mejor, soñamos despiertos haciendo planes para ir a Luque y, sobre el terreno, recordar aquellos maravillosos años en el Llano. El tiempo pasa, nosotros nos pasamos y los deseos a veces se quedan en eso; sabemos que será difícil, pero no imposible, y la esperanza se mantiene. Lo bueno de todo es que hablar sobre esa posibilidad nos anima y nos alienta a mantenernos sin que la desesperanza nos venza. Nos vemos viajando en el AVE camino de Córdoba y, una vez allí, rumbo al pueblo... y ¿quién sabe? Como se decía antes de que llegara el WhatsApp: «Soñar no cuesta dinero».

A veces pienso en la “teleportación”. Esa palabra sobre viajar de un punto a otro a la velocidad de la luz no es algo que haya caído del cielo en los últimos años. En los años 60, 70 y 80 se emitían series como “Superagente 86”, “Kung Fu”, “La casa de la pradera”, “Aquellos maravillosos años”, “Los invasores” y “Star Trek”. Fue en esta última, de ciencia ficción, donde aparecían escenas de esa forma de viajar: los protagonistas se trasladaban a un lugar lejano metiéndose en una especie de cabina. No sé si con una orden mental o un mando físico, aparecían en un segundo en el destino solicitado (la ficción y la imaginación todo lo pueden).

Basándome en esa idea, me pongo a pensar si llegará un día en el que todo lo que damos por imposible sea viable y, hablando de soñar, pudiera llamar a Paulino y decirle: «¡Paulino, mañana a las nueve de la noche hemos quedado en el Paredón, en el bar El Frasco, no llegues tarde! Habrá tertulia, fino pato y tapillas».

La tertulia la dirigirá José Toleo, maestro en el arte de hablar. Los asistentes seremos unos cuantos que, afortunadamente, aún seguimos en este Valle de Lágrimas. Recordaremos a los que no pueden venir, a los que faltan desde hace muchos años, a los que viven en nuestro pensamiento y corazón, y a los que dentro de poco veremos (dando ánimos, que es ley de vida).

Cuando termine la reunión, regresaremos a Madrid y Zaragoza... ¡Total, por medio segundo de viaje! Las mujeres no nos van a poner trabas; oleremos a vino, cerveza, carne mechada, queso, jamón y unos gintónics para cargar la cabeza, pero dormiremos en casa.

El único método (que aún no existe) para hacer ese tipo de viaje sería enviar un mensaje de WhatsApp al Frasco para que nos reservaran sitio, hacernos un selfie cada uno y darle a enviar. Una vez allí, tendríamos un lugar entre todos los amigos del pueblo; el Paredón se quedaría pequeño para tanta gente, pero no importaría: donde comen dos, nos apretamos, sobra sitio y comemos quinientos. Para servir las tapas y bebidas no habría problema: con un ordenador y por WhatsApp aparecería todo lo que deseáramos.

Del fémur de Kubrick al punto azul pálido

Pensando en los avances de la tecnología sobre hacer posible lo imposible, recuerdo la película de Stanley Kubrick: “2001: Una odisea del espacio”. En el mes de agosto de 1968, recién llegado al cuartel donde hice el servicio militar, proyectaron esa famosa cinta en un cine de la Gran Vía; creo que fue de las primeras películas que vi allí.

La historia comienza con la lucha de primates contra primates, cuerpo a cuerpo, utilizando piedras. No daban para más, hasta que apareció el famoso monolito de color negro brillante. Un grupo de simios se fijó en aquel misterioso objeto que, según daba a entender, activó sus cerebros.

Entonces, uno de ellos se fijó en un fémur, lo cogió por un extremo y lo blandió como si fuera un arma. Comenzó a dar golpes contra otros huesos y otros simios. Supo que aquello le daba poder, alcanzaba a sus víctimas desde más lejos y multiplicaba la fuerza de sus golpes. Exultante de alegría, lanzó aquel fémur hacia el cielo; el hueso ascendía dando vueltas y, de repente, se transformó en una nave espacial acompañada por la música del vals de Strauss (“El Danubio azul”).

Así, de una tacada, se pasó de lo primitivo a lo avanzado: del fémur al ordenador HAL 9000, que era tan humano que asesinó a los ocupantes de la nave —menos a uno— y suplicaba al astronauta que se salvó que no lo desconectara. Aquel ordenador “murió” cantando la canción “Daisy” mientras se apagaba lentamente. Me recuerda a aquella letra que decía: «Suave que me estás matando, que estás acabando con mi juventud...».

Nosotros tecnológicamente no estamos todavía a ese nivel, aunque sí un poco más avanzados que los primates. Lo de la teleportación es una idea irrealizable; sería genial conseguirla, pero a los de mi generación no nos va a tocar, ni a muchas generaciones venideras. Y digo que estamos solo un poco más avanzados porque, aunque el hombre haya pisado la Luna seis o siete veces y se manden naves a Marte o Plutón, cada vez que veo la tele y oigo la radio me doy cuenta de que aquellos simios siguen sueltos por este mundo.

Si el planeta no se va al garete, con el desarrollo de la Inteligencia Artificial es posible que se consiga algo muy parecido. Por lo pronto, ya podemos ver fotos, vídeos, hacer videoconferencias o teletrabajar desde cualquier parte del planeta.

Hemos avanzado mucho, pero no tanto. La gente se puede comunicar casi instantáneamente desde cualquier parte de nuestro “pequeño punto azul”, como llamaba Carl Sagan a la Tierra vista desde una distancia sideral por la nave Voyager 1. Él hizo la siguiente reflexión:

«Consideremos de nuevo ese punto: ¡Es nuestro hogar, eso somos nosotros! La Tierra es un pequeñísimo escenario en una vasta e inmensa arena cósmica. Piensa en la impaciencia por matarse los unos a los otros, en la frecuencia de sus malentendidos, en lo fervientes que son sus odios ante determinadas formas de pensar, lo necio de nuestras posturas, nuestra imaginada autoimportancia y la falsa ilusión de tener una posición privilegiada en el universo.

Todas esas creencias son desafiadas por ese punto de luz pálida, por una mota solitaria que es nuestro planeta, flotando en esta inmensa y envolvente oscuridad cósmica. En mi opinión, no hay mejor demostración de la locura que es la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, recalca la responsabilidad que tenemos de tratarnos los unos a los otros con más amabilidad y compasión, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que hemos conocido».

Despedida con humor Luqueño

Amigo Paulino, no pensaba extenderme tanto, pero lo mismo dejo de escribir que no paro. En Luque nos veremos y recordaremos al “Taka Taka”, que fue el verdugo del Atleti en aquel partido de la Vojvodina. ¿Quién nos acompañaría? Tista Barona, Antonio Arjona, el Rubio y otros más. Me apuesto el precio del viaje a que los que nombro estaban. Ya me dirán los nombrados si recuerdan aquella noche de diciembre. En cuanto a Tista, solo me queda decirle, si pudiera oírme: «Amigo y compañero Juan Bautista, te fuiste muy temprano; descansa en paz».

Ya iba a terminar mi escrito con el bueno de Juan Bautista Barona Jurado (Tista), pero quiero finalizar con un chiste que, cada vez que yo lo acompañaba a comprar tabaco al estanco de Juan Rabadán, me contaba con su alegría y humor habitual. Trataba de aquel que llegó al estanco y, asomándose con precaución, preguntó: —¿Tiene usted bisontes sueltos? —¡Sí! —le respondieron. —¡Pues átelos, que voy a entrar a comprar un sello!

Simple, pero contado por él sonaba a fresco, no cansaba, su entusiasmo hacía nuevo lo oído anteriormente. 

Recordar que en aquellos años se vendían cigarrillos suelto: Celtas, un real; Bisonte y 3 Carabelas, dos reales o parecido.


Zaragoza, 06 de septiembre de 2024 (21:51 h)

Luis Gil Amores

   La fecha de publicación es hoy 05-08-2026, 18:56´



jueves, 5 de marzo de 2026


el corralón: dibujos, carbón y latoneros

El corralón era un campo de labranza dentro del pueblo; en realidad, era un lugar multiusos. Se entraba a través de una desvencijada puerta de madera. A la derecha, el recinto estaba limitado por un muro de piedras de color ocre, debido, quizás, a las inclemencias del tiempo. Aquel terreno caía en suave pendiente hacia la parte trasera de las casas de la carrera. Mi guía en aquellos primeros tiempos, Antonio Arjona Ortiz, bien conoce estos rincones.

unos dibujos semipornos

Fue allí donde aparecieron, como por arte de birlibirloque, un fajo de cuatro o cinco cartulinas. Aunque en mi ingenuidad de entonces supuse que habían surgido de entre las piedras del muro, la realidad era más terrenal: el amigo que me acompañaba las había sacado discretamente de su bolsillo. Pintadas con tinta china, narraban una historia de realismo asombroso:

  1. la contemplación: Una joven admirando sus "dos manzanitas" frente al espejo.

  2. el acecho: Un mozo con una cara de lujuria que ríete tú de un verraco en celo; más caliente que el pico de una plancha de carbón.

  3. la incursión: El muchacho subiendo por una escalera larga, de esas tipo a las que utilizaba el bueno de Ortega, nuestro electricista, para cambiar las bombillas del alumbrado.

  4. el encuentro: Gruñidos y signos de admiración: "se nos murió el amor de tanto usarlo".

  5. el desenlace: El joven volviendo a su ventana y ella pidiéndole que vuelva... como el almendro en el anuncio del turrón por navidad.

Esta colección de imágenes quizás aliviaba la sed de amor de aquellos que, como escribió Calderón de la Barca en su famoso verso sobre el sabio que solo se alimentaba de las hierbas que cogía, aquí solo se alimentaban de esos amores de sombra y soledad.

No era malo, era natural. No eran malos pensamientos, sino el instinto que Dios le ha dado a un salmón, a un verraco o a un halcón. Válvulas de escape necesarias que el pobre borrico de Changanilla nunca pudo utilizar; se murió, según creo, sin comerse una sola paja.

La perpetuación de las especies requiere esa vía, lo mismo para los humanos que para las cucarachas, ratas o cocodrilos. ¿Qué les voy a contar? Es una ley natural, no derecho positivo.

haciendo carbón y el misterio del cine

Lo de calificar el corralón como un espacio multiusos se debe a lo siguiente: a veces, al entrar en aquel querido lugar, veía una especie de cono humeante. Era una construcción tosca; debía tener un madero como soporte para albergar más madera. La superficie lateral era una capa de arena humeante para mantener una combustión lenta y conseguir el producto querido: el carbón.

Como nunca lo había visto, sin yo saberlo, me quedé con la copla, pero eso fue fuente de confusiones que no me explicaba. Sabía perfectamente qué era el carbón, el picón para los braseros. Sabía que a las mujeres, del calor de la mesa camilla, le salían unas manchas en las piernas llamadas «cabrillas», etc., pero mi confusión era sobre los carbones del cine. ¿Cómo es posible que las máquinas de cine utilicen el carbón? Fue en el cine de verano, cuando subía a la cabina, donde vi unas barras como lápices gruesos y en uno de los extremos llevaban una funda de color latón. Esto lo dejo para cuando vuelva a escribir sobre el cine.

la casa del horno y el eco rebelde

Junto a la puerta del corralón, formando un ángulo recto con la última casa de la callejuela hermanos de la aurora, había otra puerta que daba entrada a un recinto cerrado que había sido una panadería. Entramos y noté que al hablar se oía un sonido con eco, reverberar. La razón era que las paredes estaban desnudas y nuestros sonidos rebotaban en ellas. Me parecía algo misterioso.

Recuerdo la portezuela por donde entraba la masa cruda y salía el pan horneado. Junto a la portezuela había una pala larga que estaba fijada a la pared en posición diagonal. Para poner un ejemplo de eco, chistoso, se contaba que un vasco fue al pirineo para probar qué le respondía el eco; para ello, frente a una de las paredes del escarpado paisaje de aquellos montes, gritó: ¡Ramón Iruretagoyena!, y el eco le respondió: ¡Ramón Irureta... quéeeeeeeeee!?

la casa del latonero

Frente al corralón, en el camino del barrio san Sebastián, había una vieja casa. Allí se hospedaban el latonero y su familia: María se llamaba la mujer, y varios hijos. Vivían pobremente y las vecinas ayudaban en lo que podían.

El mayor de los hijos era Diego; tenía mi edad y, cuando me encontraba con él, hablábamos un poco. Era un gran chaval. Sentía envidia sana de mi situación como estudiante, de vivir en una casa en condiciones, de no tener problemas con las comidas e ir con mis amigos. A nuestros doce años, nuestras vidas eran dos mundos paralelos. Muchos años después, por el 2015 o 2016, me dijeron que había fallecido y me sentí muy triste. Sus hermanos siguen en el pueblo; los recuerdo con afecto y deseo de corazón que a ellos y a sus descendientes les vaya siempre bien.

El padre recorría las calles para ganarse la vida arreglando ollas; llevaba un anafre para calentar el soldador, el estaño, la resina de pino y su paquete de tabaco. Aquella familia siempre ha tenido un lugar en mi memoria.

Concluyo ahora con el poema de Calderón de la Barca, pero esta vez con todo el respeto y sin decir palabrotas:

"Cuentan de un sabio que un día / tan pobre y mísero estaba, / que sólo se alimentaba / de las yerbas que cogía. / ¿Habrá otro, entre sí decía, / más pobre y triste que yo?; / y cuando el rostro volvió / halló la respuesta viendo / que otro sabio iba cogiendo / las yerbas que él arrojó."

Zaragoza, 13 de marzo de 2026

18:09´

Luis Gil Amores



martes, 3 de marzo de 2026

 

El buitre

Era un mediodía soleado, sobre las doce y media o la una de la tarde. Desde la terraza de la escuela se divisaba perfectamente el camino de San Jorge. Allí observamos cómo un grupo numeroso de buitres devoraba una presa abandonada en la orilla. La afortunada ausencia del Maestro nos permitió la travesura: escaparnos hasta el lugar donde las aves celebraban su particular festín.

Al llegar, la mayoría alzó el vuelo. Sin embargo, dos de ellas quedaron rezagadas. Una intentaba poner distancia batiendo las alas torpemente hasta que, por fin, logró elevarse. La otra, víctima de su propia glotonería, permaneció allí. Tenía sus dos cuartas y media de cuello pelado hundidas en el abdomen de una pobre cabra. Al sacar el pico, arrastraba consigo lo que parecía un largo espagueti con tomate: era el intestino delgado de la inerte víctima. Intentó largarse, pero llevaba tanta carga en el buche que, por más que insistía, su incapacidad para despegar era evidente.

Francisco, sin pensarlo dos veces, se lanzó hacia aquel pajarraco y lo sujetó por las puntas de las alas, dejándolo inmovilizado. Me sorprendió el arrojo de mi compañero; la impresionante envergadura de aquel animal con las alas desplegadas nos tenía a los demás completamente acongojados.

Lo llevamos hacia el Patín del pueblo. Aquel animal acabó muriendo. Según nos dijeron, si se presentaba en el ayuntamiento, se cobraba una recompensa por "alimaña" cazada. Qué paradoja: hoy sabemos que el buitre no es una alimaña, sino el "basurero" más eficiente de la naturaleza. Están programados para limpiar el planeta de carroña, evitando contagios y putrefacciones que podrían propagar enfermedades como el ántrax o el cólera. Sus estómagos son auténticos hornos bacteriológicos que pro

Resulta curioso que, mientras los buitres de pluma y pico son perseguidos por su glotonería, existan otros ejemplares que caminan erguidos y nunca son cazados. Estos otros, de cuello blanco y manos largas, no esperan a que la presa esté inerte; prefieren servirse de lo ajeno y, cuando el buche está ya tan repleto que amenaza con reventar, no baten las alas con torpeza como aquel de mi infancia. Al contrario, huyen con elegancia en relucientes naves de metal, poniendo tierra y nubes de por medio con sus tesoros a buen recaudo. A diferencia de los del Camino de San Jorge, que limpian los campos, estos solo dejan tras de sí el rastro de la escasez, miseria y desprecio.

Luis Gil Amores

03 03 2026

23:00


domingo, 1 de marzo de 2026

El hombre desaparecido

 

EL HOMBRE QUE DESAPARECIÓ

En la primavera de 1961, mientras asistía a la escuela del Algarrobo, nos enteramos de la desaparición de un hombre que había ido a trabajar por la zona de Morellana, concretamente por la Atalaya. Pasaron los días sin noticias y la historia, como ocurre siempre, se fue desvaneciendo a medida que corría el tiempo, hasta que casi nadie se acordaba ya del asunto.

A finales de septiembre o primeros de octubre, ya mudados a la calle el Prao, la noticia regresó de golpe. En la pausa del desayuno, al entrar en la escuela, Alfonsillo me soltó:

—"Ya ha aparecido el hombre aquel. Lo traen para el Patín del convento, ¿vamos?"

 Como teníamos tiempo libre hasta las 10:30, nos presentamos allí para ver qué pasaba. Junto a la fuente y el pilón del Patín, un grupo de hombres esperaba con la mirada fija en la carretera. De pronto, vimos aparecer en la curva tres mulos en hilera seguidos de varios acompañantes. Era cierto: el duelo de la familia, por fin, iba a comenzar su cierre.

 Cuando la caravana llegó a nuestra altura, se hizo un silencio solemne. Los hombres, que vestían la clásica gorra gris de las labores del campo, se descubrieron en señal de respeto. El rescatado iba en el mulo del centro, metido en algo parecido a uno de esos sacos largos donde se almacenaba el trigo.

 Al verlos seguir su marcha por la calle Los Álamos, pensé ingenuamente que la familia viviría por allí e imaginé el dolor de los suyos al recibirlo. Con doce años, ese es el primer pensamiento que te asalta. ¡Craso error! ¿A qué iba a ir a su casa una persona que había sido encontrada momificada? Años más tarde comprendí la realidad: se dirigían al cementerio, donde lo esperaba el examen del forense.

El suceso se aclaró tiempo después. Se decía que estaba en la zona alta de la Atalaya y que, por algún azar trágico, cayó a un cortado. Su cuerpo quedó suspendido en una rama de esas que brotan lateralmente entre las fracturas de las rocas; plantas que, como explicaba mi libro de ciencias de tercero, buscan desesperadamente la luz para crecer una vez que logran brotar la oscuridad de la piedra.

Luis Gil Amores

Zaragoza, 01 03 2026

20:37

P. d., todos los escritos están redactados desde hace ya unos años. La causa de no publicarlos antes es por culpa del que suscribe.

sábado, 21 de febrero de 2026

En el cine de la calle Alta, años 60

 

EL CINE DE VERANO EN EL PATIO DE LA CALLE ALTA

El ambiente y la espera

Al anochecer, cuando el cine se abría para el público, un fantástico olor a tierra mojada nos daba la bienvenida. El suelo era de tierra y se regaba previamente para aplacar el calor del día, un gesto que todos agradecíamos.

Para sentarnos, el lugar preferido por nosotros (Francisquito, Antoñín Arjona y yo) estaba al final, justo al pie de la caseta del proyector. En los descansos, me gustaba subir por la escalerilla lateral hasta la entrada de la cabina para ver qué hacía el operador. Mi curiosidad por la técnica —los cambios de rollos de celuloide y el misterio de los "carbones"— era mi debilidad.

Cine Mexicano (Tragedia y emoción):

Recuerdo especialmente una película sobre la vida de dos hermanos huérfanos, de unos 8 y 10 años, en México capital. El mundo que los rodeaba era una retahíla de abusos y maltratos; cuando al final mataron al hermano mayor, fue un golpe terrible para nuestra sensibilidad.

En medio de aquella desgracia, oímos un gemido a nuestra izquierda. Era PFz con un pañuelo blanquísimo desplegado por su cara. Intentaba ocultar que estaba llorando, pero en cuanto notó que lo observábamos, deslizó el pañuelo hacia su nariz fingiendo sonarse unos mocos que no tenía. Si aquella gran persona llega a romper en llanto abierto, creo que todo el cine lo habríamos acompañado. Habría sido un llanto histórico en la calle Alt porque sólo nos faltaba un empujoncito; el nudo en la garganta nos lo reclamaba.

 La criada mulata:

Otra de las películas que más nos impactaron trataba sobre una mujer rubia, rica y antipática que vivía profundamente acomplejada. Maltrataba constantemente a su sirvienta de raza mulata, especialmente cuando recibía invitados en casa. Le tenía una inquina casi infinita, pero, curiosamente, nunca la despedía.

El desenlace fue estremecedor. En una ocasión, mientras recibía la visita de una amiga, mandó a la criada a preparar el té. Cuando la sirvienta subía por una empinada escalera con la bandeja, tropezó y todo el servicio se esparció por el suelo. El ataque de ira de la señora fue desmesurado; arremetió contra ella con un ímpetu descontrolado y, de un fuerte empujón, la hizo rodar hasta abajo, causándole la muerte.

La invitada, testigo directo del horror, gritó entonces unas palabras que lo aclararon todo: «¡No la maltrates, es tu madre!». En ese instante, los espectadores comprendimos que aquel odio era el producto de una sospecha que la protagonista había arrastrado toda su vida. Vivía atormentada por el temor de compartir sus genes con la sirvienta, a pesar de ser ella —casi de forma enfermiza— extremadamente blanca.

Embajadores en el Infierno:

Trataba sobre las vicisitudes de la División Azul en un penal de Rusia durante la Segunda Guerra Mundial. La vimos hasta tres veces. Francisquito incluso tenía el libro del capitán Teodoro Palacios Cueto que relataba aquel cautiverio y el regreso a España en el barco Semíramis.

Santiago Ramón y Cajal:

Un recorrido por la vida de nuestro Nobel de Medicina: su servicio militar en Cuba durante la guerra de los diez años, sus investigaciones y sus logros. Años más tarde, en 1982, recordaríamos esta historia con la serie de TVE protagonizada por Adolfo Marsillach.

José María el Tempranillo: 

Más allá de la simple aventura, lo que nos fascinaba en aquellas proyecciones era la épica que rodeaba a José María el Tempranillo. Él no era un simple fuera de la ley; era un personaje legendario1 que definía toda una época de nuestra historia andaluza. En un tiempo de desigualdades, el bandolero encarnaba la rebeldía y un código de honor que todos respetábamos en silencio desde nuestras sillas de tijera.

Recuerdo especialmente la tensión que se mascaba en el patio al ver la imagen del templo rodeado por los Migueletes. Aquellos soldados esperaban fuera como lobos, con las bayonetas caladas, pero sin atreverse a cruzar el umbral porque por entonces se respetaba a rajatabla el derecho de asilo eclesiástico: la iglesia era un lugar "sagrado" y seguro para todo aquel que se refugiara en ella.

En medio de ese silencio sepulcral de la pantalla, surgía de pronto la voz en off de una mujer, enamorada y temerosa, que lanzaba su aviso desesperado a modo de copla:

«No salgas, José María, que estás prendío...»

Era un lamento cargado de miedo y ternura, el aviso de una mujer que sabía que el destino de su hombre pendía de un hilo. Aquella música se nos grabó de tal forma que se nos pegó a modo de soniquete. En los días siguientes, era raro el momento en que no nos acordábamos —a mis amigos y a mí— cantándolo o tarareándolo. Aquel aviso dramático de la enamorada terminó por convertirse en nuestra banda sonora, bueno, hablo por mí y otros que la recordaban.

 El toque alegre:

El Milagro del Sonido: Manolo Escobar y la "Física" de la Alegría

En los descansos, el operador operaba un milagro: cambiaba el drama por la alegría pura. Conectaba el tocadiscos y el vinilo del "Porompompero" irrumpía en el patio. El ambiente se volvía increíble; la mayoría coreábamos el estribillo con un orgullo que nos salía por los poros. Era el contrapunto perfecto a las penas que acabábamos de ver en pantalla.

Pero aquel sonido tenía algo especial que lo diferenciaba de lo que escuchábamos a diario. Hoy, con el paso de los años, entiendo que había dos diferencias que no eran baladí:

Mientras que en las radios de nuestras casas la canción se oía a todas horas, el audio era caprichoso. A medida que avanzaba el día y la atmósfera se enfriaba, se producía un desvanecimiento de las ondas. La música era como las olas: venían y se iban lentamente, y en ese vacío resaltaba el ruido electrónico de las válvulas. Como canta Joan Manuel Serrat en Mediterráneo: “Y te vienes y te vas después de besar mi aldea, jugando con la marea...”. Serrat se valía de la física para su lírica, y nosotros vivíamos esa marea sonora en cada radio, transistor.

Sin embargo, en el cine todo era distinto. Allí no había mareas ni desvanecimientos. La señal que recibía el amplificador era pura, directa de la aguja recorriendo los surcos del disco. Aquello, sumado a la potencia del altavoz, nos entregaba una música limpia, sin ruidos ni interferencias. Era un sonido firme que nos contagiaba, nos enardecía y nos emocionaba. En aquel patio, Manolo Escobar no venía y se iba; se quedaba allí con nosotros, llenándolo todo.

[1]: Sobre el carácter legendario de estas figuras, recuerdo perfectamente la definición que estudiamos en el curso 63/64 en la escuela de Casa Jopillo, en la asignatura de Literatura: “La leyenda es el relato de un hecho real que la fantasía popular ha deformado novelándola”. Cuánto daría por conservar aquel magnífico texto de cuarto de bachiller; si alguno de mis compañeros de entonces aún lo conserva, podrá confirmar la exactitud de estas palabras que han quedado grabadas en mi memoria.

Luis Gil Amores

 21 02 2026 

Zaragoza - 212:26

jueves, 23 de octubre de 2025

El cine de la calle Alta y el hijo del Guardia

 

El Hijo del Guardia

Hará unos tres años, hablando con Alfonsillo, me preguntó si conocía al hijo de un guardia destinado en Luque. Le respondí que sí, aquel muchacho debía ser un año más joven que Alfonso y yo. Para entender mi deducción sobre su edad, creo que lo mejor es empezar por el final: la última vez que lo vi.

 El domingo 7 de abril de 1968, antes o después de la misa en la iglesia de Santa Rita, el patio de la entrada estaba repleto de gente, todos muy contentos. La noche anterior, Massiel había ganado Eurovisión con el famoso “La, la, la”. Aún estábamos admirados por su interpretación, el sonido de aquella guitarra profunda, aquella voz tan bonita, la votación... todo fue perfecto.

 Fue allí, entre el público, donde lo vi. Estaba vestido con el uniforme del colegio de la Guardia Civil de Valdemoro. Llevaba un abrigo largo abrochado por una hilera vertical de botones dorados y una gorra de plato con el emblema “GJ-” (Guardia Joven).

 Solían pasar temporadas largas sin que lo viéramos. De ahí me expliqué los vacíos de su presencia en el pueblo; era como el río Guadiana, aparecía y desaparecía de nuestra vista. Quizás, cuando su padre fue destinado a Luque, él ya había ingresado en Valdemoro (se podía entrar a partir de los 15 años) y solo volvía por vacaciones, lo que explicaba su poca visibilidad.

 El Cine de Verano

El cine de verano fue el que me permitió conocerlo un poco. Los dos éramos algo reservados, de ahí las pocas palabras, pero vi que era un gran currante. Colaboraba en las tareas de aquel cine a cielo abierto llevando a cabo varios cometidos: cerca del atardecer regaba la ardiente superficie del suelo, que al recibir el agua, olía muy bien a tierra mojada, desplegaba y ordenaba todas las sillas de tijeras, y a la finalización de la película, debían dejar todo en orden.

 Tuve acceso a las interioridades de aquel cine de temporada una tarde mientras me dirigía a casa de Francisquito. Subí la calle Marbella y, al llegar a la altura de la panadería del padre de Enrique, vi que aquel muchacho pasaba por la puerta de Laureano el del vino. Llevaba una bolsa de tejido muy fuerte, similar a las sacas de correos. Nos encontramos y me invitó a acompañarlo, no lo dudé: entramos en el recinto y nos dirigimos a la caseta de máquina.

Allí esperaba el operador que, raudo, extrajo tres estuches de metal redondos: tres rollos de celuloide con la película que se iba a proyectar por la noche. Hizo una inspección rápida, puso un carrete vacío a su derecha y enganchó el extremo de la cinta del primero de los tres. Con la película venía una nota con las posibles 'pegas' —digo yo—: besos en la boca, roturas y empalmes en la cinta, y otras cosas que la lógica me dicta. En la caseta también había una caja de cartón con una especie de lápices que, en uno se sus extremos  terminaba en una capucha color latón, metálica.

Yo veía todos esos detalles, pero no sacaba más conclusiones que la de un simple observador que, como niño, tampoco iba más allá. Me gustaba saber cosas de los cines: las películas y por qué funcionaban aquellas voluminosas máquinas que se calentaban como un horno. Me interesaba saber lo de los carbones; no concebía que aquello necesitase un producto, carbón, que lo hacían en el corralón de la calle Marbella. ¡Tan simple y primitivo no podía ser!

Continuación al texto que antecede

Francisquito

Algunas veces iba a su casa. Tenía una escopeta de perdigones (o de aire comprimido) y nos gustaba practicar tiro al blanco. Poníamos un palillo de dientes sujeto con una pinza de la ropa. Era difícil darle a aquella figura de madera en forma de rombo estrecho y largo; lo más fácil era romper la pinza.

El cine de verano estaba al lado de la casa de los abuelos de mi amigo, por eso acudíamos con frecuencia a ver las películas.

Las Sillas de Tijera

En un espacio abierto a las inclemencias del tiempo, todo lo que quedara expuesto debía ser guardado. ¿Dónde? En los bajos de la caseta de la máquina de cine (eso me parecía a mí).

La ventaja sobre las sillas de anea era que necesitaban menos espacio para ser almacenadas. Seis o siete, plegadas, ocupaban lo que dos de anea. Estas sí valían para el cine Carrera, pues al ser un recinto cerrado estaban protegidas.

Los Carbones

Eran aquella especie de lápices que había en la caja de cartón de la cabina.

Cuando comencé a conocer Madrid, en 1968, un compañero y amigo me llevó a “La Cuesta de Moyano”, cerca de mi cuartel, en la zona de Atocha.

En aquel lugar no hay viviendas. Sus aceras están limitadas por sendas verjas que dan al Ministerio de Agricultura  y a otra institución. Es en esta última donde, en la acera, se asienta una línea de casetas de color gris, con unas plataformas de madera llenas de libros antiguos y usados colocadas sobre la acera. Los libros nuevos los tenían expuestos dentro, fuera del alcance de manos dudosas.

Allí, los amantes de la lectura se bebían los libros usados. En un rato podían leer un libro y ya habían sacado provecho de su visita. Bueno, de todo había.

En esa cuesta supe que existía un escritor llamado Camilo José Cela. Venía en un libro con pocas hojas y mucho contenido, de letra pequeñísima: “La familia de Pascual Duarte”. También su “Diccionario secreto”, donde aprendí cosas muy bonitas; era un cachondo puro y duro.

En la última caseta, frente al Retiro, vi una especie de Enciclopedia Álvarez, tan útil para las escuelas de primaria. Sus pastas eran duras y el dibujo de su portada tenía un fondo de líneas azules entrecruzadas. No era esa enciclopedia, se trataba de la “Enciclopedia del Cine”. Me lancé a por ella. Fue un milagro, la compré y, después de muchos años yendo de un sitio a otro, la perdí junto a otros buenos libros. Es parte del precio que pagamos los que llegamos a vivir en muchos lugares.

La portada contenía, además del título, una fotografía con dos máquinas de cine puestas en paralelo.

¿Por qué? La respuesta la fui captando a medida que iba a los cines y ponían las películas no muy largas de un tirón (es decir, que no había descansos). Mientras una máquina proyectaba, la compañera estaba precargada con el segundo rollo, y así se alternaban. En las películas de mucho metraje sí había un descanso, más que nada para el descanso del público.

Después de esta infinita introducción, voy a hablar sobre los carbones:

Para proyectar una película, para llevar la imagen a la pantalla, hace falta una luz blanca muy intensa. Utilizaban dos barras de grafito que, conectadas a sus respectivos electrodos, se enfrentaban para producir un arco voltaico que da luz blanca. Aquello se calienta muchísimo, de ahí lo voluminosas que eran las partes de atrás de las máquinas. Algunas llevaban salida de chimenea. El grafito se ponía atrás, alejado de la lente que tenía que canalizar aquel inmenso flujo de luz y llevar las imágenes hasta la pantalla. No había otra alternativa. Del cine actual no tengo ni idea, solo sé que los sistemas desde hace muchos años están cargados de efectos especiales: vibraciones, muchos altavoces, etc., todo sincronizado por, seguro, un ordenador supervisado por algún humano.

Respecto a los carbones, que tanta confusión me generaban, esto me lleva a lo siguiente:

A principios de los sesenta las cocinas solían ser de carbón o leña. Luego comenzaron a hablar del gas butano, un cambio que no generaba muchos entusiasmos. Era un tema polémico (o no pacífico), y la inquietud crecía a medida que aumentaban los prejuicios: "es como poner una bomba a metro y medio de la olla", "eso no se puede controlar", etc.

Pues llegó el butano. Recuerdo la primera vez que lo vi encendido; era fantástico. Puesto al mínimo, parecía una gran margarita azulada de muchos brotes de mecheros (cada orificio era un mechero alimentado por la misma fuente). Cuando se aumentaba la entrada de gas, aquello era mucho mejor, se graduaba la potencia. En un periquete mi madre hervía tres veces la leche de las cabras de Chelines para evitar las fiebres de Malta (según la costumbre).

El servicio de leche era de la cabra al consumidos, Chelines llevaba un jarrito metálico y ordeñaba las cabras. Entre todas destacaba un macho, era corpulento y llevaba una cuerda de tomiza que sujetaba un capacho de esparto por su vientre; así evitaba que el animal sacara su bolígrafo y se pusiera a escribir cartas.


domingo, 5 de octubre de 2025

 

            Francés, latín y mi amigo Rafalín


Cuando me senté frente a la pizarra en el banco del pupitre, a mi izquierda junto al muro medianero se encontraba de pie y de perfil mi compañero Rafalín Navas, le pasaba algo raro, estaba colorado como un tomate, las piernas ancladas sobre las losas del suelo1 y, de cintura para arriba tenía un tembleque que parecía una lavadora en proceso de centrifugación.

Se estaba descuajaringando debido a un ataque de risa que no podía controlar, aunque no emitía sonido alguno hacía esfuerzos titánicos para, además de taparse la boca y nariz, intentaba llegar con el dedo pulgar a la oreja para evitar que el ruido pudiera salir por allí. No tenía en cuenta que por el tercer ojo podía descomprimirse en un segundo como un globo inflado.

Me preguntaba ¿Qué habrá maquinado que lo tiene entre la espada y la pared? ¿Por qué ese ataque de risa incontrolada? ¿Y esos esfuerzos enormes para no irrumpir con un ataque descontrolado de risa?

       Me miro y rodeando los dos pupitres dobles se sentó a mi derecha

       ¿Qué te ocurre?, pregunté

       “He pensado que voy a poner una “n” entre la “g” y la “i” para que en lugar de “Cogito” quede en “Cognito”, y le voy a decir a Vicenta que lo lea en francés”, lo que vendría a ser, en nuestro idioma” “coÑito”.

 Ahí estaba la respuesta a mis preguntas, el curso pasado estudiamos francés y aprovechando la “Ñ” francesa, quiso hacer un injerto con “Cogito” añadiendo una “n” a la “g”. Tuvo unos reflejos como el café Nestlé, instantáneo.

       Me puse tanto o más colorado que él, sentí pánico, un calor inundó mis mejillas, y respondí algo como: ¡No hagas eso, por favor, no seas loco! Se levantó y, resuelto, dijo que se lo iba a decir, aquello me acongojó más, pero él se dirigió hacia Vicenta y “no parose, fuese y no hubo nada”

       Lo bueno es que Vicenta no se enteró, quizás fuera la tercera en ruborizarse.

       Éramos muy cortos, más que un tanga. Muy formales, tanto como que parecía que nos hubieran almidonado como a los cuellos de aquellas arrugadas camisas blancas, la rigidez nos dominaba, pero era lo que había, lo estricto se convierte en costumbre y no piensas otras posibilidades.

       Sin embargo, sin saberlo, éramos “tan natural como el agua que llega corriendo alegre desde el manantial”, de la canción “Soledad” de nuestro paisano Emilio José. La naturalidad estaba tapada por una fina capa de adolescencia y, la verdad, no nos acuciaba lo de ser más atrevido.

El ingenio de Rafalín  

       Era un romántico pese a la ocurrencia que había tenido, por ejemplo, cuando decían algo de alguna fea, mi amigo respondía:

 “La suerte de las feas las bonitas las desean”.

       En las tardes pardas y frías que amenazaban lluvias, de su boca salían palabras tan bonitas como: “No hay sábado sin sol ni mocita sin amor”.

       Siempre era un pronóstico feliz para la afligida, haciendo que no se desesperaran y mantuvieran una actitud de ilusión, se sintieran bien, y todo lo que sigue2

       La cogorza

       Con Rafalín pille la primera cogorza (o “pea”, como solía decirse por entonces), fue un 6 de septiembre de 1961, estábamos en la escuela de la calle el PraO, frente al albardonero, donde se trasladó el Maestro desde la calle Algarrobo.

Cualquiera se puede preguntar ¿Cómo sabe la fecha?

 Muy fácil, el curso comenzaba a finales de mes o primeros de octubre. La primera vez que pisamos aquella casa fue el 6de septiembre, ¿Para qué? El Maestro nos convocó:

-      A primeros de cada inicio de curso y con tiempo suficiente había que hacer el pedido de los libros.

-      Agosto era un mes inhábil, en julio, o antes, las editoriales dejaban la faena hecha, pendiente de su distribución a los centros de enseñanza y llevaba un tiempo la recepción y entrega de los textos. Esa fue la razón, no había “Amazon”.

-      Lo que más me gustaba de los libros nuevos era separar las páginas que venían pegadas de la imprenta y el olor de las tintas que fluían de sus pastas; al igual que el olor de la gasolina o el humo del tabaco rubio. Tienen en común que ninguno es sano, pero, por lo menos no disgustan, o gustan.

 

-      Era la onomástica de Rafalín, me invitó a celebrarlo junto con dos más, creo. Fuimos a la calle Velasar, casi arriba, y comimos y bebimos mucho para nuestros cuerpecillos serranos ¡Qué mañana más completa la de aquel día memorable! Qué ganas de vomitar, qué malito me puse.

Voy a completar el plantel de personas que nos acompañaba en la clase de latín:

-      Profesor: Joaquín Ontiveros, con sus gafas y sus conocimientos.

-      De lo primero que nos dijo para animarnos fue la siguiente “sentencia”: “El latín es la lengua madre y el tostón padre”, y era verdad

o   La clase era de media hora, los martes de 14:30 a 15:00. Para ello el Maestro nos tomaba la lección antes que a los de otros cursos con el propósito de regresar pronto para continuar con la sesión de tarde.

o   El horario de la escuela era de 07,30 hasta la tarde bien tarde, se hacía de noche

o   En comparación con los demás centros, a las 9 de la mañana llevábamos casi 2 horas de ventaja. Todos los días se daban las 6 asignaturas más importantes.

o   Teníamos dos pausas para desayuno y comida

o   Otros alumnos de curso eran: Adelita, Vicenta, Francisquito, Alfonsillo, José Mari, Toleo, Rafa, los mellizos Aledo, etc., Toleo era el más serio y se dedicaba a estudiar, debía sacar muy buenas notas por su esfuerzo y constancia.

o   Los demás, también, no existen lectores de horas que valorara el esfuerzo de cada uno. En lo que me toca no estudiaba mucho, prueba de ello fue que, entre mis compañeros todos aprobaron y el grupo se disolvió como un azucarillo, cada uno siguió su marcha según sus posibilidades. En cuanto a mí, amarrado a un duro banco de una galera turquesca, seguí con el Maestro en la calle La Fuente. Había aprobado sus oposiciones y lo hicieron fijo en el pueblo para dar clase a los “Analfabetos”, así se decía, no implicaba nada peyorativo decir pan al pan, nadie se ofendía, muchos no tenían tiempo por el día y se apuntaban por la noche.

o   Una maldita madrugada, allá por noviembre o poco más tarde de 1964, nos dejó huérfanos: El Rubio, Pedro Caballero, Marcelino… pasamos a la Academia de la Aurora.

o   No pensaba alargar tanto este escrito, pero algo me ha llevado a salir de lo inicialmente propuesto, y he querido recordar a un gran hombre que luchó y venció en multitud de circunstancias adversas que tuvo día a día. La vida no era fácil para nadie, pero la del Maestro tenía un plus más en las dificultades.

o   La última vez que visité su tumba fue un 20 de octubre de 2013, Conchi Urbano Morales, su hermano José Mari y el que suscribe, paramos en el cementerio y, en silencio, le hicimos un homenaje: recordarlo y agradecerle el titánico esfuerzo que tuvo que hacer en el mundo de los vivos, por su tarea de enseñarnos para poder salir adelante en la vida.

o   Llegamos a Luque, hablamos de tomar un café antes de subir a la calle Algarrobo, pero Conchi dijo: vamos para arriba, y todos la seguimos.

o   Cuando me enfrenté a la cuesta de la calle Fernando, me pareció increíble la pendiente de aquel primer repecho. Una barra y unos escalones nos sirvió para poder subir la primera rampa, por lo menos era más fácil. Recuerdo al Pulío padre, que, en 1961, cuando subíamos para la escuela, el hombre bajaba para ir a la plaza de abastos, creo que tenía una pescadería.

o   Y así pasaron los años, recordando lo mejor de la vida y esperando ¿qué?

Zaragoza, 5 de octubre de 2025

Luis Gil Amores 20:24

Las fiestas del Pilar comenzaron ayer, 4.

Siempre echo de menos a mi amigo Antonio Martos Briones y a Encarna, por los buenos momentos que pasamos en Semana Santa y Pilares

Todo se acaba


Notas: 

1 . El enlosado de la casa era como un tablero de ajedrez: blancas y negras. En cambio, el de la terraza eran losetas rectangulares de color teja con un pequeño dibujo en su centro. El albañil que hizo aquel trabajo dejó una obra de arte: todas perfectamente alineadas y pegadas al suelo que cubrían. No es baladí lo que digo, en estos tiempos modernos y con máquinas mejores, las losas de las aceras se levantan tanto que suponen un riesgo. Por la ribera del Ebro pasa otro tanto, así que los tropezones están a la orden del día.

    Algunas veces el Maestro nos llevaba a la terraza y hacíamos unas flexiones para estar preparado por el examen de gimnasia, de manera que el suelo y nuestros ojos estaban a un dedo de distancia.

2 . En la Cartilla del Guardia Civil, uno de sus artículos comenzaba de igual manera: "Será  un pronóstico feliz para el afligido..."


















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